El clásico de los californianos tuvo tal repercusión que, a la larga, terminó siendo más que la canción de una película.
Fue el año 1988. Tenía 16 años y cursaba segundo medio y, al respecto, el primer recuerdo instantáneo que tengo es la cara de Tom Cruise, básicamente por lo taquillero de su presencia sobre todo para el público femenino, y la presencia de los Beach Boys, por entonces un grupo maduro del rock contemporáneo de Estados Unidos y del mundo que, algo más de 20 años después de esa maravilla llamada «Pet Sounds», agarraba vuelo nuevamente en los rankings de difusión y en las ventas con el estupendo tema característico de la película a la cual me estoy refiriendo: «Cocktail».
La singularidad del tema radica en su percusión, las cálidas voces, la presencia del saxofón, su clarísima incitación al baile y su agradable tufillo romántico, que alude a lugares exóticos que suenan a descanso y romance puro: Aruba, Jamaica, Bahamas o Bermuda; en síntesis, música muy atractiva y un exquisito juego de palabras.
Curiosamente no fueron los hermanos Wilson los autores intelectuales del temón (dato curioso: Brian, insigne compositor, lanzará próximamente un disco), sino que el ex líder de The Mamas & the Papas, John Phillips; Scott McKenzie, el cantante del mítico «San Francisco»; Terry Melcher y el integrante de los Beach Boys y primo de los Wilson, Mike Love, el principal cantante de «Kokomo».
Rock in Río tuvo el privilegio de tener entre sus grandes invitados de los últimos años a la banda británica.
De las bandas noventeras del universo rock, Coldplay es una de mis predilectas. La emoción que transmite su música, mezcla de delicadeza y fuerza, más el entusiasta despliegue escénico y la sensibilidad interpretativa de su vocalista, Chris Martin, me atraen una enormidad. Creo que todo aquello puede ser resumido en una palabra: piel.
En el ya clásico Rock in Río de 2011 (presentación elegida para ser comentada en el presente artículo) fueron ratificados los atributos mencionados del conjunto inglés. Al igual que Steve Hogarth, el energético cantante de Marillion, Martin, el vocalista de Coldplay, goza como niño en el escenario.
El resto de los músicos, sobre todo el baterista, Will Champion, no desentona. Es relevante agregar que Coldplay está integrado, además, por el guitarrista Jon Buckland y el bajista Guy Berryman.
Además es fácil advertir una potente simbiosis con el público: una conexión emocional que los hace uno. Los temas más potentes de Coldplay, como «Yellow», «Paradise» e «In my Place», por ejemplo, son entonados y seguidos de memoria por los fans.
Un detalle no menor es la participación de Brian Eno como compositor en varios temas Coldplay. Se nota el sello del ex Roxy Music en Coldplay: una fuerte presencia de inusuales efectos de sonido, entre éstos de teclados, que enriquecen el verdadero arte de disfrutar la música.
Martin demuestra, a su vez, el encanto natural que los europeos sienten por Sudamérica (en este caso, Río de Janeiro, Brasil), lo que es observable en algunos pasajes, como ese guiño vocal a «Chica de Ipanema» y algunas expresiones típicas del idioma portugués cuando las visitas se sienten como en casa. Es algo mágico, como lo es la música de Coldplay.
Sin duda la fama del guitarrista británico da más que para un apodo.
Orestes está estrenando su recién comprado reproductor de DVD. No quiso comprarse un Blu-Ray.
“No soy tan exigente. Me basta con que se escuché y se vea bien”, sostiene con seguridad. Tras instalarse en el living y tener a su lado la dulce presencia de su hija, Simona, se dispone a ver «Unplugged» (1992) de Eric Clapton, también conocido como «el desenchufado» del famoso guitarrista británico.
Simona queda asombrada con la destreza del ex Cream de «tocar tan bien la guitarra y cantar con tanto sentimiento», que queda reflejada en aquel famoso recital de salón, sello inconfundible de MTV en los años 90.
-¿Por qué te gusta Eric Clapton, papá?.
-¡Uy! cómo te explico.
-No me lo expliques tan en difícil.
-Je, je, ¿como te lo explicaría mi amigo Robin?
-No. Me cae re bien el tío Robin, pero se vuela mucha con eso que él dice, ¿cómo es?…»¡conceptos!».
-No. No lo haré como Robin. Yo te diré por qué me gusta Clapton.
