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  • Lo que prefiero en el amor

    Lo que prefiero en el amor

    Mujer en camisa gris (Foto de Pixabay)

    Por Gonzalo Figueroa Cea

    7 de noviembre de 2019


    Tras una dolorosa ruptura, en el horizonte de Felipe ha aparecido Virginia. La canción «Qué sabe nadie», revive en la hermosa voz de Lucy Helena y es clave en el impulso de esa nueva relación.

    Felipe está harto de la chismografía en su trabajo y en el vecindario. No es que se trate de una estrella de fútbol o del rock, pero es un tipo sencillo, noble, trabajador y que guarda mucha discreción en lo que concierne a entregar detalles respecto de su vida privada.

    La ruptura con Malva fue, quizás, uno de los momentos más difíciles de su vida, sólo superado por las muertes de su padre y de su madre. No se trata de culpar a alguien, en absoluto. El seguía amándola profundamente, pero como suele ocurrir muchas veces, ciertas incompatibilidades le pesaron factura. Ella perdió esa llama mágica que es capaz de prolongar por sí sola el sentido de cada hermoso momento. Simplemente la perdió. Él llegaba regularmente tarde a casa, los niños dormían a esa hora, él no llegaba a los cumpleaños de los pequeños, tampoco a los de ella, los años pasaban, la rutina literalmente se los estaba comiendo y los mismos horarios hacían que la balanza del esfuerzo doméstico se inclinara groseramente en la voluntad de Malva.

    Por si fuera poco, antes de marcharse de la casa Felipe cometió el error garrafal de confiar el secreto de su desgracia a un matrimonio vecino a quienes consideraba sus amigos fieles. Dos días después se enteró por la vecina que vende pan en el negocio que queda a tres cuadras de su entonces residencia, que ella sabía de su ruptura con Malva. Por si fuera poco, sus hijos bajaron su rendimiento escolar y se enteró que en el colegio de ellos todos sabían de su separación.

    Dio la casualidad que sólo algunos días después conoció a Virginia, una muchacha que trabajaba en un café con piernas, cerca de su trabajo. El buen feeling entre ambos transformó a Virginia en su confidente. Sólo tardaron dos meses para consolidar una relación amorosa. Con el tino acostumbrado, acudían regularmente al departamento que un amigo soltero de él les cedía. El tipo trabajaba de noche.

    -Mi separación fue dura, pero contigo he revivido. No estoy exagerando -le confiesa una noche Felipe a Virginia, tras un momento de alta y bella intensidad.

    -Yo también pasé por un momento difícil -se limita a reconocer Virginia. No obstante, ella le acaricia su escasa y lacia cabellera con mucho cariño, lo que revela una sintonía y una reciprocidad indudables al menos físicamente.

    Pasan algunos meses, Felipe llega a un interesante acuerdo con su amigo dueño del departamento donde invitaba regularmente a Virginia. Él se muda a Providencia debido a una interesante oportunidad laboral en el sector y Felipe se transforma así en el nuevo morador del departamento, ubicado en avenida San Pablo, a unos quince minutos del centro de Santiago. La vida le sonríe: ya no debe trasladarse más de una hora y fracción en micro y en metro para irse de Maipú a Santiago a fin de llegar a su trabajo y viceversa. Tanto su ex casa familiar como su residencia circunstancial estaban a pocas cuadras de distancia entre si. Tampoco era gratificante estar por allí debido al nivel de farandulización de su vida privada ejercido por boca de sus vecinos.

    Dueño circunstancial absoluto del nuevo territorio, recibe por primera vez en esa condición a Virginia. Hay una música de fondo que los motiva a hacer el amor con alta intensidad. La rubia, de notable parecido a la actriz norteamericana Reese Witherspoon e igualmente menuda, confiesa que le encanta el tema: se trata del clásico de la música popular de habla hispana «Qué sabe nadie», de Manuel Alejandro y popularizado por Raphael. Sin embargo la versión que escuchan desde el celular de Virginia es la que interpreta la gran Lucy Helena.

    -Me encanta. Es maravillosa su voz. Y ella es regia -confiesa Virginia, alucinada. Ella canta el tema de la misma forma en que la canta Lucy: «Qué sabe nadiee/ lo que me gusta o no me gusta de este mundoo…». Él está igualmente alucinado. Le pide el enlace del tema para descargarlo en su celular y escucharlo. Y accede.

