Categoría: Teatro

  • History of The Eagles: el legado de las águilas

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    Eagles (sitio RJB’s Movie (and TV) Blog)

    Recuerdo una polémica bien absurda y hasta ridícula de hacia fines de 1990. Da la casualidad que fue la época de mi último año de enseñanza media y tuvo lugar una cosa algo psicótica en torno a los mensajes subliminales de algunas canciones de música popular, algo motivado por los medios informativos y que se propagó a parte importante de la audiencia, al menos en Chile.

    Creo personalmente que el tema no daba para mucho, pero se trasladó al colegio y hasta hubo en mi curso, un día X en hora de clases, una interesante disertación de una compañera al respecto. En la oportunidad, ella mostró un vídeo de cinta VHS donde se incluía la música de «Hotel California» del grupo estadounidense de rock, Eagles, canción referida en el mismo filme como «satánica». Yo estaba por cumplir 19 años de edad.

    Francamente si hubiese tenido 46 (la edad que tengo hoy) habría propuesto a los muchachos y muchachas del entonces Cuarto A del liceo 11 de Las Condes analizar la canción «Take it easy» o el concepto detrás del disco «Desperado» («forajido»), uno de los primeros de Eagles.

    Por último les hubiese hablado del trasfondo del mismísimo «Hotel California», cuyas metáforas se refieren, según Don Henley, a ciertas contradicciones vitales y traumas de la cultura o historia de su país en la década precedente al lanzamiento del álbum respectivo (1976). En lo concreto algo más elevado que hablar de las drogas o del infierno, a pesar de la mención de la «bestia» (que en lo terrenal representa algo más poderoso que la caricatura del diablo).

    Curiosidad por la música de Eagles

    Con el curso de los años el tema me pudrió espiritualmente, al punto tal de sentir curiosidad por la música de Eagles, no por lo delirante de los mensajes satánicos, sino por el hecho de darme cuenta poco a poco que la agrupación californiana, además de ser la más popular de Estados Unidos en términos de ventas, ES un gran conjunto de rock.

    En un conocido portal de Internet de películas a pago descubrí hace un tiempito (o, quizás, pasó algo que me hizo refrescar la memoria) «History of the Eagles», largometraje de tres horas dirigido por Alison Ellwood y lanzado a principios de 2013 acerca del conjunto que lideraron Henley y el recordado Glenn Frey.

    Al verlo entero, me volvió al cuerpo el espíritu de enorme curiosidad que ha transformado al grupo formado en Los Ángeles en una de mis agrupaciones favoritas de Estados Unidos junto a The Byrds, Kansas, Chicago, Toto y Aerosmith, entre otras.

    Hay dos aspectos que me llamaron de sobremanera la atención de la película: uno, el talento de los diversos músicos que pasaron por Eagles, además de los ya citados. Se trata de Bernie Leadon, Vince Gill, Randy Meisner, Don Felder, Joe Walsh y Timothy B. Schmit.  Y dos, la gran capacidad de rearme de la banda tras sortear diversas crisis. Lo último no es poco decir, después de haber estado nueve años en actividad y haberse juntado en 1994 tras 14 años sin pisar un escenario como grupo y con un éxito de taquilla y de recepción crítica tan distinguible como el que tuvo en los años 70. En 1998, además, ingresaron al Salón de la Fama del Rock and Roll.

    La presencia de hasta tres guitarristas motivó comparaciones con The Byrds y Crosby, Still, Nask and Young, aunque el grupo varió su estilo con los años desde el folk, el country and western y el bluegrass hasta el hard rock. Evidentemente los característicos problemas internos de las bandas de rock, generados por diferencias en torno a predilecciones y formas de tocar, no se hicieron esperar muchos años. En efecto, Meisner se transformó en el primer desencantado.

    No obstante, este tipo de crisis no fueron exclusivas. En el mismo plano interno, los supuestamente amigos Frey y Felder casi se fueron a las manos en un recital de las postrimerías del primer ciclo de oro del conjunto. Meisner y Felder deseaban más protagonismo en las composiciones de éste, prácticamente monopolizadas en cuanto a autorías por Henley y el mismo Glenn.

    El problema de alcoholismo de Joe también repercutió muy negativamente en ciertas circunstancias. El consumo de peyote y coca revela una época de la historia de la música, esencialmente en los 60 y los 70, de la que los músicos de rock difícilmente escapaban del consumo más que regular de drogas (no sé si las cosas han sido demasiado diferentes entre un tiempo y otro). Los Eagles («aguilas» en inglés) lo atribuyen a la juventud que tenían. Según Henley, quien negó tener gustos de esa naturaleza, el sentido de disciplina y de creciente profesionalismo les sirvió para sobrevivir, triunfar en la música y -tras negociaciones infructuosas, discos solistas, negativas de Frey y varios años- reagruparse nuevamente.

    Tensión-distensión = impulso y solución

    Tampoco fueron fáciles los vínculos con los sellos de la banda, Asylum y Geffen Records, sobre todo con el dueño de las discográficas, David Geffen. Al respecto, algunos dirán que en los negocios los ejecutivos suelen sacar la mejor parte. Muchas veces es así, con juicios o sin ellos.

