Algunos meses después de decretarse la alerta sanitaria a la que nos obligó el Covid-19 y por ende una necesaria mayor permanencia en nuestras casas, vi por segunda vez «El bar» no sólo porque Álex de la Iglesia sea uno de mis cineastas regalones, sino porque a pesar de ser una película de 2017, motiva esta múltiples lecturas acerca de lo que el director busca transmitir, muchas de ellas vinculantes con los estados emocionales generados por la actual pandemia.
«El bar», donde De la Iglesia una vez muestra su estilo de humor negro que pone al nivel del rídículo total ciertas caricaturas de la vida real, no es una alegoría ordinaria a los tragos, a las conversaciones distentidas de amigos, a la vida o a los lugares comunes de cualquier experiencia personal, sino que una representación de una circunstancia «X» en que intempestivamente un grupo variopinto de personas ve groseramente alterado su día a día.
Da igual si el factor de alteración fue un accidente, un asesinato, un desmayo, la detonación de una bomba, una batalla campal o una pelea a combos. Lo relevante para cada uno de los personajes es saber que el control de su propio quehacer, de un momento a otro, se transforma en algo fuera de control (valga la redundancia), absolutamente secundario y que lo relevante, ante el evidente estrés, es revertir la situación pero, previamente, buscar respuestas acerca del por qué de los hechos, alguna estrategia de solución y las búsqueda de acuerdos para superar la crisis.
Álex de la Iglesia pone en evidencia en «El bar» diversas contradiccciones. Irrumpen en el largometraje los deseos genuinos de ayudar, pero también la desconfianza, la sospecha, el egoísmo, la locura, la histeria, y diversos otros atributos nada halagüeños que, desde siempre, nos han impedido avanzar como humanidad.
«El bar» es una coproducción española-argentina que cuenta en su reparto con Blanca Suárez, Mario Casas, Carmen Machi, Secun de la Rosa, Jaime Ordóñez, Terele Pávez, Alejandro Awada y Joaquín Climent.
Mi aproximación de oído a la banda estadounidense fue producto de mi decisión de conocer más a grupos de rock que no conocía…gracias a una lectura.
Creo que «La Discoteca Ideal de la Música Pop» (Los 1000 mejores discos del pop-rock) de José Ramón Pardo, es uno de los mejores libros referidos a la historia de la música popular del siglo XX y me atrevería decir que del siglo XXI. Me explico: a pesar que su primera edición es de 1997, tiene material clave para entender la evolución y los estilos que se forjaron sobre todo en la segunda mitad del siglo XX, los que a su vez fueron y son referentes inmediatos para los estilos posteriores y sobre todo los que irrumpieron en las dos décadas ya ocurridas de la presente centuria.
Y una vez más acudí a esta verdadera enciclopedia para echar un nuevo vistazo y elegir, entre las breves reseñas de los discos aludidos, las que por puntuales referencias me tincaran, para leerlas de nuevo y acudir posteriormente a Internet para escuchar uno que otro…Es una tarea, por cierto, inconclusa porque son mil álbumes. Pero entre los primeros cuyos mini textos leí está el largaduración de 1992 «Congregation» de «Afghan Whigs», banda nacida en Cincinnatti, Ohio, en la segunda mitad de los años 80.
Expongo textual lo que el libro señala al respecto:
«Aunque salió en Sub Pop y en plena expansión del grunge, Afghan Whigs no tienen demasiado que ver con él. En un principio se dijo de ellos que eran unos Replacementes ambiciosos, con guitarras distorsionadas omnipresentes. Su debut en larga duración fue Up in it (1990). Fue uno de los primeros grupos de fuera de Seattle que entraba en el sello Sub Pop, y en su primer álbum ya se observaba una tendencia mucho más melódica que la de la mayoría de los grupos que el sello fichaba por entonces.
En Congregation hay guitarras potentes, influencias del punk y del soul (estas últimas se hacen más patentes en discos posteriores), melodía y una voz desgarrada. Tanto en éste como en los demás álbumes del grupo, las letras son de temática atormentada, sobre relaciones frustrantes y frustradas, sobre la autodestrucción, pero tanto en este Congregation como en el posterior Gentlemen (!993), el orden de los temas parece sugerir una historia que se desarrolla a lo largo del álbum, historia por otro lado no demasiado clara, mezclada con temas sórdidos y melodías que te arrastran al tortuoso pero seductor mundo de Afghan Whigs».
Además de mencionar los títulos de los 12 temas que componen «Congregation», en el libro firmado por Pardo el grupo estadounidense es referido como alternativo y es calificado con cuatro estrellas, lo que es sin duda una excelente valoración (cinco es el máximo en la publicación de Planeta).