    La canción se transforma en un ritual, no sólo de las noches en que están juntos los dos, sino que en el trabajo de él y en el de ella. Por cierto, «Qué sabe nadie» interpretado por Lu no es el único tema cantado por la artista nacional que Felipe y Virginia escuchan. Varios de los éxitos de Lucy Helena se transforman en un hermoso preámbulo cuyo clímax es «Qué sabe nadie».

    Un día, que cae viernes, deciden inmortalizar el ritual con un exquisito vino que el compró para la ocasión. Han disfrutado mucho, pero da la casualidad que últimamente no han hablado mucho de ellos.

    -¿Cómo están tus niños? -pregunta Virginia.

    -Bien. Nos vimos la semana pasada. Fuimos al cine -revela Felipe.

    -¡Que lindo!…¿Y Malva?.

    -No lo sé. Al menos, cuando fui a buscar a los chicos, estaba bien.

    -Debe ser duro para los pequeños -infiere Virginia.

    -Lo es. Pero afortunadamente están bien. Estaban contentos el otro día…¿Y tu ex? -pregunta sin anestesia pero con soltura Felipe a Virginia, lo que la deja algo perpleja porque la consulta vino casi inmediatamente después de la referencia de él sobre sus hijos. Pero la respuesta de ella ahorra comentarios.

    -No lo sé. ¿Qué importa él? -enfatiza sonriente.

    Acto seguido y casi instantáneamente, ambos se besan con una pasión que tampoco da lugar para segundas lecturas. Ambos están completamente desnudos en el acogedor living de la casa de Felipe y, los minutos siguientes allí, igualmente ahorran comentarios. Sólo bastará señalar que las más lindas metáforas son poco para describir el cuadro.

    «Qué sabe nadiee/ lo que me gusta o no me gusta de este mundoo/ que sabe nadiee/ lo que prefiero o no prefiero en el amoor/ a veces oigo sin querer algún murmulloo/ y no hago caso y yo me río y me preguntoo/ que sabe nadie…»

    El goce sublime al cantar, con el telón sonoro de esa canción en la voz de Lucy Helena, es el nuevo prólogo para un igualmente sublime encuentro cuerpo a cuerpo. El amor es canción, sentimiento y piel.

    Visita los enlaces de Lucy Helena en Internet:

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  • Corazones entre congas y timbales

    Corazones entre congas y timbales

    Vela encendida (foto de Breakingpic)

    Por Gonzalo Figueroa Cea

    2 de abril de 2020

    «He sentido amor», canción popularizada en la voz de la gran Lucy Helena, tiene eco en otra linda historia. 

    La sincronicidad consiste en acontecimientos simultáneos no relacionados entre sí pero vinculantes en un sentido compartido. No estoy tratando de hacer un homenaje a Carl Gustav Jung (discípulo de otro grande del psicoanálisis: Sigmund Freud), pero la historia que motiva a la canción y al videoclip de «He sentido amor» tiene algo así como un nuevo relato gemelo. En otras palabras una vivencia similar a la que experimentó la protagonista del tema de Pelo D’ Ambrosio, que en la hermosa voz de Lucy Helena ha cobrado nuevamente éxito y un brillo particularmente especial.

    Así como ocurrió con Andrés y Luz (leer «Nunca imagine que iba a ser de ti»), Romeo Goles y Sol Catrileo fueron protagonistas de un conjunto de sucesos que no están lejanos en su forma a lo que relata la letra del aclamado tema.

    Corre 1997. Romeo, un modesto oficinista de 22 años, acude a la discoteque «Congas», en pleno corazón del sector de El Llano. Es una sabatina noche de verano, donde centenares de muchachos y muchachas abarrotan el lugar, reinado del pucho y del calor en escasos metros cuadrados sin amenaza de ley pero con mucho baile al son del rock latino, algo de salsa y energéticos ritmos del Hemisferio Norte, particularmente anglosajones. El alcohol es el complemento perfecto…Claro: siempre y cuando haya algo más contundente, como una pizza o un completo.