-¡Ya!
-Porque, tal como señalas tú, toca muy bien la guitarra y canta con mucho sentimiento.
-¿Y por que le dicen «mano lenta»?
-Bueno, así le llamaban desde los tiempos de Cream, el grupo que lo hizo famoso. ¿el por qué del nombre?…
-…
-No lo sé con exactitud, pero en inglés «mano lenta» es «slow hand». También le decían «God», que significa «Dios».
-Yaaa.
-Muchas veces los sobrenombres son exageraciones. Pero lo importantes es que fue y es un gran guitarrista.
-Yo también lo creo.
-¡Ah!, se me olvido decirte que «Slowhand» es el nombre de uno de sus primeros discos solistas.
-¡Ah! ¿Hay alguna canción del «Unplugged» que te guste por sobre las demás?
-Bueno, «Layla» es maravillosa. Me encanta su ritmo. La guitarra es muy juguetona.
-¡Aaah!
-Pero la que me mata es «Tears in Heaven». Es muy bonita y emotiva.
-¡A mí, también me gusta! –responde Simona con entusiasmo.
-¿Sabes de qué se trata?
-No.
-Otro día te contaré al respecto.
El resto de la conversación y el misterio en torno a qué le dirá Orestes a Simona sobre «Tears in Heaven» quedará para la imaginación, sobre todo para quienes no sepan la letra de la emotiva canción de Clapton, en memoria de su pequeño hijo Conor.
Filme es retrato del Lennon adolescente y en su juventud más temprana.
Entre la variedad de secuencias atractivas de una película que considero encantadora, como lo es «La Historia de John Lennon» (en inglés «In his Life: The John Lennon Story»), de David Carson, hay una que me llama poderosamente la atención y que es mi favorita: Julia, la madre de John, enseña a éste las primeras lecciones de cuerda mediante la interpretación del popular tema de Elvis Presley, «Love me tender».
Esa parte es muy bella y, por cierto, contrasta en cuanto a emociones fuertes con otra en que Lennon interpreta, acompañado de su guitarra, la misma canción pero después de una vorágine de violencia tras enterarse de la muerte de Julia: con mucha rabia arranca del hospital a su casa, entra a su habitación y destroza los objetos al más puro estilo de «Pinky», el personaje de The Wall de Pink Floyd, antes de agarrar el instrumento y cantar su tristeza.
La película, del 2000 es, a mi juicio, mejor lograda que «Nowhere boy», de 2009 (dirigida por Sam Taylor-Wood), una especie de aproximación al joven Lennon pero con escaso desarrollo: demasiado centrada en la relación de John con su tía Mimi y su madre, los conflictos asociados y un poco menos en el irrefrenable interés del muchacho de armar un grupo de rock. Como que al final el filme se corta abruptamente, quedando el espectador con ganas de ver mucho más.
No hay duda que ambas historias: los vínculos del personaje principal tanto con Julia como con su tía Mimi, y el cómo conforma su banda, son bisagras dentro de lo que fueron los primeros años del recordado beatle. Pero la ventaja de «In his Life: The John Lennon Story» radica en que se añaden historias o se profundizan las mismas.
Se enfatizan en aquéllas el por qué de la personalidad irreverente de John y la personalidad irreverente en sí misma:
1-El escaso tiempo que estuvo con su padre. En una escena correspondiente a su niñez, se observa una tremenda sintonía con él, la que llega a su fin en forma dramática cuando el chico decide quedarse en Inglaterra con su madre. No obstante, la responsable principal de su crianza fue su tía Mimi, hermana de Julia, su madre.
2-Su relación con Cynthia Powell y el nacimiento del hijo de ambos: Julian (en honor a la mamá de Lennon). Se alcanza a advertir que la relación de la pareja llega a la seducción real pero poco a poco se enfría.
3-Su amistad con Paul McCartney: bastante mejor desarrollada en comparación con «Nowhere Boy». No hay duda que es el cimiento de una de las mejores duplas de compositores de música pop de todos los tiempos.
4-El poco pacífico ingreso de George Harrison al conjunto. Paul le advierte a George acerca del carácter un tanto zigzagueante de John, todavía el líder indiscutido del grupo. El joven guitarrista es víctima de las ironías de Lennon, pero finalmente éste acepta la entrada de Harrison a la agrupación al darse cuenta que es un excelente guitarrista y que, por añadidura, no es de la simpatía de la tía Mimi, cosa que curiosamente le agradaba mucho a John tratándose de sus amigos.