    Los temas políticos tampoco estuvieron ausentes: en efecto, el detonante de algunos conflictos fueron las distintas motivaciones de Don y Glenn en la ecuación «rock versus sensibilidades intelectuales». En el primero, la música representaba un todo. En el segundo, también pero con el agregado de una importante cercanía con el Partido Demócrata.

    Sin embargo, mirando la parte medio llena del vaso, la determinante, duradera y virtuosa relación con el manager Irving Azoff y el apoyo de una serie de músicos que fueron fundamentales en el impulso y desarrollo de Eagles: Linda Ronstadt, Bob Seger, Kenny Rogers y Jackson Browne, por nombrar a los más famosos, fueron factores de evolución relevantes.

    Párrafos atrás no quise poner «era» en lugar de «es», porque tengo la esperanza de que Eagles con Deacon Frey (el hijo del fallecido Glenn) pueda ser un gran eco de la legendaria banda estadounidense si asumen su legado.

    TRAILER DE LA PELÍCULA

     

  • The Police y sus bailables menos conocidos

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    The Police, sitio Taringa

    Por Gonzalo Figueroa Cea

    «Roxanne», «Message in a bottle», «De Do Do Do, De Da Da Da», «Spirits in the material world» o «Every breath you take»  deben ser los clásicos del trío británico que, probablemente, figurarían entre los primeros temas mencionados por sus seguidores si se les consultara bailables de la banda. No obstante, hay otros menos conocidos cuyo atractivo permitiría redondearle a un DJ el repertorio ideal bailable del conjunto que lideró Sting.

    Y en aquello sus socios en el grupo, Andy Summers y Stewart Copeland, contribuyeron durante los ocho años en que la banda se mantuvo activa. En efecto, en un análisis global de la discografía de la agrupación británica y considerando que en cada disco se incluyeron 11 ó 10 temas,  más del 60% entran en la categoría de bailables. La mayoría son de Sting.

    No pretendo mencionar todas las canciones, pero me referiré a mis regalonas: en «Oulandos d’Amour» (1978) «Born in the 50’s», una especie de semipunk; y «Truth hits everybody», cuyo acompañamiento en guitarra y batería matiza partes de moderada intensidad con estallidos de energía, donde la voz de Sting suena como una verdadera arenga.

    En «Reggatta de blanc» (1979), distingo la energía casi lineal, con estribillo menos intenso aunque no por ello menos atrayente de «It’s alright for you» (de Sting y Copeland»); y el bailable pero con cierto tinte sereno en las voces, «On Any other day» (de Copeland). En «Zenyattá Mondatta» (1980) sobresale el reggae blanco de «Man in a suitcase» y un tema algo más acelerado con acompañamiento de órgano, «Bombs away».

    En «Ghost in the machine» (1981) se distinguen la persistencia, con importantes improvisaciones de guitarra, de «Demolition man» y los aceleradísmos «Rehumanize yourself» y «Omegaman» (este último de Summers). Finalmente destaco en «Synchronicity» (1983), «Miss Gradenko» (de Copeland», donde pese a la melodía difícil de soslayar, la batería y el bajo se hacen notar en sus diversas partes salvo en una donde la guitarra toma la delantera; y «Murder by numbers» (de Summers y Sting), una especie de jazz rock que constituye el broche de aro al álbum.

  • Recitales sin tiempo: un Hackett, algunos años después de Genesis, se luce en Montreux

    stevehackeetmontreuxEl guitarrista había dejado de pertenecer por voluntad propia al legendario grupo británico en 1978, pero ya por entonces comenzaba a consolidar una carrera solista, cuyos encantos pueden observarse en una presentación en Montreux en 1980. 

    No quisiera partir el presente artículo con una referencia (con reverencia incluida) a Steve Hackett. Sí proseguiré estas palabras iniciales con una palabra: «The Steppes», algo así como «las estepas». Debo haber escuchado este tema del ex guitarrista de Genesis por 1991, cuando yo era auditor regular de la radio Futuro, cuyo perfil por entonces gozaba de mayor vanguardismo y menor popularidad que el de hoy.

    Me hipnotizó la lenta, quizás previsible, pero deliciosa cadencia de aquel instrumental del álbum «Defector» (1980), quizás inspirado en un viaje montado sobre un camello por un desierto, pero con efectos de guitarra que hipnotizan, atraen y generan suspenso y ambiente junto a la flauta traversa que acompaña fielmente la melodía principal liderada por el instrumento de cuerdas, todo sostenido por la marcación simple pero efectiva de la batería. Por añadidura el bajo y las teclas brindan un toque envolvente que da, justamente, esa idea imaginaria de un lugar quizás árido, pero a su vez volátil y etéreo.

    La misma sensación me generó «Spectral Mornings» y «Every Day» del disco «Spectral Mornings» (1979). Todo aquello que les describo me gatilló el presenciar, a través de la popular plataforma de Youtube, la presentación que Hackett y su banda realizaron en el Festival de Jazz Montreux en 1980. Evidentemente disfruté mucho los 53 minutos y fracción de la actuación y se me reafirmó la idea que tenía respecto de los deseos de Hackett, a fines de los 70, de proseguir una carrera en solitario.