    En ese mundo entretenido, al menos en estímulos varios para jovencitos y jovencitas sin más horizonte que eso: entretención pura, Romeo conversa animadamente con su amigo Frank cuando se produce un quiebre bastante previsible. Un locutor, con peinado al estilo de Lucho Jara pero con la elegancia del gran y recordado animador argentino Alberto Badía, presenta a una cantante: se trata de Sol del Perú.

    Miradas y algo más

    De 19 años, un hermoso vestido calipso que resalta su estilizada figura, cabello castaño largo y ondulado, presencia de femme fatale como sacada de una película de Almodóvar, maquillaje felino y un perfil que mezcla en su formato la coquetería de Myriam Hernández, el aplomo de Daniela Romo y la gestualidad de Lucero, Sol del Perú -cuyo nombre real es Sol Catrileo- es presentada como una cantante de gran proyección, que en su estilo entrelaza el pop bailable, la bachata, la salsa y la balada romántica de pura piel.

    Los aplausos son respetuosos pero las miradas entre Sol y Romeo -este último al estilo Bruce Lee en combate pero con una sonrisa de oreja a oreja- no pararon durante varios segundos, antes que ella arrancara con el primer tema.

    Y da lugar a una presentación de 45 minutos (tiempo bastante generoso para una “artista de proyección”, como la definió el maestro de ceremonia) provista de repertorio que se pasea entre temas propios y otros de Paloma San Basilio, Shania Twain, Olivia Newton-John, Thalía e incluso grandes exponentes masculinos como Juan Gabriel, Luis Miguel, Roberto Carlos o Raphael. Son varias las ocasiones en que Paloma se acerca a Romeo. Incluso, un par de veces ella lo mira y se pasa la mano por su pelo muy dulcemente. En otras le hace un guiño y toca el cabello. Ambos saben que el tum tum del corazón los remece.

    Minutos después de finalizada la actuación, él decide acercarse a ella con sigilo. Un par de guardaespaldas, en forma amable, le dicen que espere un rato. Uno de ellos es más comunicativo y detecta las intenciones nobles del joven, quien logra transmitir que es un buen tipo.

    -Camina a la parte de atrás, donde está el estacionamiento. Un Toyota verde es el primer auto. Espérala ahí.

    -Ok, Gracias.

    En los siguientes minutos suenan los éxitos de los artistas del momento: The Cardigans, Spice Girls Jamiroquai, Soda Stereo, los Fabulosos Cadillac y La Ley, entre otros. Y siguen sonando cuando Romeo va hacia la parte de atrás del estacionamiento. Y allí aparece Sol.

    -Hola -dice ella.

    -Hola -responde él.

    El nerviosismo cunde. El tun tun sobrepasa a la razón.

    -¿Te gustó?

    -Me encantó. ¿Vendrás la próxima semana?.

    -Tengo algo así como un contrato con el dueño. Canto un ratito y después nos vamos.

    -Que lástima -sólo atina a opinar él. El nerviosismo prosigue. El tun tun no deja que la conversación fluya con demasiada rapidez. Además un tipo -supuestamente el manager- la espera en el automóvil. Pero la despedida es amable …Y esperanzadora.

    A tablero vuelto

    Internet no ha penetrado del todo en las clases medias y bajas de la sociedad occidental. Se ve todavía como algo inalcanzable. Hay más accesibilidad a celulares pero siguen teniendo dominio amplio los teléfonos fijos. Sin embargo Romeo cree que sería demasiado audaz para alguien tan tímido como él pedirle el número de teléfono a Sol. Pero está enamorado.

    Va a la disquería más cercana a su casa y revisa si hay algún disco. También revisa algunos diarios que brindan más paginas a la música popular, incluso programas de televisión especializados, pero ninguno habla todavía de Sol. Resumen: nuevamente va un sábado a la discoteque «Congas»…Pero llega tarde.

    La presentación de ella comenzó y está repleto el recinto. Apenas alcanza a ver el escenario. Sol está más linda que la vez anterior: luce un vestido rosa y el pelo liso. Ve que tiene gestos parecidos a los que tuvo con él, pero el destinatario es otro varón. Se decepciona, aunque no lo suficiente como para evitar ir al estacionamiento una vez más.

    Y allí llega. Y ella llega.

    -Admiro tu constancia. Estoy gratamente sorprendida.

    -Sí. Vine porque me gusta demasiado tu música y tu forma de cantar.