The John Lennon Story http://nohaybanda.wordpress.com/
5-Su cercanía con Stuart Sutcliffe: si bien es cierto finalmente Stuart es descartado de los Beatles por no ser un buen bajista (más bien es un gran artista plástico), es el mejor amigo de John hasta su prematura muerte.
6-Astrid, la novia de Stuart Sutcliffe, es fundamental en el look de Los Beatles: los jopos al estilo Elvis se acaban, dando origen al alisado y a las chasquillas.
7-Los difíciles comienzos de la banda: Liverpool-Hamburgo, el circuito ideal en la época para las emergentes agrupaciones de rock provenientes del puerto inglés, no le reporta muchas ganancias al principio, pero paulatinamente adquiere mayor fama, mejor reputación y más dinero.
8-El rechazo de la primera casa discográfica importante a la cual acudieron involucra un áspero diálogo entre Brian Epstein, el manager del grupo, y el representante de la compañía… Una cosa del tono: «ésta decisión le va a pesar en el futuro».
9-La curiosa relación entre John y su tía Mimi: se notaba que John, a pesar de las claras diferencias de puntos de vista, la quería mucho porque ella, siendo bien estricta, fue fundamental en su formación más elemental desde niño, aunque no se debe menospreciar en absoluto el «bichito artístico» clavado por Julia.
10-La perseverancia, el alto nivel de exigencia y, en general, el enorme profesionalismo de Brian Epstein como representante del grupo.
11-Llama la atención las menciones a Eleanor Rigby (lápida) y a Strawberry Fields (enorme jardín de una mansión casi infranqueable), que inspiraron clásicos de los «fab four» años después.
12-Al inicio del filme, ambientado a fines del siglo XX, rematan la primera guitarra de John Lennon. Casi de inmediato, remontado el largometraje ya en 1957, John ve la misma guitarra en un aviso y sólo piensa en que su tía la compre. La diferencia de precios de la misma guitarra entre aquel año y el del remate es simplemente increíble.
El largometraje cuenta con las actuaciones de Philip McQuillan (en el papel de John Lennon), Blair Brown, Christine Cavanaugh, Gillian Kearney, Daniel McGowan, Mark Rice-Oxley, Lee Williams, Jamie Glover y Christian Ealey, entre otros.
La película de 2007 no es biográfica del ex Beatle, sino una «radiografía a la forma de ser» de su asesino: Mark David Chapman.
En la película doblada en español de «El Asesinato de John Lennon», el plano en negro de algunos segundos que caracteriza el inicio de la cinta, atrae pero a la vez intimida. Allí sólo se escucha la voz de quien encarna a Mark David Chapman, el asesino del ex beatle.
Si bien es cierto casi de inmediatamente después viene un refrescante plano de una ola, la voz del sujeto, sumado a una suerte de mezcla entre desencanto por la vida y menosprecio por la «gente falsa» por parte del mismo, revelan con bastante claridad que se trata de una mente torcida y enajenada, a la vez tan hipócrita como lo que él reconoce despreciar.
El filme no es biográfico y tampoco trata del Lennon que recién había pasado el umbral de los 40: famoso, ex integrante de la banda más influyente de todos los tiempos: The Beatles, compositor reconocido y, por sobre todo, un hombre en sus años más felices junto a su mujer, Yoko Ono, y el pequeño hijo entre ambos: Sean.
No. No es eso. La cinta es una radiografía mental de Chapman en los días en que este sujeto merodea el edificio Dakota de Nueva York, donde vivía Lennon y su familia, previamente a decidirse a matar a John. Corría diciembre de 1980.
En el filme, Chapman, magistralmente interpretado por Jared Leto, domina cada escena con pensamientos extravagantes, donde mezcla las «lecciones» que le da un libro alusivo a un homicidio y el objetivo central de su visita al edificio Dakota: matar a quien fuera su ídolo y quien después, a su juicio, lo decepcionó por su forma de ser.
«Obra maestra» de un perturbado mental
El sujeto actúa casi como si estuviera haciendo un acto de justicia pero, a la vez, de cordura dentro de su lógica de ver las cosas: a su juicio, como si estuviera dando origen a una obra maestra o al desenlace de una estrategia perfecta (me recordó al pensar y al actuar de los «criminales intelectuales» de Hitchcock en «La Soga»).