Hace algunos días el sitio Humo Negro, en su sección «El Álbum Esencial», mencionó a otro de los discos célebres de Afghan Whigs, justamente el que es citado junto con «Congregation» en la reseña de «La Discoteca Ideal de la Música Pop»: «Gentlemen» de 1993 (ver nota en este enlace: «El Álbum Esencial: «Gentlemen» de The Afghan Whigs»).
Greg Dulli en voz y guitarra rítmica, Rick McCollum en guitarra solista, John Curley en bajo y Steve Earle en batería conforman esta agrupación, célebre y de excelentes críticas, aunque no superventas, surgida y consagrada en tiempos de irrupción y dominio del grunge y del britpop dentro de lo fue etiquetado como música alternativa; y que me sedujo con un estilo potente, con acitud, muy rockero, de instrumentos y voces que se hacen notar, un espíritu que sin duda los aproxima a Rush o a Led Zeppelin pero con importantes reminiscencias del soul o o del rythm and blues.
«The Fountain of Salmacis», de «Nursery Cryme» (1971), es el más reciente tema que se puede escuchar desde el canal Youtube de la banda.
En 1990, con 18 años de edad y casi a punto de finalizar la enseñanza media, volqué mi espíritu curioso a conocer más sobre Genesis, la legendaria banda británica, conocida entonces por el perfil rock progresivo de sus primeros discos, en la primera mitad de los 70, y una paulatina bifurcación hacia el pop más comercial, al que recaló finalmente llegada la década del 80 con «Duke».
Fue curiosidad pura. En ese entonces escuchaba la radio Futuro, especializada en «música alternativa y de vanguardia» (muy distinta a lo que es hoy: inclinada al rock clásico), un programa sobre «álbumes piratas» que formaba parte de la programación de la radio Beethoven, los especiales de radio Concierto y leía algunos suplementos de diarios y revistas especializadas en espectáculos y cultura. En muchas de las menciones a Genesis en aquellos medios abundaban conceptos como «experimentos conceptuales», el «viejo edificio genesiano», «rock teatral», «arte esotérico», «sacrilegio de terminar tocando con los Earth, Wind & Fire» y referencias a «The Lamb Lies Down on Broadway» y «Selling England by the Pound» como los mejores largaduración de la celebérrima agrupación, por ejemplo.
Estas ideas pueden parecer muy dispersas para los oyentes de otras músicas, pero explicaban un poco la evolución de un conjunto que ya me encantaba. Hasta mediados de ese año conocía al grupo más por la figuración mayor de dos de sus integrantes en los mismos medios especializados: Phil Collins y Peter Gabriel; y por algunas grabaciones de propiedad de mi hermano mayor. En efecto, él escuchaba con regularidad rock progresivo o jazz moderno cuando se encerraba a leer o a estudiar en su dormitorio y allí uno de sus exponentes favoritos era Genesis.
La presencia dominante de los teclados, un sonido contundente (sobre todo en vivo) y las voces de Gabriel y de Collins siempre me llamaron muchísimo la atención, como también las tapas, contratapas y gráficas interiores de algunos long plays (vinilos le llaman hoy) que mi hermano tenía Pero, con el correr de los meses, me di cuenta que el aporte del grupo, nacido en el condado de Surrey a fines de los 60, no se estancaba en esos escasos datos.
Un día de ese 1990 escuché un especial de la «Hora 0» de radio Concierto donde difundieron material de algunos de sus primeros discos. Uno de ellos fue el que liberaron en su Youtube hace algunos días: «The Fountain of Salmacis», un tema emblemático del «Nursery Cryme». La emotividad transmitida en varios de sus pasajes y la energía volcánica de otros tantos siempre me llamaron la atención de la pieza señalada, que cierra el tercer álbum del entonces quinteto, producción lanzada en 1971.
De este modo, el tema de casi ocho minutos referido a la ninfa Salmacis y su relación con Hermafrodito (según la mitología griega) sobresale bastante por la orquestalidad que brinda el mellotron del tecladista Tony Banks pero también el grupo en pleno. Se distingue en esta mirada integral al efecto parecido al de verdaderas arpas eléctricas, los solos y sonidos que logra Steve Hackett con su guitarra, los matices vocales de Peter Gabriel, los cambios de ritmo en que contribuyen Phil Collins en la batería y el mismo Gabriel con un bombo, y el desempeño ajustadísimo de Mike Rutherford con su bajo. Por su formato, duración, arreglo, intensidades y velocidades es un claro ejemplo de tema típico de rock progresivo,
“The Fountain of Salmacis” se suma a varias canciones ya liberadas en el Youtube de Genesis –cada una como unidad propia y no como parte de álbumes-, entre esos las restantes del mismo elepé referido. Un atractivo más de una mítica agrupación que no deja de darnos sorpresas (y si desean saber más bastará con hacer clic al sitio web respectivo).