    El giro de su música distaba mucho de la que ya hacían en 1980, e incluso unos o dos tres años antes, sus amigos y ex compañeros de Genesis: el estilo del trío Banks-Collins-Rutherford consistía en estructuras más simples y tendencia mayoritaria a temas más breves (canciones pop, para ser más directos). «Quiero flexibilidad», enfatizaba el guitarrista por 1977. Y en la presentación de Montreux, además de una alta sintonía con sus músicos acompañantes, se revela una mayor satisfacción de su parte.

    Su apuesta era sacarle el mayor provecho a la guitarra y a sus diversos efectos: si era factible que llegará a sonar como clásica española, como guitarra de heavy metal o como un verdadero violín eléctrico multifuncional, es sólo un aspecto. El rock progresivo, en cierto sentido, es algo así como música programática elaborada por pocos instrumentos en comparación a una orquesta sinfónica, pero su intención nunca se quedará en menos: los sonidos de la naturaleza, el mayor lirismo de las voces, emular las emociones al máximo, relatar algo parecido a una historia por muy sencilla que parezca, etcétera.

    Los músicos que acompañan a Hackett (quien también hace coros) son su hermano John en flauta traversa, John Shearer en batería, Nick Magnus en teclados, Dick Cadbury en bajo y Pete Hicks en voz principal.

    «Slogans» es el potente tema que irrumpe e inicia la seguidilla de 10 composiciones de Hackett, donde queda expuesta la experiencia ganada: por entonces ya acumulaba cinco discos solistas, además de los ocho que forman parte del legado de la mítica banda británica de la que fue pieza clave hasta 1978.

    Steve Hackett se presentará nuevamente en Chile el 6 de marzo. Para mayor información hacer click en sitio Viagogo.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

  • The Beatles: «It Was 50 Years Ago Today!» o…esto fue hace 50 años

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    Imagen portada sitio Dirty Rock

    «Pimienta y más allá» es la traducción del complemento del título del documental, cuyo lanzamiento fue sin duda uno de los grandes acontecimiento de 2017 para los seguidores de los «fab four».

    Tal como le ocurre a cualquier persona que ha escuchado o leído bastante sobre un artista de su predilección, a quienes hemos escuchado o leído harto acerca de la más popular banda de rock de todos los tiempos, «It Was Fifty Years Ago Today! The Beatles: Sgt. Pepper & Beyond» puede resultar un producto más entre varios más (valga la redundancia).

    Sin embargo, una de las gracias que tiene el cine son la edición, el montaje y el hecho de lograr que sobresalgan en una cinta ciertos puntos de vista (a veces, los más extravagantes) de los protagonistas de una historia «x» para hacer del producto algo atractivo y diferente para quien lo esté observando. Incluso el impacto puede ser satisfactorio para quien sepa mucho acerca del objeto del producto y, para quien tenga interés y sepa mucho menos, sin duda será un descubrimiento.

    Seré un tanto autorreferente respecto del citado documental, que pude ver gracias a una conocida plataforma a pago: en el ámbito de los «lugares comunes» de los Beatles abordados del filme, encajan la controversia que generó John Lennon con su «reflexión» acerca de la «mayor popularidad» del cuarteto de Liverpool en relación al Cristianismo o al propio Jesús (lo que le generó, entre las repercusiones, una quema de discos por parte de grupos organizados previa a unas presentaciones del grupo en Estados Unidos); o el período de transición creativo entre 1965 y 1967, año en que editan un álbum bisagra en su exitosa carrera: «Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band» (en efecto el largometraje aludido se lanza a propósito del cincuentenario de esta grabación).

    Pueden haber otras situaciones que son ampliamente conocidas por quienes han seguido la carrera de los «fab four» desde sus orígenes hasta la fecha (la escasa habilidad para ser parte de negocios ajenos al giro artístico, por ejemplo), no obstante las dos historias señaladas bifurcan hacia conclusiones interesantes e, incluso, plantean dudas que robustecen los misterios en torno al laureado conjunto británico.

    Conclusiones interesantes y enriquecimiento del mito

    Entre las conclusiones interesantes debe considerarse allí lo ocurrido en el lapso de dos años entre «Help!» y el celebrado long play, algo sí como la preparación o la búsqueda de una obra superior musicalmente hablando, que derivó justamente en el disco de la portada más producida en la historia de la música popular. Y ese largaduración influyó no sólo en el plano musical sino en la moda y en la forma cómo se entendía por entonces (fines de los años 60) el arte moderno.

    Dentro de esa misma conclusión, cabe un añadido: el interés de darle más presencia a instrumentos no convencionales del rock. No sólo bronces y cuerdas adquieren notoriedad, sino que el sitar, por mencionar uno de los casos más distinguibles. Esta mayor universalidad musical de los Beatles se aprecia con más fuerza en «Revolver» que en «Rubber Soul». Sin duda, George Harrison se transforma en todo un embajador de la música india y da sus primeros pasos en lo que es la meditación trascendental.

    Respecto de las dudas que robustecen la mitología en torno a la banda, a raíz del clásico mensaje de John sobre la popularidad de la agrupación en desmedro del Cristianismo, subyace quizás el deseo repentino del grupo por querer parecer más serio y, a la vez, tratar temas más sensibles, lo que puede deducirse respecto a las giras de 1966, las últimas del conjunto en lo que se refiere a recitales masivos.