La relación que el personaje principal establece con un fotógrafo y una joven fans (interpretados por Judah Friedlander y Lindsay Lohan, respectivamente) logra exaltar todavía más su personalidad desencajada.
«El asesinato de John Lennon» (en inglés conocida como «Chapter 27») fue filmado en 2007 y dirigida por Jarrett P. Schaefer. Si bien es cierto fue un largometraje que estuvo lejos de recibir comentarios positivos en abundancia por parte de la prensa especializada, su aporte no puede menospreciarse dado el esfuerzo que realizan sus responsables por «meterse» en la mente de un tipo como Mark David Chapman.
La pasión del mítico cantante de The Doors puesta en el clásico tema de 1971, es motivo de una nueva e interesante conversación en la disquería de Robin Palomar.
Junto a su pequeña hija Simona, Orestes visita una vez más la íntima y acogedora disquería de su amigo Robin Palomar. Es el mediodía de un sábado agradable, también como de costumbre cada vez que el joven padre visita a su «amigo de los grandes álbumes de rock».
También es un clásico la gran disposición de cada uno, incluso de la pequeña Simona, quien entra al lugar para no aburrirse, sino para curiosear. Allí descubre «L.A. Woman» (1971) de The Doors y le recuerda al papá que la canción de ocho minutos que le da nombre al largaduración, lo vuelve un tanto «locatelli».
-Je, je…¿Y qué te pasa con L.A. Woman? ¿No me digas que te gusta la forma desenfrenada de cantar de Jim Morrison en ese tema? -pregunta Robin a Orestes.
-¡Jajaja! Ojalá pudiera hacer la octava parte del esfuerzo que hace Morrison allí. Es re difícil -responde Orestes.
-Bueno, no está de más decir que cuando los Doors grabaron esa canción en la sala de ensayo del grupo (como todo el disco), Morrison ocupó el baño para registrar su voz. ¡Ja!
-¿El baño? ¡No te puedo creer! ¿Y por qué?
-Se supone que tenía una sonoridad especial.
-¡Qué cuático, papá! -replica Simona.
-En todo caso, no hay duda que suena muy power el tema y, sobre todo, la parte cantada por Morrison -retruca Orestes.
-Sí. ¿De qué versará la letra? He escuchado el álbum de pe a pa, pero en la letra no me he detenido mucho -confiesa Robin,
-Se podría decir vagamente que es una simple canción alusiva a una mujer californiana, específicamente de Los Ángeles, pero …
-¿?
-Es más que eso…
-¿Qué quieres decir, papá?
-«L.A. Woman» es poesía, lujuria, pasión, amor, predilección por vivir la vida al límite, como si la droga, el sexo y las mujeres guapas fueran la mejor combinación -responde Orestes.
-Como han dicho por allí, se puede considerar que es algo así como la despedida de Morrison al partir de Los Ángeles -complementa Robin.
-Y luego parte a París…para no volver más.
-De alguna manera «L.A. Woman» es su casi ascenso a la inmortalidad.
El tema que le da nombre al clásico disco de Soda Stereo de 1986 es una interesante forma de conocer las letras del líder de la banda, Gustavo Cerati.
“No hay un modo, no hay un punto exacto, te doy todo y siempre guardo algo”. Así arranca “Signos”, la canción que da nombre al disco que Soda Stereo publicara en 1986, el tercero de su brillante carrera.
Cuando la escucho no sólo resurgen con fuerzas mis ganas de disfrutar por enésima vez, completito, el álbum del ya legendario trío argentino, sino que además nuevamente se hace presente mi asombro: según lo que aparece en “Corazones en llamas” (libro de historias sobre el rock trasandino), el propio Gustavo Cerati confesó haber estado muy fatigado a pocas semanas de finalizar el long play y que, además, las letras las escribió sólo en una noche.
“Pensé que moría”, señaló el guitarrista, creativo y líder indiscutido de la banda que también conformaban Carlos Ficcichia y Héctor Bosio (Charly Alberti y Zeta, respectivamente). Lo más curioso de todo es que Cerati no sólo ha sobrevivido 28 años más, sino que hoy es una leyenda viviente, pese al coma en el que se mantiene hace 4 años, producto de un accidente cerebrovascular. Este lunes 11 cumplió 55 años de edad.