    No obstante, por razones similares a la vez anterior, la conversación no se prolonga. Pero al menos hay interés y se intercambian datos tan esenciales como los nombres verdaderos y los números de teléfono.

    Amor y ascenso inminente

    Pasan las semanas, el éxito de Sol es creciente y los muchachos ya son amigos. Las actuaciones de ella ya son verdaderos recitales. Incluso irrumpen espontáneamente teloneros y giras no sólo por distintas comunas de Santiago, sino también por distintas capitales provinciales y regionales. Romeo ya es una especie de privilegiado entre los fans de Sol: el manager no sólo le deja a él y ella minutos para conversar en el estacionamiento, sino que le permite al mozalbete llegar regularmente hasta el backstage. Uno de esos sábados fue muy directo.

    -No puedo mirarte sólo como si fueras amiga -le confiesa.

    -Yo siento lo mismo que tú. Esto no es vacilar. Creo que es amor -le responde ella. La sintonía de la amistad ya claramente no les basta.

    Pasados algunos meses y enamorados, los jóvenes inician planes pero irrumpe una dificultad: el éxito de Sol es tal que surgen diversas solicitudes de contratos desde el extranjero y la posibilidad de grabar un disco en un sello internacional de gran reputación y mediante la supervisión de un destacado productor. Las presentaciones en «Congas» disminuyen, vienen más en televisión y, ya iniciado 1998, es una estrella internacional, con discos de oro en nuestro país y algunos vecinos.

    -Estoy orgulloso de ti.

    -Y te agradezco. Pero no sé por cuánto tiempo sostendremos esto.

    Los muchachos asumen que la situación es compleja para el amor. Incluso lloran algunas noches a la luz de las velas en el mismo «Congas». Pero no son los sábados, tampoco los viernes. Son algunos miércoles de la época agonizante del siglo en que el lugar opera como restaurante. Es lindo: las velas son de distintos colores y se notan desde afuera, dado que la infraestructura del recinto es de madera rústica oscura con ventanales grandes, lo que le da un toque bien playero. Pero a la vez todo es triste.

    -Sé que un día nos encontraremos en un lugar tan lindo como éste. Te lo aseguro -enfatiza convencido él.

    Los dos lloran de emoción y se besan. Pero ella no dice una palabra más. Pareciera que el destino está sentenciado.

    De repente en la vida

    Cartas cuando no aterrizaba del todo el correo electrónico en la vida cotidiana, el correo electrónico cuando ya era parte de ésta, recuerdos, el éxito de ella, la titulación de él…En fin. Ha pasado mucha agua bajo el puente y una relación que aparentemente se diluyó pese a toda el agua que pasó.

    Perú (el país de origen de ella), Argentina, Colombia, Mëxico e incluso Estados Unidos son algunas de las audiencias que han admirado el talento de Sol. Tras un nuevo triunfo artístico, el que tuvo lugar un sábado de verano de 2007 en el teatro Coliseo, de Buenos Aires, la cantante decide ir a relajarse con su banda a un pub cercano al centro de eventos. Tiene como una corazonada.

    El lugar elegido se llama «Timbales». Ante la atónita mirada de la gente que está allí -varios admiradores, claro está- Sol pide unos tragos y cosas ricas para picar para los suyos: sus músicos, las cantantes y algunos fans privilegiados de Argentina. No pasa demasiado rato hasta que un mozo le entrega un hermoso buqué de flores con una tarjetita. «Su humilde y enamorado servidor», lee extrañada la guapa mujer, cuyos 29 años la exhiben con una blusa color crema, un bluyín y el pelo tomado (el vestido blanco fue sólo para actuar).

    La corazonada no tarda en transformarse en certeza. Ve que sus acompañantes se ríen y se da vuelta: allí está, muy elegante, Romeo. La risa da paso al asombro más placentero y a una conversación que no articula demasiadas palabras hasta que ambos dan lugar a un apasionado beso que el resto de los comensales se limitan a aplaudir calurosamente. Sólo bastará agregar que «Timbales» se parece mucho a «Congas».