Una vez más como homenaje a la revista Pelo, comparto un artículo sobre un recuerdo. Soda Stereo y G.I.T. son parte de la remembranza.
«Los que llegaron» fue titulado el minireportaje sobre nuevas bandas del rock argentino, publicado por la legendaria revista Pelo en su último número de 1984, de diciembre de ese año. «En el ’83 fueron promesas, en el ’84 llegaron y el ’85 los espera con los brazos abiertos para consagrarlos definitivamente. Ellos son la brisa fresca que comenzó a renovar el rock argentino. Y ya era hora de que eso sucediera…», expuso Pelo en su bajada.
Y, tras cartón, sin introducciones dentro del cuerpo del texto, aludió a los atributos y expectativas en torno a cinco grupos: G.I.T., Soda Stereo, Autobús, Abrelatas y Hellion. Creo que había motivos de sobra para que no hubiera una presentación muy extendida: la revista ya había expuesto (y aquel número, el 229, no fue la excepción) el surgimiento de una nueva etapa del rock argentino.
Y no se refieren solamente a un fenómeno asociado a dejar atrás la dictadura o a darle continuidad al fuerte impulso que significó en un momento (bastante accidental por ser vinculante con la Guerra de Las Malvinas) privilegiar la música en español por sobre la cantada en inglés, sino que simplemente a darle cabida a nuevas formas musicales, letras, modas, expresiones y, en general, a un fenómeno más parecido a un movimiento consolidado (no quiero usar la palabra industrial, porque me suena demasiado neolineral) que a un conjunto de acciones dispersas.
Evidentemente figuras como Charly García, Luis Alberto Spinetta, Litto Nebbia y Raúl Porchetto ya tenían asegurado un sitial muy relevante dentro del rock trasandino y otras, como Virus, un veinteañero Fito Páez y Juan Carlos Baglietto, por citar sólo algunos ejemplos, representaban a los exponentes que ya habían dejado de ser promesas y sobresalían. Pero había nombres que ya estaban sonando fuerte en 1984 con producciones muy recientes por entonces. Un selecto grupo de ellos fue referido por Pelo en las páginas 30 y 31 de su número 229.
Algunas de las cinco bandas citadas lograron distinguirse más que su pares con el curso de las décadas postreras. Pero acá al menos les comparto aquellas históricas reseñas:
G.I.T.
«Este es uno de los grupos que más expectativas había despertado dentro del panorama nacional. La actividad de sus integrantes junto a Charly García demoró el proyecto G.I.T. por casi un año, pero a mediados del ’84 el trío se dedicó de lleno a su música y grabó un álbum excelente en Ibiza. Con una música moderna, compacta y seductora, G.I.T. apabulló a quienes presenciaron las actuaciones «fantasmas» que realizaron hasta el momento. Y si bien aún no efectuaron su lanzamiento oficial en vivo, los G.I.T. ya se hicieron de un prestigio que seguramente los encumbrará durante el año próximo».
Soda Stereo
«Pocas veces un grupo nuevo tuvo tanta publicidad oral como los Soda Stereo. A partir de sus actuaciones en los carnavales de Marabú junto a Los Twist y Virus, este trío se convirtió en el centro de muchos comentarios (positivos o no). Su álbum debut, aparecido sobre el filo del año, obtuvo una buena respuesta y aunque la mayoría de su audiencia no está compuesta por público de rock, Soda Stereo es una de las bandas que más está dando que hablar con su música simple y bailable».
Autobús
«Después de bastante tiempo de batallar, y de haber grabado un álbum («Maten al último romántico») que pasó injustamente desapercibido, este grupo de Haedo logró en 1984 grabar un álbum con una buena producción como respaldo. Además, lentamente se fueron haciendo de un público fiel que los sigue a todos lados y que está muy compenetrado con el rock moderno y bailable del grupo. El ’84 fue un buen año para Autobús y todo hace suponer que la consagración definitiva les llegará en los próximos meses».
