«Atom Heart Mother»: gigantes que se acercan

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La mítica suite, perteneciente al disco del mismo nombre, es otro de los emblemas de Pink Floyd.

Debe haber sido por ahí por 1987, con tan sólo 15 años de edad, cuando escuché por vez primera “Atom Heart Mother” de Pink Floyd, la suite (tema largo) del álbum del mismo nombre.

Recuerdo que mi hermano inmediatamente mayor, quien recién había pasado el umbral de los 20 años de existencia, tenía un caset con una grabación de un especial radial sobre el grupo británico. La cinta tenía temas de la época inicial (1967) hasta material del período previo a la grabación de “The Dark Side of the Moon” (1972-1973).

Los agudos gritos de Syd Barrett en “Astronomy Domine”, más algunas “zapadas” (palabra que le copié a los argentinos) de tinte jazzero eran parte de lo que se podía escuchar de esa cinta Sony de color café semi transparente con cubierta de papel roja, blanca y negra.

Sin embargo, lo que más recuerdo era “Atom Heart Mother” con su casi silencioso comienzo, parecido al ruido de un motor de una máquina grande a lo lejos, previo a la irrupción gradual de instrumentos de viento que, de pronto, dominan la escena sonora.

Como unos gigantes

Debo confesar que la irrupción de los bronces era como si unos gigantes se salieran del océano y se acercaran a la ciudad. Por mi mente pasaban imágenes. Lejos estaba de pensar en qué pudiese haber estado pensando (valga la redundancia tipo Arjona) Roger Waters al momento de decidirse por el título de la larga pieza instrumental.

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Por aquel entonces yo me consideraba más melómano que oyente concentrado en las letras, a diferencia de lo que me ocurre hoy.

No obstante es relevante precisar que, salvo la presencia extravagante aunque igualmente atractiva de un coro, «Atom Heart Mother» es, esencialmente, una suite instrumental.

Posteriormente, en el mismo tema, los teclados de Rick Wright suenan al unísono junto a un violín que inspira tristeza, para luego dar paso a la potente guitarra de David Gilmour, con punteos dulces al principio y, después, más duros y envolventes.

Hay instantes de pausa, otros más calmos y, los restantes, parecidos a un clímax. Roger Waters lidera el bajo en un momento sereno. Nick Mason se debate entre redobles de batería adormecedores y ritmos que invitan a volar. El coro suena rupturista: una mezcla entre solemnidad e interjecciones al estilo de los militares.

No es que me haya drogado alguna vez para escuchar el disco, pero la sensación de suspensión de este tema -de 23 minutos y medio de duración divididos en seis partes- y otro de larga duración, como “Meddle” (1971), es grandiosa. Por algo Pink Floyd fue denominado en alguna oportunidad como “space band” (banda espacial), concepto que quedó patentado.

El importante complemento orquestal para el tema referido comenzó con Ron Geesin y finalizó con John Alldis. El disco que lleva el mismo nombre, publicado en 1970 y que llama la atención por la imagen de una vaca en su portada, lo recibí de regalo algunos años después, no sin antes haber tenido algún caset original en calidad de préstamo o, bien, una cinta propia pero grabada de otra original…En fin: otros tiempos.

(Les dejó acá una interesante versión orquestada de «Atom Heart Mother»)

http://www.youtube.com/watch?v=3cEwMz7T6tU

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