    En parte creo que no fue tan así, porque ya en «Rubber Soul» (1965) la mayoría de los temas se transformaron en éxito pero, escuchados, no encajan en la notable (aunque contagiosa) simpleza de los elepés anteriores, sino en la búsqueda de nuevos horizontes en cuanto a melodías y armonías. Las inquietudes y las ambiciones de los cuatro muchachos siempre fueron su motor constante.

    Sí pudiese generar dudas respecto de un supuesto interés repentino por progresar artísticamente, la crítica de un disc-jockey estadounidense sobre una aparente frivolidad del cuarteto británico y, a su vez, una respuesta de John restándole relevancia a la obligación de una banda de rock por hablar sobre temas más sensibles, como los vinculantes a la guerra de Vietnam, por ejemplo.

    Hay que descartar de plano un teórico temor por no querer salir más de giras debido a un tema netamente de seguridad. Queda bastante claro que el mayor interés de experimentar en estudio, trabajar allí con mayor tranquilidad y la repetición de esquemas de las múltiples giras (con localidades abarrotadas, mucho ruido y elementos extra musicales) fueron determinantes para definir el nuevo camino artístico emprendido en 1966.

    Brian, Maharishi, drogas y otras conjeturas

    Entre las distintas materias abordadas en el documental dirigido por Alan G. Parker, también resaltan la curiosa reacción de los «cuatro de Liverpool» ante la muerte de Brian Epstein: una fría serenidad tras saber sobre el deceso de quien fue su manager y pieza clave en el impulso de la banda durante, al menos, seis años.

    Es relevante considerar que por aquel entonces, en agosto de 1967, estaban notablemente concentrados en las enseñanzas del Maharishi Mahesh Yogi acerca de la meditación trascendental. Es probable que la mitigación del dolor por la pérdida de un amigo. a pesar de la creciente falta de influencia de éste en el quehacer de la agrupación, haya tenido como cimiento los conceptos del Maharishi.

    No obstante los posteriores altibajos de la relación entre el cuarteto y el gurú religioso de la India, el filme permite esclarecer la influencia que ejerció aquél en la agrupación, sobre todo en Lennon y George Harrison, tanto en lo musical como en el plano de las experiencias vitales.

    El temas «drogas» es otro que queda «dando bote»: ¿herramienta para evadirse?, ¿explorar nuevas sensaciones?, ¿divertimento? Llama la atención la soltura de Paul McCartney para referirse al tema consultado por un periodista. En tiempo actuales, con las correspondientes asesorías comunicacionales, probablemente Paul hubiese filtrado lo que dijo, aunque su respuesta es sólida y firme: revela que consumió pero dejó en claro que su confesión es sólo para retrucar a la insistencia periodística y que, si llegan a publicar esa opinión, no es responsabilidad suya.

    En síntesis, un documental que actualiza el mito y que cuenta con testimonios de Barbara O’Donnell, la secretaria de Brian Epstein; Julia Baird, la media hermana de Lennon; y (aunque con menor figuración) Pete Best, el baterista que finalmente fue reemplazado por Ringo Starr, entre otros interlocutores.

     

     

  • Otro «The Wall» que ya es un clásico

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    Escribir una leyenda (sitio On Record)

    El documental de 2014, dirigido por Roger Waters y Sean Evans, es una potente visión actualizada del disco, las presentaciones y las películas originales del mismo nombre.

     

    Presenciar el recital de Roger Waters, parte del documental de 2014: «Roger Waters. «The Wall» fue para mí una experiencia sobrecogedora, como lo fue también el resto de la misma película.

    Tuve la oportunidad de verlo en una plataforma de pago a la que estoy suscrito y, pesar de haber subtítulos sólo en aquellas partes que no integraron el rompecabezas del largometraje original (dirigido por Alan Parker), me impactó la prolija opulencia visual traducida en pirotecnia, juegos de luces, colorido, histrionismo de animaciones, aspecto emotivo de fotografías y una puesta en escena global donde el ex líder de Pink Floyd toca, canta y actúa.

    El resto de los músicos, con cambio de vestuario incluido, participa de la lógica del relato, donde la emoción traducida en recuerdos (sin ser necesariamente esto simple nostalgia) y tragedia da origen a lo que Waters busca transmitir en memoria y legado.

    La irrupción del avión de guerra (fusión de imágenes entre un camposanto con memorial y el espectáculo en sí mismo) remece. El sereno sólo de trompeta es el instante previo al fuerte cambio de atmósfera. En recorridos en automóvil con paradas puntuales y en secuencias en el propio hogar de Waters, el ex líder de los Floyd, al estilo de ciertas meditaciones introspectivas o conversaciones, se encuentra con distintos personajes. Los paisajes se extienden a Francia e Italia ¿Y el recital? Sigue su curso de modo intercalado.