Abrelatas
«Con la edición de su primer álbum, «Energía para competir», este cuarteto platense confirmó la calidad de su pop alegre y rítmico. Y aunque siguen sonando más enérgicos en vivo que en el vinilo, los Abrelatas le permitieron al pop recuperar puntos tras la híbrida pobreza demostrada en otras épocas. Con seguridad, una vez que el público masivo rompa sus prejuicios con respecto a este género. Abrelatas impondrá su propuesta entre la gran audiencia»
Hellion «A partir del encumbramiento de Riff, muchas fueron las bandas metálicas que aparecieron en el panorama nacional. Nacido a comienzos del ’83, Hellion es uno de los grupos que, dentro del género pesado, más se ha destacado durante este año.
La banda se inscribe estilísticamente dentro de la más pura tradición metálica, con una música poderosa y mucha energía sobre el escenario. Si bien aún tienen aspectos por pulir, su debut discográfico les deparó un considerable prestigio dentro del medio del heavy».
Este sábado finaliza el evento on line de talentosos guitarristas, cuya versión 2020 es la vigesimoprimera.
Por Gonzalo Figueroa Cea
Entrecuerdas es denominado el festival internacional de guitarras que la Corporación Cultural Municipal de Valdivia realiza hasta este sábado 29 del mes en curso. La versión 2020 del evento es la vigesimoprimera, la que tiene el ingrediente especial, derivado de la pandemia, de ser en línea. Subrayo este aspecto porque esta actividad, por ser tradicional, tiene un rico historial.
Tal como señaló en el sitio web de la entidad Erwin Vidal Ribbeck, Gerente de la corporación, Entrecuerdas cumple dos décadas desde que fue creada por Alberto Cumplido en nuestro país y, anualmente, consiste en una itinerancia por tres regiones, siendo Valdivia la ciudad de cierre hace 18 años. Vidal destacó la vuelta de la iniciativa a la capital de la Región de Los Ríos al alero de la corporación que dirige, la que la ha incorporado como actividad estable a su agenda.
Para Alberto Cumplido, director del referido festival internacional, «es un orgullo poder seguir dándole continuidad gracias a la Corporación. Valdivia es cultura y está al frente», enfatizó. El responsable de Entrecuerdas sostiene que la continuidad de las actividades culturales de Valdivia «es realmente notable, un ejemplo». Este tipo de eventos, según Cumplido, «deben incrementarse en general en el país por las plataformas digitales, en modalidad on line». No obstante esa mirada necesaria dadas las actuales circunstancias sanitarias, espera que «en un futuro cercano las cosas se normalicen y podamos volver a estos momentos de manera presencial y en vivo, en todos los ámbitos artísticos».
Última jornada y registros La última jornada, de este sábado 29, contempla las presentaciones de Srdjan Bulat, de Croacia y Wladimir Carrasco, de Chile. Sólo bastará con conectarse al sitio web de la corporación o a sus redes sociales (ver final del artículo). Los links son liberados 30 minutos antes de cada presentación.
En total 12 destacados guitarristas provenientes de México, Venezuela, Polonia, Dinamarca, Croacia, Canadá y Chile son los protagonistas de la versión 2020 de este emblemático Festival. Todos los conciertos han sido transmitidos vía streaming y pueden ser vistos en el sitio Youtube del evento, cuyo enlace también está debajo del presente artículo. Dado que fueron simultáneos, hay entre 26 minutos y media hora de desfase en cada caso, pero lo importante es que se pueden disfrutar plenamente.
El lunes 24 estuvieron Jonas Egholm, de Dinamarca; Urszula Skowonska y Katarzyna Smolarek, de Polonia. El martes 25 actuaron Matías Insunza, en representación de España y Chile; y Gustavo Colina, de Venezuela. El miércoles 26 fue el turno de Claudio Hernández, de Chile; y Mikkel Andersen, de Dinamarca. El jueves 27 actuó David Jacques, de Canadá; y Zuzanna Granek, de Polonia. Este viernes 28 fue el turno de Alberto Cumplido, de Chile; y Ernesto Hernández Lunagomez, de México.
Una vez más acudí al archivo de la mítica revista Pelo y recordé ese gran encuentro de genios del rock argentino en 1986.
«Último tango en Nueva York» fue titulado el artículo tipo entrevista que la revista Pelo publicó en su número 257, el primero de 1986, dedicado a dos grandes figuras del rock argentino: Pedro Aznar y Charly García, y al que que hoy es visto, con todos los merecimientos, como un álbum clásico de la música del subgénero en el vecino país y en el continente: «Tango».