    Triunfo del amor

    Pasada una década más, tras tums tums y vacilaciones, Sol del Perú cambia su nombre artístico por aquel del nacimiento: Sol Catrileo -“un homenaje a la tierra que me acogió: la de mi padre”, aclara- y bautiza con el ex nombre artístico a su restaurante –“homenaje a la tierra de mi madre y donde nací”, precisó-.

    La idea original era comprar el mismo local de la discoteque “Congas” para el restaurante “Sol del Perú”, pero allí terminaron construyendo edificios de departamentos. Pero el lugar definitivo no quedó tan lejos: está algunas cuadras al poniente de El Llano y el negocio fue construido a imagen y semejanza de “Congas” y el bonaerense “Timbales”…Homenaje al origen del gran amor de Sol Catrileo.

    Y los papeles, en efecto, están a nombre de ese gran amor: Romeo, convertido en un ingeniero comercial reputado y con mucho sentido social. Él mismo admira la labor paralela de su esposa como embajadora de una importante organización de ayuda humanitaria y ambos sienten gran admiración en el mismo sentido por Lucy Helena, una destacada cantante que se ha abierto paso en los mercados internacionales con canciones como “He sentido amor”, “Quiero volver a ti”, “Camina minero” y “El vino”, entre otros éxitos.

    Romeo y Sol ya han pasado el umbral de los cuarenta años de edad. De aniversario de matrimonio un sábado de 2019 -cumplen 10 años-, están en su restaurante, el que cerraron para ellos y sus familiares directos y amigos por toda la jornada para celebrar. Hechos ya diversos brindis y anochecido el día, las pequeñas hijas de ambos quieren una vez más que su padre y su madre bailen su canción favorita: “He sentido amor”.

    Visita los enlaces de Lucy Helena en Internet:

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  • Artemisa y Néstor

    Artemisa y Néstor

    Pareja a contraluz (sitio Fototravent)

    Por Gonzalo Figueroa Cea

    El amor entre Néstor y Artemisa no es pasajero. Hay una energía especial. No solamente es el gusto en común por los libros.

    Corre 1964 y aquel barrio de Ñuñoa cercano al Estadio Nacional tiene un perfil de clase media en un sentido, por así decirlo, tradicional: algunas familias más aventajadas que otras económicamente, pero en general con el gran sello que caracteriza a los buenos vecindarios. Y allí los jóvenes y sus amistades encajan perfectamente.

    Saben los muchachos de la plaza que Adriana siente celos de Artemisa. Aunque no tienen claro el por qué, saben que no es por Néstor. En realidad los motivos rozan la turbiedad. Se especula que el padre de Artemisa posee una pequeña fortuna que desea invertir en Chile. Es primo lejano del papá de Adriana. Lo de este parentesco lo saben también Julio y Félix, tan cercanos ambos a Adriana -sobre todo el primero- que planean con su amiga algo muy sucio en contra de la pareja.

    Néstor tiene la muy mala costumbre de dejar abiertas en su casa las puertas de la reja y del inmueble en sí. Un día muy sabatino, mientras Néstor lee «Rayuela» de Julio Cortázar en la mesa del comedor, llega Artemisa. Y el saludo se produce en el estilo que ya es familiar entre él y ella: es como tener a Mistral, Neruda y Benedetti allí mismo.

    -Mi corazón y mis ojos ya se contentan con verte…y las palabras fluyen alegres -expresa Néstor, con histriónico y reverenciado énfasis.

    -Y mi corazón y mis ojos son como rondas de niños y mariposas, que giran sonrientes -responde Artemisa con similar énfasis. Lo que pareciera ser una sobreactuada cursilería, lo gozan.

    Paradojalmente, después de algunas miradas tibias aunque provistas de risas nerviosas y un abrazo como de dos niños tímidos que recién se conocen, no tardan muchos segundos hasta que irrumpe un beso de película. Sólo hubo una pausa: Néstor se acerca al tocadiscos y pone el clásico de Pat Boone, «Love letters in the sand». Y la escena prosigue, ya más apasionadamente y cerca de la cocina.

    Intempestivamente, como broma de mal gusto, los amigos de siempre y los no tan amigos, aparecen detrás de las cortinas, del sofá y de los sillones debajo de sábanas e, incluso, desde algunas habitaciones. Gritan desaforada y festivamente en tono burlesco y se acercan a la pareja para enfatizar esa irónica algarabía.