    Esta conjunción de escenas, que no pierden el ritmo y no dan cabida al aburrimiento gracias al atributo de ir y volver entre el concierto y la historia paralela, da cuenta no sólo del elocuente significado de la imagen del padre del protagonista (muerto en la Segunda Guerra Mundial cuando el ícono británico del rock era un bebé; el abuelo corrió similar suerte) sino del concepto que él desarrolla en el filme: un homenaje a los caídos en cualquier circunstancia cuyo perfil responda a ese absurdo denominado «conflicto bélico» o «guerra».

    Universalidad de la simbología

    Al más puro estilo de la original «The Wall», tanto la película y las propias presentaciones que el director creativo de los Floyd liderara en sus presentaciones del disco a fines de los setenta y principios de los 80, la simbología copa casi integralmente el aspecto visual: basta con pensar que quizás las imágenes o marcas con las que son familiarizados el nazismo, el comunismo o el propio capitalismo tienen un denominador  común: algún tipo de violencia contra ser humano o cualquier manifestación autoritaria que atente contra su libertad.

    El enorme cerdo inflable (con colmillos) es uno de los personajes que representa esa apabullante idea de autoritarismo sin contrapeso (totalitarismo, bien dirán algunos). El maestro y la madre sobreprotectora irrumpen con efecto similar. La fuerza de la impresión que causa el derrumbe del más que notorio muro, es algo así como el big bang de quienes son capaces de vencer las barreras que imponen esos sistemas que reducen la libertad del accionar humano.

    Como fuere, Waters, quien visitará nuevamente Santiago en noviembre de este año para presentarse junto a su banda el 14 de noviembre en el estadio Nacional Julio Martínez Pradanos, al igual que la banda que lo hiciera famoso siempre nos regala espectáculos que se distinguen, no sólo por sublimación que transmite lo visual, sino también por un contenido que siempre aportará mucho más que un puñado de significados.

    «Roger Waters: The Wall» es el fruto de múltiples esfuerzos, cuyos orígenes son las presentaciones que del mítico álbum y película hiciera el músico en diversos países y ante multitudes apreciables durante los años iniciales del primer lustro de esta década. El espíritu de sus protagonistas, incluyendo a los espectadores, goza de la misma motivación de hace casi 40 años. Sólo cambian los años, la tecnología y los administradores del planeta.

    TRAILER OFICIAL ROGER WATERS THE WALL

     

     

     

  • Libros imprescindibles: «La discoteca ideal de la música pop»

    Discoteca idea de la música pop 3La publicación, subtitulada «Los 1000 mejores discos del pop-rock, cumplió 20 años, pero su valor puede resumirse como una síntesis de los más distinguible del siglo XX en el arte de la combinación de sonidos, al menos en lo popular.

    No pretendo en estas líneas referirme a la figura de José Ramón Pardo como especialista en música popular, dado que su sola mención en Internet bastará para hacerse una idea de su contribución al entendimiento de este arte en su variante más masiva, sobre todo desde la irrupción del rock and roll, en los años 50. Al respecto sólo citaré que, en más de cuatro décadas, su aporte se distribuye en televisión, radio, diarios y revistas, fundamentalmente en España.

    Este cimiento de presentación ya explica un poco la envergadura de la obra que es analizada en esta reseña: «La discoteca ideal de la música pop» (subtítulo: «Los 1000 mejores discos del pop-rock»), libro de Enciclopedias Planeta, cuya primera edición tuvo lugar en julio de 1997.

    Son en total 650 páginas, que contemplan en lo más grueso mil breves reseñas sobre los discos considerados como los más destacados conforme a un criterio que, fundamentalmente, combina la ecuación ventas, impacto en términos de influencia  y el hecho de haber puesto y hasta vencido modas en cada época

    Como base se desarrolla en 25 páginas una nutrida historia acerca de la música popular, no sólo en términos de procedencias sino de influjos en todo el mundo. Allí, en lo medular, el country en la melodía y el rythm and blues en el ritmo, como legados respectivos de la música de blancos y la de los negros en algo más de un siglo desde las primeras inmigraciones en tierras de lo que es hoy Estados Unidos, constituyen esa base. El jazz como causa es igualmente parte de la historia, como lo es el folclore y la etiqueta «música étnica» en tanto componentes de un mestizaje continuo que, incluso, llega hasta nuestros días.

    La obra es de tal envergadura que, evidentemente, Pardo no estuvo solo en su elaboración: colaboraron con él José Miguel López, como especialista en ritmos étnicos y fusiones; Miguel Ángel Burgueño, versado música de los años setenta, fusión y música contemporánea; y Laura Pardo, conocedora de sonidos alternativos, punkies y grunge.

    Un auténtico diccionario enciclopédico

    «La discoteca ideal de la música pop» es un auténtico diccionario enciclopédico de la música popular tomando en cuenta allí, esencialmente, los últimos 50 años del siglo XX. Y, aunque suena a herejía epocal, es un escáner de ahora con la sola diferencia que se han sumado nombres de exponentes influyentes porque, obviamente, no ha pasado sólo un año, sino que 20.