En efecto el minialbum fue la consecuencia del encuentro de ambos artistas en la archipoblada y siempre atrayente ciudad de Estados Unidos. García había disuelto su banda de acompañamiento como solista -que conformaba G.I.T., Fito Páez, Fabiana Cantilo y Daniel Melingo- y se estaba tomando un descanso; y Aznar ya manifestaba un cansancio por las largas giras como integrante de Pat Metheny Group. Lejos de querer volver a Buenos Aires y armar algo con una finalidad de más largo plazo, los ex Serú Girán decidieron entrar a los únicos estudios disponibles en el momento, Unique y Secret Society, para ponerse a las órdenes del técnico Joe Blaney y hacer en un par de días «Tango», pensado en ese momento para ser lanzado en marzo; es decir un par de meses después.
Tal como señaló allí el autor del artículo, Federico Oldenburg, no se trataba de un disco ideado para los nostálgicos del tango y su romanticismo, como tampoco de un proyecto de grupo rock. «García y Aznar crearon un sonido ultracontemporáneo y de vasta elaboración, en donde se puede reconocer claramente a un sólo antecedente: «Clics modernos». Dicho de otro modo, simplemente y como dos buenos amigos, quisieron hacer entre ambos algo musicalmente novedoso e interesante.
Ante la pregunta sobre por qué le pusieron «Tango», Charly puso de relieve que fue porque pensaron que es un «buen nombre» para un grupo. «Es argentino, es moderno, es internacional, es antiguo. Además tiene que ver con «Piano Bar» y la temática que yo estaba tratando. Los temas que hace Pedro y los que hago yo tienen algo de tango, aunque no queramos tirar la onda melancólica. En el disco hay un poco de todo. Es psicodélico y se llama «Tango» por lo argentino», detalló Charly, quien venía de hacer producciones con Fabiana Cantilo, Celeste Carballo y Suéter, pero quería hacer justo en ese momento, de semi vacación, algo distinto.
Es particularmente interesante la respuesta de García ante la afirmación que le formula Oldenburg sobre haber dejado de tocar con los G.I.T. De hecho el músico deja flotando una idea referida al entorno del músico, que curiosamente no tiene que ver con su banda de acompañamiento. «Estaba aburrido de tocar en las condiciones en las que lo estaba haciendo, de la gente que me estaba manejando. Quise darme un tiempo y este proyecto me da como un respiro hasta preparar otra cosa, al tiempo que hago algo que me gusta mucho», dijo Charly. Pedro tuvo una opinión similar respecto de lo suyo: tener un espacio para él y parar con la «locura de las giras».
Consultados por el entrevistador acerca de una relación entre Serú Girán y «Tango», me llamó la atención la respuesta de Aznar: «si consideras Serú Girán, esto es toda una vuelta después. Yo en Serú empecé como bajista y después fui creciendo. Ese proceso siguió mucho más aceleradamente una vez que yo me fui del grupo. Por la misma razón también me tuve que ir del grupo de Pat: volví a sentir el ahogo de no poder hacer todo lo que sé hacer».
«Me encanta la idea de sorprender a la gente con lo que no está esperando. Me gusta hacer pop y creo que lo hago bien. Habrá gente, que compra mis discos solistas, que no se va a sentir tan movida con lo que hago con Charly. Si es así, mala suerte: que unos compren unos discos y que otros compren los otros. La línea de mis discos solistas no va a cambiar mucho. Lo de Pat Metheny Group tampoco es exactamente lo que yo pretendo hacer en mis discos. Como solista tengo una idea determinada. Ahora, lo que hago con otra gente es el producto de la combinación», subrayó Pedro.
Consultado Charly acerca de la posibilidad que «Tango» sea la continuación de «Clics Modernos», luego del «rock pelado» de «Piano Bar», él no lo descartó. «Puede ser. Sobre todo por cómo estuvo hecho. Pedro y yo tocamos absolutamente todo, y además está Joe. Los tres somos el núcleo de «Clics Modernos». Lo de «Piano Bar» fue algo hecho muy rápidamente, que salió como tenía que salir: es un boceto en donde yo digo «váyanse todos a la m…». Cuando tenés un pico como ese, después necesitás volver atrás y retomar lo que hacías. Ahora me salió algo que tiene más buena onda, que es más alegre. Si hay un tema que sintetiza todo, creo que es el hit, «Hablando a tu corazón», que dice «no puedes ser feliz con tanta gente a tu alrededor». Eso es muy simple pero así es la onda del disco. Con «Piano Bar» pedí ayuda, tipo «estoy mal, bánquenme», y esto es un corte», explicó Charly.
Comparto otra «joyita» del Diccionario de la Música Joven.