También recuerdo que una joven fanática de Soda Stereo destacó, en las cartas al lector de una edición de 1987 de la fugaz pero exitosa minirevista chilena “Súper Rock”, que le gustaban mucho las letras de Cerati por lo abstractas. También recuerdo que, por ese entonces, Claudio Narea, guitarrista de Los Prisioneros, reconocía que no le agradaban las letras de Soda Stereo, en el sentido que ellos no podían hacer “estupideces como cantarles a las telarañas o cosas así”.
Lo cierto es que a mi atraía Soda Stereo. Las letras de Cerati, además, tenían algo particular. Una vez en la revista “La Bicicleta”, por ahí por el mismo año, resaltaban la genialidad del músico en un análisis de sus letras. En la publicación cultural chilena, una de las más populares en tiempos de la dictadura, se señalaba que el argentino tenía la virtud de ser “enfermantemente bueno” en todo lo que hacía: música, letras, ejecutar la guitarra, y cantar.
Soda Stereo Taringa.net
No está demás resaltar que el disco “Signos” pertenece a una época de expansión del rock sudamericano, sobre todo del argentino, en los mercados internacionales. Al respecto, Soda Stereo fue la agrupación trasandina “punta de lanza” no sólo en lo que se refiere a conquistas de nuevas fronteras, sino que por ser el mayor referente histórico de una época que vio despegar internacionalmente a Charly García, Fito Páez y bandas como Los Enanitos Verdes, Virus, G.I.T. y Miguel Mateos y Zas, marcando un camino interesante para los futuros exponentes de entonces.
Figuras sin definir
“Signos, mi parte insegura, bajo una luna hostil, signos, ¡oh!”, cantaba Cerati en el estribillo de la canción. Quizás reflejaba cierta inseguridad o inestabilidad en el plano sentimental, pero no quisiera detenerme en eso y hacer un perfil psicológico del connotado artista.
Esa cosa abstracta de las letras, con cierta dosis de perfeccionismo, fue el factor que me sedujo para escuchar y seguir escuchando a Soda Stereo. En una oportunidad leí que Cerati buscaba que las letras calzaran bien, que sonarán perfecto. En otras palabras, no sólo le interesaba el sentido de las letras (muy diferentes a los lugares comunes y obviedades de Ricardo Arjona, con todo el respeto que me merece el cantautor guatemalteco) sino la forma.
He querido detenerme en “Signos” no sólo por la reposada forma musical del tema, su indudable atractivo y, por cierto, ser un clásico del rock latinoamericano, sino que por lo llamativo de sus letras.
“Si estás oculta, ¿cómo sabré quién eres?, me amas a oscuras, duermes envuelta en redes” son los versos de la segunda estrofa. Cerati juega al misterio, como también lo hace su musa inspiradora, a quien ama sin verla en un lugar que no tiene por qué ser convencional.
“Mar de fondo, no caeré en la trampa, llámame pronto, acertijos bajo el agua” canta Cerati tras el estribillo. En el mismo ámbito lejano a lo corriente, el creador intenta alejarse de los riesgos, de la caída libre, pero no sólo del amor, sino de los obstáculos que se interponen en la relación.
“Si algo cedes, calmaré tu histeria, con los dientes, rasgaré tus medias” estructura la cuarta estrofa, donde la imaginación del compositor da rienda suelta a la parte más apasionada de la relación con su amante.
Tras la nueva interpretación del estribillo, éste prosigue después pero cambia en su composición: “Signos, uniendo fisuras, figuras sin definir, signos, ¡oh!”. Como que Cerati observa que en el amor hay grietas, disputas, problemas o, simplemente, vacíos de comunicación.
A propósito del reciente y renovado interés por estas grabaciones de audio, recordé con cariño algunas joyitas de la música popular.
Hace algunos días tuvo amplia difusión una gran feria del vinilo. Sin duda un buen panorama para quienes son coleccionistas y una gran oportunidad para darle mayor visibilidad a un mercado que resucita, aunque no para vender necesariamente millones de long plays (como ocurría hasta entradita la década del 80 en los grandes mercados), sino para satisfacer la demanda que involucra la pureza del sonido de las grabaciones de los discos originales, las hermosas y coloridas cubiertas, la generosa información alusiva y, sin duda, la nostalgia.