    La subjetividad, como en casi en todo orden de cosas, pesa, pero coincidiremos en que si en la publicación los Beatles tienen 12 reseñas; los Rolling Stones, 10; Bob Dylan, nueve; Elvis, siete; y David Bowie y Van Morrison, cinco, no significa que su música sea, por imprenta, superior a la de Eric Clapton, Bruce Springsteen, Simon & Garfunkel, Led Zeppelin, Michael Jackson, Stevie Wonder, Pink Floyd, Queen, Cream, The Doors, los Bee Gees o Madonna por el hecho de que éstos aparecen con menos menciones…No.

    El abanico que nos ofrece esta enciclopedia (un clásico de José Ramón Pardo) es amplísimo y no sólo sirve para ordenar el mapa mental en torno a la música popular en cinco décadas y conocer más al respecto, sino en ofrecer sorpresas, sobre todo para los interesados menos o medianamente versados: por ejemplo, me motivó a conocer a Afghan whigs, grupo tipificado de «alternativo»; el álbum «Super Session» de Al Kooper, Mike Bloomfield y Stephen Stills; la Average White Band (AWB); Billy J. Kramer & Dakotas, banda calificada como «beat» y contemporánea los Beatles; y The ventures y Dick Dale & the Del-Tones, agrupaciones instrumentales surf surgidas más o menos en la misma época de los Beach Boys y los Shadows.

    La gracia está en que este diccionario de la música popular no se queda ahí: recuerden que son 650 páginas…No hay motivo para aburrirse.

     

  • Un clásico: Pendragon ruge en Polonia y produce su «Concerto Maximo»

    pendragonenvivo2009Álbum y DVD de 2009 de legendario recital, distingue atributos de cuartero británico que, por entonces, cumplía 30 años de existencia.

    Debo haber escuchado por primera vez a Pendragon por ahí por 1991. Tenía como 19, estaba muy algo delgado, con una cabellera abundante y algo desordenada, estudiaba periodismo y solía escuchar la radio Futuro, que a diferencia de ahora -perfil rockero y popular- era una emisora autodefinida como de «música alternativa de vanguardia».

    Ispirado por Genesis -sobre todo el de la era de Peter Gabriel- y el Pink Floyd de la etapa de «Atom heart Mother» y de «Meddle», me sedujo la intensidad envolvente de bandas coterráneas de aquellas, aunque más nuevas y menos célebres: Marillion, IQ y Pendragon eran aquellas.

    Me bastaba escuchar «The voyager» y «Shane» para sentir la presencia de algo imponente y muy aéreo en mi dormitorio, inspirado a su vez en la que pudo ser la habitación de un muy joven García Madero (personaje de Roberto Bolaño en «Los detectives salvajes»). Era Pendragon, que me asombraba con la agudeza y profundidad de la voz de Nick Barrett, su guitarrista; y la delicadeza con que Clive Nolan envolvía el sonido del cuarteto británico con sus teclados.

    Elegí casi de manera aleatoria en YouTube el recital que ha motivado esta generosa referencia al conjunto originario de Stroud, Inglaterra. El pequeño pero bello recinto de Teatr Slaski, en la ciudad de Katowice, en Polonia, fue el escenario de la presentación aludida, seguida con el entusiasmo de los seguidores del grupo allí presentes.

    Tres décadas de celebración en un …»Concerto Maximo»

    En ese momento Pendragon ya contaba con 30 años de existencia (si bien es cierto el evento fue grabado en 2008, el álbum doble y el dividí respectivos salieron a la luz en 2009), 14 discos publicados (sin contar recopilaciones y epés; hoy cuenta con 18), una reputación que deriva de múltiples alabanzas de la prensa especializada y la fidelidad de sus fans (las mismas que permitieron patentar al cuarteto, junto con Marillion y IQ, como banda líder del «neo rock progresivo») y repertorio suficiente, no sólo para uno, sino que para varias actuaciones (en efecto, esta vídeo dura dos horas y 41 minutos). No está de más enfatizar que el próximo año el conjunto llegará a la cuatro décadas.

    Los temas no tienen formato canción: quizás los más acústicos se aproximen a ese concepto pero no del todo. La mayoría, en efecto, entran en la categoría de suites o de las características estructuras de rock progresivo: el de menor duración, de hecho, se prolonga algo más de cuatro minutos; el de mayor, casi 20 minutos, pero la mayoría dura más de siete minutos.

    Hay guitarras duras (sin duda un guiño a los fanáticos del heavy metal), momentos dulces aportados por el piano eléctrico o el sonido de teclado más próximo al órgano, percusiones que se hacen notar con delicadeza a veces, pero regularmente con mucha energía; y un bajo cuya presencia sobresale con efectos que, ocasionalmente, predominan en el escenario.

    Pese al liderazgo y la notoriedad casi indiscutidos que exudan Barrett y Nolan, es importante resaltar al último respecto la alta motivación del baterista Scott Higham y del bajista Peter Gee, que se manifiestan con claridad en este «Concerto Maximo».

    «TOTAL RECALL» en «Concerto Maximo»

     

  • Documentales imperecederos: Andy Summers comparte su particular punto de vista en «Surviving The Police»

    survivingthepoliceEn el documental de 2012 el guitarrista del popular trío detalla aspectos de la trayectoria de la banda que van más allá de lo netamente musical.