Los Beatles nunca dejarán de ser noticia. No haré gárgaras recordando que es mi banda regalona, ni tampoco que otras tantas que me gustan, como Genesis, Pink Floyd, The Police, Serú Girán, Rush o Kansas, están muy atrás dentro de mi propio escalafón. Lo que único que podría agregar es que …estoy algo de acuerdo con Andrés Calamaro en el sentido que Queen, entre los conjuntos de rock más conocidos, está muy sobrevalorado. No desconozco que me gustan, que tengo algunos álbumes del famoso cuarteto y que Freddie Mercury es un cantante excepcional, pero desde mi modesto punto de vista las agrupaciones citadas y varias más están varios peldaños más arriba en términos de influencia (las ventas y la cantidad de hits radiales es otro cuento).
Pero no pretendo latearlos y me quiero concentrar en el mini artículo que la revista de colección Diccionario de la Música Joven, publicada en 2000 (ver detalles más abajo), realizó sobre Paul McCartney. Sabemos que los dos integrantes de los «fab four» que sobreviven están plenamente vigentes: Ringo Starr, su baterista, y el referido bajista. El próximo 9 de octubre se cumplirá el octogésimo aniversario del natalicio de John Lennon y, el 8 de diciembre, se cumplirán cuatro décadas de su asesinato a manos de un chiflado (como bien dijo en una oportunidad Fito Páez). George Harrison hubiese cumplido 77 años de edad el 25 de febrero último. El beatle más sobrio y espiritual según la percepción popular, falleció el 29 de noviembre de 2001 tras padecer un cáncer de pulmón.
Ringo cumplió el 7 de julio reciente 80 años de edad y, Paul, el elegido del presente texto, enteró justo hace casi un mes 78 años. McCartney y Lennon formaron la dupla creativa más exitosa de la historia de la música popular mundial. En el Diccionario de la Música Joven se menciona como obras destacadas de Paul el álbum «Flowers in the Dirt» (1989), la canción «Let it be» (1970, perteneciente a los Beatles) y el videoclip «Pipes of Peace» (1983).
«Cuando conocí a John Lennon estaba borracho, pero le sorprendió que yo supiera afinar una guitarra», es la cita del bajista resaltada en la bajada. El pie de foto tiene las siguientes líneas: «el que tiró la primera piedra. Sus melodías, desde Los Beatles hasta hoy, cambiaron literalmente al mundo».
Comparto con ustedes el resto del mini artículo:
«Más allá de los rumores que se echaron a correr allá por 1966 sobre su supuesta muerte y posterior reemplazo en el cuarteto de Liverpool, Paul McCartney (Liverpool, 18 de junio de 1942) parece haber contado con más de una vida para llegar a modificar el curso de la música del modo en que lo hizo. Primero como bajista, cantante y compositor de Los Beatles (1960-1970, el conjunto más importante del siglo y está todo dicho). Y después, comandando una extensa carrera solista, que comenzó un día después de la separación de la banda y continúa hasta la fecha. Verdadero genio musical, zurdo y de buenos modales, tuvo tiempo para formar (entre 1972 y 1978) el grupo Wings, con quienes editó el clásico Band in the Run (1973) junto con su esposa Linda. Abuelo y todo, la magia de sus composiciones parece estar intacta y ni hablar de sus actuaciones en vivo (inolvidable su paso por River en 1993) cargadas de éxitos de toda su carrera. En 1998 sufrió la irreparable pérdida de Linda y hace poco protagonizó un exitoso retorno a The Cavern (el pub donde Los Beatles comenzaran a despegar su carrera), seguido a través de Internet por millones de fans. Sin dudas, se trata de uno de los máximos genios musicales del siglo e indiscutida influencia de toda la buena música pop que lo precedió y lo sucederá».
El cuarteto trasandino es una de las grandes bandas de la historia musical del vecino país.
Como se dice en buen chileno, no andaré con rodeos: me encanta el rock argentino. Es como una especie de obsesión, tal como me ocurre con el rock progresivo, aunque en este último caso mi gusto no se centra en un país.
De hecho, en mis constantes «investigaciones» (lo expongo así para no parecer sabueso), a raíz de un reportaje hecho por el suplemento Culto, de La Tercera, redescubrí a Aquelarre, una banda emblema del rock en Argentina durante el primer lustro de los 70 y que, en cierto sentido, tiene como agrupación subsidiaria a Almendra. Pongo «redescubrí» porque sabía de la importancia de esta agrupación, había escuchado hablar de ella como mil veces pero sin profundizar en aquella… importancia.