Es cierto que hay copias nuevas, fidedignas a las originales (como dirían por allí en forma rimbombante), pero eso no necesariamente le quita fuerza a los referidos atractivos de un evento. Si el tema en sí mismo generó un interés importante, ya eso lo transformó en un hecho insoslayablemente destacable. De hecho, en el mall de una populosa comuna también vi un espacio dedicado al vinilo.
Por añadidura, durante años ha sobrevivido alguna clase de comercio restringido dedicado al vinilo, al estilo de los negocios de antigüedades. En efecto, se me viene a la mente un local que está casi en la entrada norte de San Diego.
No me interesé por ir. Curiosamente tampoco siento mucha pasión por el tema. Más allá del precio de algunos elepés (hasta 90 mil pesos), tampoco éste es el factor que me hizo desistir de acudir a esa feria. Lo cierto es que estoy pasando una etapa (mi más reciente paternidad) en que los discos long plays simplemente son un tópico secundario.
Sin embargo, el acontecimiento en sí mismo me recordó la gran colección de discos que tenían mis padres y mis hermanos, la que contempla los más diversos géneros y artistas.
Nostalgia pura
Dicen que en tiempos de la Nueva Ola Chilena se vendieron millones de long plays sólo en Chile. Luis Dimas se jactó de vender un millón de discos en su mejor momento. Lucho Gatica no vendió tantos ejemplares en nuestro país, pero no tengo dudas que vendió bastante más en el extranjero que el “Pollo” Fuentes, Luis Dimas y Los Prisioneros. Sospecho que lo mismo debe haber ocurrido con Antonio Prieto y Los Ángeles Negros.
Genesis «Duke» Coveralia.com
Mi mamá me dijo una vez que en tiempos de la Unidad Popular se vendían long plays y libros como pan caliente. La cultura estaba al alcance de la mano, como bien señaló con convicción el recordado dirigente comunista Luis Corvalán en su libro “El Gobierno de Salvador Allende”.
Recuerdo con cariño unos de Astor Piazzolla, que mi madre escuchaba sobre todo para disfrutar “Balada para un loco”, tanto como cuando escuchaba a las notables Mercedes Sosa y Edith Piaff.
En las postrimerías del siglo XX recuerdo que mi padre junto a un tío llamado Abel disfrutaba viendo el estado de los viejos registros de tango; entre éstos, algunos de Piazzolla.
Uno de mis hermanos mantenía una colección de álbumes de la Nueva Canción Chilena: Quilapayún, Víctor Jara e Inti Illimani sobresalían claramente. Me llamaba mucho la atención que, por entonces, se grabaran hasta bandas sonoras de obras de teatro. ¡Impresionante!
Los rockeros
Mi hermana alucinaba con el clásico de Peter Frampton, “Frampton Comes Alive”. Recuerdo puntualmente “Do you feel like we do”, que al escucharlo hoy automáticamente me transporta a algún verano juguetón de 1977 ó 1978, vestido de pantalón corto y juntando tierra con agua, uno de mis “deportes” favoritos por entonces. Era niño. Mi hermana y mi hermano mayores eran adolescentes. Mi otro hermano era casi adolescente.
Por último, cómo olvidarme de los elepés de rock, los favoritos de mi hermano mayor: alucinaba con las figuras de los discos de Genesis. Me llamaban la atención la diferencia entre la tapa de “Nursery Cryme” (una especie de obra de arte mezcla de psicodelia con barroco) y la de “Duke” (una caricatura de un gordo que mira por la ventana el horizonte y da la espalda a quien mira).
Una década más tarde comprendí el por qué de esa diferencia: 9 años y dos estilos muy distintos. En cuanto a los de Kiss, siempre me llamaron la atención los maquillajes. También había uno de Rush (el primer disco en vivo) y otro de Yes (“Yesshows”)…
…En fin (ya casi no me queda suspiro), ¡qué época!
La mítica suite, perteneciente al disco del mismo nombre, es otro de los emblemas de Pink Floyd.
Debe haber sido por ahí por 1987, con tan sólo 15 años de edad, cuando escuché por vez primera “Atom Heart Mother” de Pink Floyd, la suite (tema largo) del álbum del mismo nombre.
Recuerdo que mi hermano inmediatamente mayor, quien recién había pasado el umbral de los 20 años de existencia, tenía un caset con una grabación de un especial radial sobre el grupo británico. La cinta tenía temas de la época inicial (1967) hasta material del período previo a la grabación de “The Dark Side of the Moon” (1972-1973).