    Haber sido parte de una de las bandas más populares y trascendentes de la historia de la música popular y, quizás, la más influyente de los años 80 entre los grupos encasillados en la «New Wave» en el circuito mundial, constituyen por sí solos sendos pasaportes para considerar a Andy Summers personaje de culto y vocero autorizado del respectivo legado.

    Pero lo que nos deja el guitarrista en «Sobreviviendo a The Police», es muchísimo más que eso. Dirigido por la dupla Andy Grieve-Lauren Lazin y con el nombre original en inglés «Can’t stand losing you: Surviving The Police», vi recientemente completo este documental de 2012 en una popular plataforma de pago dedicada a películas y series, y lo percibí muy distinto a lo que señalan las distintas reseñas alusivas al largometraje.

    Por de pronto no creo que Summers haya tenido una relación especialmente compleja con los otros dos integrantes del popular trío británico. Es cierto que había un tema de egos e individualidades que, personalmente, no creo que difiera mucho de otras legendarias agrupaciones de rock. La diferencia radicaba, quizás, en el hecho de que Gordon Sumner (Sting), Stewart Copeland y el guitarrista no disimulaban sus contradicciones en entrevistas y,  veces, en presencia de las cámaras.

    Curiosamente, conforme al punto de vista del propio Summers, allí radicaba la gran fortaleza del grupo, que tuvo un vacilante inicio camuflado como exponente punk para luego hacerse propietario de un estilo que rescató las influencias musicales distinguibles de cada uno: punk, reggae, ska, rock progresivo, jazz, rock and roll y fusión.

    Es más: si bien es cierto hay escenas (tanto ochenteras como las correspondientes a la gira del reencuentro en 2007 ó 2008) en que se manifiestan discrepancias y algún roce entre Sting y el propio Summers, este último les baja el perfil con alabanzas a la capacidad creativa del bajista, cantante y líder del conjunto. No hay tanto énfasis en la relación con el baterista Stewart Copeland, aunque se advierte amistad entre los tres.

    Sin embargo, igualmente queda flotando la idea de «camisa de fuerza» que pudo significar el grupo en un momento de su carrera para las trayectorias propias de cada uno de sus integrantes. Lo que si se advierte con claridad es una evolución: de una agrupación con ciertos visos de divertimento adolescente a la consolidación de una banda seria, ganadora de varios premios Grammy.

    No todo es completamente música
    No obstante lo referido en párrafos anteriores, hay que poner de relieve otros aspectos de la película que bien pueden ser bastante atractivos, no sólo para los fanáticos de The Police sino también para quienes se declaren seguidores del rock en tanto historia y para quienes se sienten atraídos por la fotografía.

    Summers, una década mayor que los otros componentes de The Police, entrado a la banda ya poseía una experiencia como músico más nutrida que aquellos. En efecto, Zoot Money y The Animals sólo fueron dos de los nombres de agrupaciones citados en su currículo antes de irrumpir en éste el trío surgido en plena fiebre punk, en la segunda mitad de los años 70.

    Cabe resaltar su afición por la fotografía, que agarró vuelo durante los lapsos de ocio de las giras y los períodos sabáticos del trío. El sentido de lo inusual y lo insólito, sumado a la soledad de ciertas circunstancias y la belleza de cuanto lugar visitó, son los conceptos que desarrolla Summers en su obra.

    Hay temas que no deben tomarse como pura farándula y, en el mismo sentido, pueden vincularse a materias de mayor interés en relación a lo que aparentan: por ejemplo, la vida sentimental de una estrella de rock cuando aquella influye en el quehacer artístico del personaje (John Lennon y Yoko Ono son los máximos referentes de este concepto).

    Se distingue en el documental la tenacidad espiritual que le permitió a Andy Summers recuperar el vínculo de hecho con su esposa con quien, en paralelo al apogeo de The Police, tuvo una hija. El guitarrista se separó en ese lapso y, tras «serenarse» los tiempos del músico, volvió con ella, lo que permitió aumentar su descendencia. Allí se expone, sin duda, el escaso tiempo que dejaban las giras, los estragos que pueden significar éstas en el plano familiar de las estrellas de rock y cómo es factible resarcirse al respecto.

  • Focus y la recordada «Sylvia»

    focussylviaUno de los temas emblemáticos del cuartero holandés es el que responde a ese nombre. Es parte de su tercer álbum, publicado en 1972.

    Uno de los ejercicios ineludibles mientras trabajo es escuchar música mientras ésta no signifique un obstáculo para la concentración. Serena, relaja, acompaña y da nuevas fuerzas. Es una especie de resfrío para lo frío de ciertos aspectos de la vida cotidiana. Sé que no planteo nada nuevo, pero sí creo que tiene mucho sentido (y muchos coincidirán conmigo).

    Durante las Fiestas Patrias visité cada cierto rato Youtube, donde pillé parte importante de la discografía de Inti Illimani: lo más nuevo, lo antiguo, lo del «histórico», lo del «legal» y los demás también (no me detendré a pensar sobre qué opinan los hermanos Coulón, Horacio Salinas y el resto de los integrantes del conjunto chileno sobre sus discos «liberados» en la popular plataforma, pero lo cierto es que ahí están).