    -¡Bueeena, Néstor!, ¡estás para el Oscar! -le gritan los varones, como si el aludido hubiera hecho un magistral parlamento teatral…en otras palabras, un engaño. La titubeante risa de Néstor parece dar a entender eso. Y parece que así lo entiende Artemisa, quien por el contrario recibe palabras nada amables de las mujeres: «¡tonta!», «¡todavía te crees los cuentos de hadas!» y expresiones incluso peores, como cuestionando la inteligencia de la muchacha.

    Demolida psicológicamente y con lágrimas en los ojos arranca del lugar. Néstor logra zafarse del intento de llevarlo en andas de parte de los otros jóvenes. Contrariado y molesto, incluso hace un ademán de querer golpear a Julio porque cree que él y Adriana son los autores intelectuales de la cruel chiquillada. Sin embargo se arrepiente de finalizar la acción y corre en búsqueda de Artemisa.

    No tarda en ubicarla. Está en la plaza, sentada en un banco. Llora a mares. Algo agachada cubre su rostro.

    -¡Artemisa!

    -¡Ándate!, ¡déjame sola! -responde firmemente y muy afectada.

    -Artemisa: no es lo que parece. Por favor créemelo. Ellos lo hicieron -implora Néstor.

    -¿Qué hacían ellos en tu casa?. Me cuesta creer que no lo hayas sabido -señala seria y todavía con la cabeza gacha.

    Un metro más cerca de ella, el joven se inclina para establecer con la muchacha la proximidad que necesita para recuperar la confianza. Pero ella persiste en sostener la mirada hacia el suello. Las preguntas que se son muchas y dan vueltas por su mente: «¿cómo pudieron hacer eso?», «¿acaso conocen mi rutina y la de Néstor?»… Al menos la relación entre ella y él algo les indica a sus amistades y no tan amistades.

    -¿Qué estaban haciendo Adriana, Loreto y los otros en tu casa?

    -No lo sé…Tienes que creerme. Ellos organizaron toda esta jugarreta. Estoy seguro que detrás de todo están Adriana, Julio y Félix.

    -¿Y cómo nunca te diste cuenta?

    -Artemisa…soy muy descuidado. Suelo dejar mi casa abierta. Puede entrar cualquiera.

    -¿En la noche también?

    -¡No! -ríe Néstor- Obviamente mi padre y mi madre, que están muy viejitos, procuran cerrar todo.

    -¿Y nunca han robado? -al decir esto Artemisa, él instántaneamente ríe de nuevo.

    -¡No!

    -¿En serio?

    -En realidad, no lo sé…Mis viejos no tienen muchas cosas de valor.

    -¿Sí? -ella recién allí da vuelta la cara, endereza la cabeza, esboza una sonrisa y lo mira a los ojos.

    -En realidad me apenaría mucho que se robaran una máquina de escribir de mi padre -responde él, ya sentado al lado de ella.

    -¿Y escribes?

    -La ocupo harto. Es maravillosa.

    -¿Te dedicarás a eso?

    -Quisiera ser periodista pero también escritor -dicho esto por Néstor, ambos se ríen más fuertemente y pareciera que los 15 minutos precedentes, con perfil de pesadilla al principio, hubiesen pasado al olvido. Es como si hubiesen vuelto al bello trance que los mantuvo concentrados entre sí durante varios minutos en casa del joven.

    ¿Qué urdirán Adriana, Julio y Félix? Él prefiere olvidarlo. Pero restarle importancia a ellos y a lo que pasó, no es ni será tan fácil para Artemisa: Adriana es su prima.

    *Fantasía basada en la exitosa telenovela nacional de 1984, «Los títeres», original de Sergio Vodanović y considerada por la crítica especializada como una de las mejores en la historia del género a nivel nacional. Ambientada en dos épocas: 1964 y 1984, contó con un tremendo elenco, donde figuraban Claudia Di Girolamo (Artemisa), Mauricio Pesutic (Néstor), Paulina García (Adriana joven), Gloria Münchmayer (Adriana mayor), Cristián Campos (Hugo), Alfredo Castro (Julio joven) y Edgardo Bruna (Julio mayor), entre otros actores y otras actrices.
  • Cualquiera puede opinar de música

    Bach
    Bach
    lastfm.es

    Escuché decir en alguna oportunidad que la música es un “vehículo de emociones”. Puede ser. La subjetividad en este tema es neta: no tiene por qué acomplejarnos.