Los agudos gritos de Syd Barrett en “Astronomy Domine”, más algunas “zapadas” (palabra que le copié a los argentinos) de tinte jazzero eran parte de lo que se podía escuchar de esa cinta Sony de color café semi transparente con cubierta de papel roja, blanca y negra.
Sin embargo, lo que más recuerdo era “Atom Heart Mother” con su casi silencioso comienzo, parecido al ruido de un motor de una máquina grande a lo lejos, previo a la irrupción gradual de instrumentos de viento que, de pronto, dominan la escena sonora.
Como unos gigantes
Debo confesar que la irrupción de los bronces era como si unos gigantes se salieran del océano y se acercaran a la ciudad. Por mi mente pasaban imágenes. Lejos estaba de pensar en qué pudiese haber estado pensando (valga la redundancia tipo Arjona) Roger Waters al momento de decidirse por el título de la larga pieza instrumental.
Gigante arescronida.wordpress.com
Por aquel entonces yo me consideraba más melómano que oyente concentrado en las letras, a diferencia de lo que me ocurre hoy.
No obstante es relevante precisar que, salvo la presencia extravagante aunque igualmente atractiva de un coro, «Atom Heart Mother» es, esencialmente, una suite instrumental.
Posteriormente, en el mismo tema, los teclados de Rick Wright suenan al unísono junto a un violín que inspira tristeza, para luego dar paso a la potente guitarra de David Gilmour, con punteos dulces al principio y, después, más duros y envolventes.
Hay instantes de pausa, otros más calmos y, los restantes, parecidos a un clímax. Roger Waters lidera el bajo en un momento sereno. Nick Mason se debate entre redobles de batería adormecedores y ritmos que invitan a volar. El coro suena rupturista: una mezcla entre solemnidad e interjecciones al estilo de los militares.
No es que me haya drogado alguna vez para escuchar el disco, pero la sensación de suspensión de este tema -de 23 minutos y medio de duración divididos en seis partes- y otro de larga duración, como “Meddle” (1971), es grandiosa. Por algo Pink Floyd fue denominado en alguna oportunidad como “space band” (banda espacial), concepto que quedó patentado.
El importante complemento orquestal para el tema referido comenzó con Ron Geesin y finalizó con John Alldis. El disco que lleva el mismo nombre, publicado en 1970 y que llama la atención por la imagen de una vaca en su portada, lo recibí de regalo algunos años después, no sin antes haber tenido algún caset original en calidad de préstamo o, bien, una cinta propia pero grabada de otra original…En fin: otros tiempos.
(Les dejó acá una interesante versión orquestada de «Atom Heart Mother»)
El clásico tema de Genesis, un éxito que permitió aumentar las ventas de su álbum «Selling England by the pound» de 1973, refleja la gran originalidad de las letras de la banda inglesa.
Existe, entre la numerosa bibliografía sobre Genesis, una publicación de la editorial argentina Distal, de 1993, titulada simplemente «Genesis 1969-1975», la cual se distingue por un breve resumen de la historia del legendario grupo de rock británico en el lapso mencionado más el generoso añadido de los títulos de los álbumes del período y de sus canciones, y las letras en inglés y en español de prácticamente la totalidad de los temas que forman parte de los long plays de esos seis años, incluyendo las del emblemático «The lamb lies down on Broadway» de 1974.
El ejercicio de leerlas es tan interesante como llamativo porque, mayoritariamente, no se trata de los típico relatos y estructuras de canciones pop, donde los lugares comunes, los conceptos universales en torno al amor de pareja y, por cierto, las frivolidades, copan los espacios de la música y llaman a acaparar los rankings con estribillos archipegadizos.
Por tal motivo, en la citada publicación elegí un sólo tema para referirme a las letras de Genesis: probablemente el primero con espíritu de hit de la agrupación inglesa integrada (tal como en el orden de la foto de arriba y de izquierda a derecha) por Phil Collins, Steve Hackett, Tony Banks, Mike Rutherford y Peter Gabriel: «I know what a like (In your wardrobe)», algo así como «Yo sé lo que me gusta (en tu armario)». La canción pertenece al álbum «Selling England by the pound» de 1973.