Justamente, para hablar de Aquelarre, en Almendra me quiero detener un poco, no necesariamente para alabar a Luis Alberto Spinetta (del querido «flaco» podemos hablar muy bien largo y tendido), sino para señalar que dos de sus ex integrantes fueron los que dieron origen a Aquelarre: el bajista Emilio del Guercio y el baterista Rodolfo García. Completaron la formación Héctor Starc en guitarra y Hugo González Neira en teclados. Todos cantaban.
Sin interés, por ahora, en profundizar mucho acerca de la separación de Almendra, supe que Spinetta no quiso introducir temáticas políticas en las creaciones musicales de la banda, a diferencia de lo que pensaba Del Guercio, quien en Aquelarre tuvo el espacio para dar cabida a lo que el consideraba muy relevante en el quehacer de su arte: reflejar una realidad, la que por entonces era cruda en Argentina. Sin ir más lejos, desgraciadamente por entonces tuvieron lugar las masacres de Trelew (1972) y de Eseiza (1973), anticipos de lo que fue la dictadura militar que comenzó en 1976 y temas que, por su altísima sensibilidad, no podían pasar inadvertidos para el bajista.
De hecho, estos últimos aspectos de la carrera de la agrupación fueron expuestos por el periodista Diego Giordano (autor de Uniendo fisuras, acerca de la carrera de Soda Stereo, y otras obras literarias) en las líneas en que justificó la elección de su «disco clave» del rock argentino, en el marco del reportaje que mencioné en el segundo párrafo del presente artículo: «15 discos clave del rock argentino: la guía definitiva», publicado por Eduardo Ortega en enero del presente año en Culto.
Sin embargo, no quisiera quedarme sólo en lo ya señalado y en el disco que eligió Diego Giordano en la citada ocasión: el álbum homónimo de Aquelarre, el primero de su discografía, lanzado en 1972 (en efecto, el registro lo dejé para descarga al final de esta entrada). Si quisiera compartir la presentación en la televisión española de esta excelente banda durante su residencia en el país peninsular, en 1975.
Esa grabación incluye una entrevista y cinco temas: «Ceremonias para disolver», «Violencia en el parque», «Canto cetrino» y «El hombre cercano». Allí se puede apreciar el rico estilo del grupo, provisto de estructuras intrincadas donde combina blues, jazz, psicodelia, guitarras duras y letras muy apegadas al ámbito terrenal. Añado, como previa, palabras de dos de sus integrantes debajo de este párrafo.
«Fue, pienso yo, el primer grupo que fue realmente y netamente argentino, que hacía una música rock pero totalmente nacional, sin influencias o muy pocas influencias y cantada en castellano».
(Héctor Starc en relación a Aquelarre)
«Yo pienso que eso se dio como una evolución natural. Es decir, en la medida que vas tomando conciencia de la necesidad de crear una propia música, esa conciencia te lleva a hacerla directamente. Ahora el hecho no es instantáneo sino que los elementos se van mezclando y vas consiguiendo, a medida que transcurre el tiempo, un lenguaje propio».
(Emilio del Guercio, consultado acerca de cómo hace su música Aquelarre)
«No creo conocer todo. En Uruguay, por ejemplo, se desarrolló un movimiento bastante importante, hubo conjuntos importantes. En Brasil, pienso que ahora hay grupos que están un poco alejados de la bossa nova y de todo lo que significó ese movimiento. Y en los demás países también sé que existen grupos, pero no han trascendido; es decir, no tengo demasiado conocimiento de ello, no creo que se haya desarrollado como en los dos países que te nombré anteriormente; es decir, en Uruguay y en Argentina».
(Rodolfo García, acerca del impacto del rock de factura sudamericana)
Salió recientemente el número 7 de la revista chilena digital dedicada al rock chileno de vanguardia.
Si bien es cierto la inevitable y prolongada alerta sanitaria -producto de la pandemia que amenaza la salud de todos- ha afectado a diversas actividades en cuanto a la capacidad de generar recursos de subsistencia, afortunadamente la creatividad del arte de los sonidos no deja de fluir y, por ende, sigue generando adhesión y dando paso a esa cualidad tan humana que es reinventarse.
“¿Acaso no es la esencia de la música el servir como un vehículo para transportarnos a estos estados más puros de plenitud?”, es en efecto la pregunta que se formulan los responsables de la revista Música sin Límites en su editorial del número 7, texto titulado “El Prog en tiempos de pandemia”. Y, al respecto, la respuesta de ellos mismos es inmediata e inequívoca: “nos da la impresión que sí. Y hoy en día, esa virtud se agradece, ya que somos miles los que adoptamos esta postura vital y regeneradora de alma”.