    Pero no me detuve en la Nueva Canción Chilena: navegué libremente para «encontrarme» con Violeta Parra (la centenaria Violeta), Tito Fernández (el «Temucano») y Mercedes Sosa, entre otros. Quería empaparme de cultura latinoamericana.

    «Sylvia»

    En el intertanto quise volver al rock progresivo: mi vertiente regalona del rock. Genesis (con un interesante programa acerca de su historia en Sundance TV), Steve Hackett y una atractiva «revisita» en vivo a esa banda (que también, durante unos pocos años, fue la suya) y los inigualables Focus, liderados por el eterno Thiijs van Leer en los teclados, la flauta traversa y la voz.

    Me detuve en «Sylvia», el potente tema casi instrumental (como el grueso del repertorio de la agrupación holandesa) que es parte del álbum «Focus III» de 1972. Alguien me comentó una vez que este tema era ejecutado con mucho sentimiento.

    Me gusta harto Focus, pero la particularidad de «Sylvia» está en la duración de canción y el hecho de alejarse de la tendencia más característica del cuarteto, que también integraba en su formación clásica de los setenta el guitarrista Jan Akkerman.

    La bifurcación más explotada del sonido del grupo apuntaba a temas de largo desarrollo, con protagonismo de las cuerdas, los teclados, la flauta y la voz en una vorágine de potencia, cambios de intensidad sonora e histrionismo que copaba (y sigue copando) cualquier ambiente.

    La guitarra de «Sylvia» con su riff inicial y los punteos característicos son melodías difíciles de olvidar. La aguda voz estilo tirolés de Van Leer, tampoco es olvidable. No sé si el clásico de los clásicos de Focus, pero me detuve allí. El virtuosismo también es su sello: y allí caben todos los instrumentistas que tuvieron. En 1972 completaban el cuarteto Bert Ruiter en bajo y Pierre van der Linden en batería.

    Comparto acá con ustedes la interpretación de «Sylvia» en el programa de televisión británico «The Old Grey Whistle Test», que tuvo lugar el mismo año del lanzamiento del disco.

    «Sylvia» de Focus

     

     

  • Aerosmith: «Toys in the Attic», álbum todo terreno en materia de rankings

    aerosmithtoysintheatticDisco de 1975 confirma a la banda norteamericana entre las grandes del rock de guitarras duras.

    Aunque no es una de mis bandas de cabecera, me gusta -y mucho- Aerosmith. Si bien es cierto no computo por parte de la prensa especializada la mención del grupo de New Hampshire en alguna clasificación o «santísima trinidad» que lo sitúe al lado de conjuntos como Led Zeppelin, Deep Purple, Black Sabbath, AC/DC o Judast Priest, posee un hard rock que equilibra sabiamente la potencia intrínseca de la música de guitarras duras y la contundencia comercial del pop que visita regularmente las listas.

    En una oportunidad, un músico nacional de rock me comentó que la influencia de Aerosmith -cuyo primer álbum fue lanzado a fines de 1973- se ve claramente en bandas ochenteras de hard rock como Poison, Bon Jovi, Warrant o White Lion, con inspiración más glam, dado el sofisticado uso de maquillaje, peinados de peluquería y vestimentas sumado a un espíritu de música de guitarras duras más comercial y de matiz más romántico.

    «Juguetes en el entretecho»

    En esta ocasión, comparto mi comentario sobre el tercer disco de la banda, «Toys in the Attic» (algo así: como «Juguetes en el entretecho»), clasificado antes de la medianía de la tabla en el ranking de los 500 mejores long plays de la historia del rock and roll según la revista Rolling Stone, publicado en 2003.

    A su vez, la banda liderada por el cantante Steve Tyler, conforme a la clasificación que José Ramón Pardo y su equipo hacen en el grueso libro de 650 páginas, «La discoteca ideal de la música pop» («Los 1.000 mejores discos del pop-rock»), de 1997, figura con el citado largaduración, lanzado en 1975.

    «Los juguetes en el entretecho» no sólo se distinguen en las cifras -en la misma publicación de Pardo resalta una presencia de más de dos años en las listas y una venta superior a las cinco millones de copias-, sino por la versatilidad e histrionismo de Tyler como vocalista y la templada contundencia de sus compañeros de banda.

    Arropado por la dureza de las guitarras y la correspondiente base rítmica, «Toys in the Attic» da tiempo para acelerar, brindar ciertas pausas y, en medio del dominio más proclive a lo duro de estos herederos del rock and roll, cabida para el romanticismo, como el de la canción «You see me crying».

    Son 37 minutos y fracción de regularidad justificada dado el escaso margen de aburrimiento que ofrece el álbum, aunque los aficionados podrán apreciar mejor, entre los nueves temas de la producción, «Sweet emotion» o «Walk this way».

    Para la grabación del citado trabajo Aerosmith estaba conformado, además de Tyler (quien además de cantar, tocó allí la armónica y el piano, y acompañó en la percusión), por Tom Hamilton (bajo y guitarra rítmica), Joey Kramer (batería y voz), Joe Perry (primera guitarra, guitarra acústica, bajo y voz, entre otros instrumentos y funciones) y Brad Whitford en guitarras.

    Bibliografía: «La discoteca ideal de la música pop» («Los 1.000 mejores discos del pop-rock»), de 1997.