Antes de meterme de lleno en el vistazo a la letra, al respecto detallaré algunos párrafos de la historia del Genesis gabrielano relatada en un especial sobre el grupo, publicado por la revista «Leyendas» de la editorial argentina Magendra, más o menos en la misma época del texto aludido anteriormente:
Exhibición de pinturas: «The Dream»
«Por primera vez en la historia de Genesis, un simple, «I know what a Like», extraído de «Selling…» logró entrar a los rankings de disco simples, alcanzando el puesto número 19, y ayudó a vender el álbum con mayor rapidez en toda Europa».
Genesis Revista Leyendas
«Banks, el responsable de la música de «I know what a like», supo desde un principio que este tema tenía todo lo indispensable para convertirse en un éxito rotundo. Esta seguridad por parte del músico quedó más que confirmada luego que Peter Gabriel escribió para dicha composición. La inspiración literaria le llegó a Gabriel luego de visitar una exhibición de pinturas llamada «The Dream» a cargo de una mujer de nombre Betty Swanwick. Sus maravillosos e imaginativos versos «Yo soy un simple cortador de césped/ podés reconocerme por mi forma de caminar», obligaron a Swanwick a agregar un cortador de césped en la parte frontal de su obra cuando la rehizo, a pedido de la banda, para la portada del álbum».
Siempre me llamaron la atención las partes recitadas de «I know what I like». La aludida en el párrafo anterior corresponde al último verso del tema, con un Gabriel reposado, aunque igualmente histriónico, que dice: «When the sun beats down and I lie on the bench/ I can always hear them talk/ Me, I’m just a lawnmower/You can tell me by the way I walk (cuando el sol pega fuerte y me estiro en el banco siempre les oigo hablar. Yo, sólo soy un cortacésped. Puedes reconocerme por mi manera de andar)».
El inicio tiene un espíritu casi similar en su totalidad: «It’s one o’clock and time for lunch, pamdidambidam/When the sun beats down and I lie on the bench/I can always hear them talk (ya es la una, la hora de almorzar, pamdidambidam. Cuando el sol pega fuerte y me estiro en el banco siempre les oigo hablar)».
Y luego comienza la parte cantada: «There’s always been Ethel; Jacob, wake up! You’ve got to tidy your room now»/ And then Mister Lewis: / «Isn’t it time that he was out on his own?/ Over the garden wall, two little lovebirds/ Cuckoo to you! /Keep them moving sharp…(siempre está Ethel: «¡Despierta, Jacob!, tienes que arreglar tu habitación». Y después el señor Lewis: «¿No es ya hora de que se las arregle solo?» Sobre el muro del jardín dos periquitos te hacen cucú. Déjalos con sus bromas pesadas)».
Peter Gabriel Revista Leyendas
Enseguida irrumpe el estribillo: «I know what a like and I like what I know/Getting better in your wardrobe/Stepping one beyond your show, your show (yo sé lo que me gusta, y me gusta lo que sé. Me siento mejor en tu armario. Un paso más allá de tu show, tu show)».Por cierto hay algo más.
La parte restante de la letra es así, previa al estribillo: «Sunday night, Mr. Farmer called, said:/»Listen son, you´re wasting time/There´s future for you in the fire escape trade/Come up to town!»/But I remembered a voice from the past;/»Gambling only pays when you´re winning»/-I had to thank old a Miss Mort for schooling a failure/Keep the mowing sharp…(el domingo por la noche me llamó el señor Farmer, me dijo: «escucha, hijo, estás perdiendo el tiempo. Tu futuro está como empleado en la salida de emergencia. Ven a la ciudad». Pero entonces recordé una voz del pasado: «Jugar es sólo provechoso cuando ganas». Tuve que dar las gracias a la vieja Mort por enseñarle a un fracasado. Déjalos con sus bromas pesadas)».
La canción narra la vida simple, sin ambiciones y feliz de un joven guardabosques que se gana la vida cortando el pasto con su máquina.
Extravagante, extraña y curiosa es la letra de este juguetón tema, donde la guitarra de Hackett simula el sonido de una cortadora de pasto, Mike Rutherford toca un sitar eléctrico además del bajo, Banks adorna la gama de sonidos con los teclados y Collins se luce en la batería con un ritmo pop, al que se añaden a atractivas percusiones.
Dicho de otro modo, aquel sonido opera como el complemento para el gran histrionismo de Gabriel, que era posible apreciar incluso de manera mucho más dinámica en vivo por aquel entonces.
Las lecturas que pueden hacerse de la canción pueden ser igualmente extravagantes y curiosas, lo que avala una vez más el rico universo genesiano.