
Por Gonzalo Figueroa Cea
¿El fútbol tiene que agotarse en Pelé y Maradona?, ¿o Messi y Cristiano Ronaldo? El tiempo es, por fortuna, lo suficientemente flexible y los gustos también.
Bernard Morlino es un entusiasta del fútbol y, como tal, es de esa clase de escritores/seguidores cuya detallista lectura de los acontecimientos permite enriquecer la mirada acerca de los grandes futbolistas de todos los tiempos. Allí el balompié no se detiene en el campo de juego. Hay historias detrás: esfuerzos, sacrificios, luchas de estrellas consigo mismas, con otros y con el resto; temas de connotación política (los hombres también tienen opinión) y, evidentemente, sed de gloria permanente. Que, además, el prólogo de «Retratos legendarios del fútbol» sea de un particular ícono del fútbol francés, que triunfó fuera de sus fronteras. Éric Cantona, no pasa inadvertido y le da un plus especial al elegante producto gráfico literario, donde el blanco y negro de las fotografías realzan el valor de una pluma que genera interés.
No pretendo referirme a cada uno de los grandes jugadores que Morlino menciona (son 35 en total), pero es lo suficientemente sugerente la portada y la tapa por su diversidad en materia fotográfica (no son todos conocidos para la inmensa mayoría de las miradas actuales): Maradona, Pelé, Cristiano Ronaldo, Messi, Zidane, Ronaldo, Raúl, George Best, Larbi Ben Barek, Platini, Cantona, Di Stéfano, Beckenbauer y Cruyff. Pero es sólo la presentación.
«Pasión, infancia, memoria, lealtad…el fútbol cuenta con sus propios temas y con sus figuras al igual que la historia, el cine o la literatura. Los jugadores son héroes al aire libre. Aúnan sueños y realidad, y al igual que a los músicos, los escritores, los pintores y los actores, debemos considerarles creadores. Y, a decir verdad, el pie no es sino un mero instrumento: el artista es, en realidad, el cerebro. Ofrecemos un inventario de los artistas que, con su clase, han contribuido a hacer del fútbol del siglo xx lo que es. En él encontramos a los pioneros Ben Barek y Di Stéfano, a los reyes Kopa y Garrincha, a los perros de presa Rijkaard y Matthäus, a los tiradores de élite Fontaine y Ronaldo, a los rebeldes Best y Cantona, a los arquitectos Platini y Gullit, y, por supuesto, a los virtuosos Pelé, Cruyff y Maradona. Está claro que los futbolistas se han convertido en personajes capitales de la sociedad» se detalla en la contraportada del libro.
No me agotaré en Pelé y Maradona (¿para qué agregar más cosas de ellos en estas líneas?), pero Morlino, en forma audaz, nos introduce a ciertos aspectos no observables de cada astro tanto dentro como fuera de la cancha. Me permito poner algunos ejemplos mediante párrafos:
«Puskas era tan incontrolable, que el central Liebrich le lesionó, con lo que el líder de los húngaros se vio obligado a abandonar el terreno. Aún lesionado, el zurdo hizo todo lo que estuvo en su mano durante la final, llegando a marcar un tanto que, equivocadamente , se le anuló con la excusa de un fuera de juego inexistente. (…) Dos años más tarde, Puskas aprovechó un partido que se disputó en el extranjero para negarse a volver a Budapest, tras la masacre de sus habitantes a manos de tanques soviéticos. Bajo el impedimento de desarrollar su carrera en Europa, Puskas, Kocsis y Czibor comenzaron a jugar partidos de exhibición en Sudamérica».
(sobre el húngaro Ferenc Puskas en la época del mundial del 54 y antes de arribar al Real Madrid)
«Amable, adorable, B.B. fue la primera gran estrella del campeonato de Francia en Primera División. Hubo jugadores que llegaron a decirle «guardo pedazos de cerdo en los bolsillos. ¡Si te acercas, te pego uno!». Asustado, callaba y pasaba el balón a sus compañeros desmarcados , a 40 metros si hacía falta. Jugando sin balón, causaba problemas a las defensas supuestamente herméticas. Tras su presentación en su tierra natal, fue el elemento motor del Olympique de Marsella. Desgraciadamente, la Guerra le robó la juventud».
(sobre el marroquí y posterior internacional de Francia, Larbi Ben Barek, quien desarrollara su carrera entre los años 30 y 50)
«Rapidísimo, exterior derecho, exterior izquierdo, podía rematar el partido en el momento clave. Los ángulos imposibles parecían no ser impedimento a la hora de marcar goles imparables. Regatear ocho jugadores seguidos no le daba miedo. (…) Relacionaba el fútbol defensivo con un funeral. Hacer venir a la gente al estadio para ofrecerles un espectáculo claustrofóbico, le parecía de lo más maleducado. Inteligente y pragmático, la velocidad hecha hombre no toleraba que se jugase un partido con el miedo en el cuerpo. La presión la dejaba para los neumáticos del coche».
(sobre el holandés Johan Cruyff, el mayor referente de la «naranja mecánica» de los años 70)
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