    El título que le coloqué al presente texto no es casual. Tiene que ver con sucesivos debates en mi mente, otros que he observado y otros que he sostenido con otras personas. ¿Cuál es mi fundamento respecto de la afirmación? (“cualquiera puede opinar de música”).

    Muy simple: si entendemos por “emoción” como una “conmoción afectiva de carácter intenso”, a su vez “conmoción” como “agitación o inquietud del ánimo” y “ánimo” simplemente como “alma o espíritu humano”, independientemente de las ideas de “positivo” o “negativo” que haya al respecto, quiere decir que la música genera emociones, hay subjetividad neta en tal sentido y, por lo tanto, cualquiera puede opinar.

    Una cosa diferente es la crítica. Por “crítica” se entiende, entre sus diversos significados, “conjunto de opiniones o juicios técnicos que se hacen sobre una obra artística o del conocimiento”. La palabra “técnica” da la clave: tiene que ver con “conocimientos especiales”. Allí no cabe necesariamente la subjetividad.

    Opiniones y «no tan opiniones»

    Recuerdo que un músico, perteneciente a una conocida banda tributo chilena, me explicó muy claramente esta distinción: “cuando un músico que es admirador de un grupo X observa a una banda que tributa a ese conjunto, se fija en aspectos de tiempo, afinación, pronunciación del vocalista y hasta detalles propios de las grabaciones originales de la agrupación tributada. Quien no es músico probablemente dejará pasar más de un detalle, pero quien lo es detectará de inmediato las debilidades. Es una manera simple de decirlo”. Y no tengo por qué no creerle.

    El tema es tan apasionante que recordé mis tiempos de la universidad, en 1995, cuando un gran profesor que tuve por entonces: el recordado Luis Advis, nos pasó el ramo de “Apreciación Musical”. Esa cátedra tuvo una introducción en 1994 denominada “Arte Contemporáneo” aunque el prefería para esa cátedra el nombre de “Estudio Comparado de las Artes”. Fue muy entretenido y enriquecedor.

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    Paul McCartney
    www.fanpop.com

    No fue fácil, pero fue una buena introducción para el ramo de “Apreciación Musical”. Lo sentí como “anillo al dedo”: y no sólo por el hecho de haber sacado las mejores notas del curso en esa cátedra, sino porque aprendí mucho. La coda: una especie de “puente” entre una parte y otra de un tema musical; el acorde suspensivo: que es una variante que deja el tema musical como “pendiendo de un hilo” hasta que lograr proseguir; y el acorde conclusivo: el claro final de un tema musical, entre otras, fueron algunas de las enseñanzas de ese período.

    Pero de lo que tampoco tuve duda por entonces fue de la subjetividad. Advis era músico 100 por ciento, tocaba el piano maravillosamente, componía y orquestaba. Autor de la “Cantata Santa María de Iquique”, este notable académico nos facilitó la comprensión de las diferentes etapas de la música: Barroca, Clásica, Romántica o Moderna, por ejemplo. Desde ese punto de vista, Johann Sebastian Bach no puede parecerse a Wolfgang Amadeus Mozart, y Tchaikovsky no encaja en el mismo estilo de Stravinsky.

    Sentido cósmico y atractivo

    Allí no sólo opera un tema de épocas distintas, sino de estilos distintos y, por cierto, toda clase de emociones. Un músico veterano, integrante de una renombrada agrupación nacional, me confesó algo revelador: “la música, tal como sostuvo Mozart, está en el universo, existe y lo que uno hace es rescatarla. Hay música en muchas cosas. Yo, que soy músico, puedo detectarla hasta en sonidos simples”.

    Paul McCartney, el reconocido ex Beatle, sostuvo que cuando componía junto a John Lennon en pleno apogeo de los “fab four”, hacían algo espontáneo aunque se preocupaban mucho de que sonara atractivo. McCartney reconocía, no obstante, que la clave estaba en la sección media. La sección media brinda, a juicio del británico, una pausa especial, un impulso diferente a la canción.

    En síntesis, así como Pilar Sordo exclama «¡viva la diferencia!», yo digo «¡viva la subjetividad».

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