Esa virtuosa característica me ha llevado a colaborar en este proyecto donde, si bien es cierto Juan Barrenechea H. es clave sumado a su nexo con el sello Mylodon Records, hay un equipo, cuyo espíritu acoge amablemente el concepto aludido en el nombre de la publicación: “música sin límites”.
En efecto, no hay obstáculos a la hora de leer artículos en este medio digital cuya bajada dice “Revista Chilena de Rock y Vanguardia”: épocas, generaciones y países diversos son parte de su colorido abanico gráfico y textual. Varios/as de sus lectores/as no sólo tienen la posibilidad de conocer nuevos trabajos de las bandas a las cuales le han hecho seguimiento durante años y décadas, sino también saber acerca de las novedades o, simplemente, recordar o «desempolvar archivos».
Y, desde la otra mirada -la del público más joven o que recién aterriza en el rock progresivo o en estilos afines o similares a éste y hasta más rupturistas- conocer un mundo musical nuevo. Los años 70 ó 2020 pueden convivir sin complejos en este gran espacio y vencen a la pandemia.
Asia Minor, Sebastian Hardie, Quella Vecchia Locanda, Daltonia, Gila, Qamar, Exsimio, Ageness y un especial sobre discos que no fueron publicados en la época de su producción, son parte del repertorio de Música sin Límites, donde también se invita a los/as lectores/as a disfrutar de nuevo material a través del sitio del sello Mylodon y su Band Camp: Mylodon Records.
El power trío argentino ya se perfilaba entonces como el líder del rock latinoamericano.
Debo confesar que soy algo así como un admirador póstumo de Badía y Compañía. Y lo señaló conforme a un poderoso argumento: cuando mis padres adquirieron el servicio de televisión por cable, en 1996, el mítico programa conducido por Alberto Badía ya estaba a punto de transformarse en historia, aunque el destacado animador, mentor de su colega Marcelo Tinelli, se mantenía vigente.
Y la mención a Badía y Compañía en el presente artículo no es casualidad: si hubo un programa de televisión que fue un importante apoyo para el rock en español que se producía en Sudamérica, ése fue el referido espacio argentino. Los invitados no sólo tenían la posibilidad de hacer algo así como un minirecital en vivo (nada de playback) en el marco del programa -el que podía durar media hora ó 50 minutos sin contabilizar comerciales- sino que ser brevemente entrevistado por Alberto Badía y, por si todo esto fuera poco, en cierto sentido la sola presencia garantizaba una actuación a tablero vuelto en el evento, o en los eventos, que cada artista o cada agrupación ya tenían programados de antemano.
Con motivo del año nuevo: 1987 y como cierre del mismo, Soda Stereo fue el grupo invitado a la edición de Badía y Compañía exhibida el 31 de diciembre de 1986. El trío de Buenos Aires ya era el conjunto de rock más popular de Argentina, Gustavo Cerati era notablemente admirado como guitarrista, letrista y compositor del grupo, que a su vez ya gozaba de numerosas legiones de fans en Chile, Perú y Colombia, gracias al éxito obtenido con los tres álbumes publicados a esa fecha, el último de los cuales: «Signos», había sido lanzado recientemente y era el objeto central y espiritual que movía las nuevas presentaciones. No está demás señalar que en 1987 la banda -cuya formación la completaban el bajista Héctor «Zeta» Bosio y el baterista Charly Alberti- iba por entonces a extender su repercusión continental, incluyendo mercados potentes como México y Estados Unidos.
En efecto, salvo «Juegos de Seducción», la actuación estaba basada en temas del último long play, entre ellos canciones que ya acaparaban rankings, como «Prófugos» y «El rito». Acompañaron en esa ocasión al trío dos invitados de lujo: la cantante Celsa Mel Gowland en los coros y el tecladista Fabián Quintiero. Celsa, quien destacaba en los acompañamientos vocales en Fricción y otras reputadas agrupaciones trasandinas, colaboró también en «Signos». Fabián, quien por entonces era conocido por su nombre y el agregado Vön antes de su apellido, fue el encargado de las teclas en el segundo y en el tercer álbumes de Soda, además de decir presente en las giras respectivas. La actuación es una muestra de la calidad de sonido, de la seguridad y de la gran complicidad con sus fans que ya exhibía la banda en el directo.
Como solía ocurrir en el programa que conducía Alberto Badía, llegaba una apreciable cantidad de público al estudio de televisión. En el caso puntual del minirecital de Soda Stereo, un público entusiasta y mayoritariamente joven y femenino.
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