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  • Y pensar que estuvo hace poco en Chile Martín Barre, pieza clave de Jethro Tull

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    Martin Barre (fotografía de Francisco Arias, Diario de Concepción)

    Por Gonzalo Figueroa Cea

    El guitarrista británico y su banda fueron algunos de los últimos protagonistas de recitales en nuestro país antes del encierro casero masivo al que nos obligó el Covid-19.

    Entre sus noticias del 18 de marzo el Diario de Concepción brindó un generoso espacio al acontecimiento. Y no fue para menos: el último espectáculo que tuvo lugar, al menos hasta la fecha, en el teatro de la universidad de la capital regional, tuvo un sello notablemente especial por su principal atributo: contar con la presencia de una leyenda del rock mundial, como el ex guitarrista de Jethro Tull, Martin Barre.

    Barre y su banda sedujeron a la selecta audiencia en cerca dos horas de recital, que arrancaron con la energética «A song for Jeffrey», uno de los primeros éxitos de la agrupación originaria de Luton, Inglaterra. El conjunto había estado un día antes en el Gran Arena Monticello.

    Más allá de haber estado presente o no (aprovecho de compartir abajito los vídeos correspondientes a dos presentaciones del guitarrista y su grupo en fechas relativamente recientes), recordé la primera vez que Jethro Tull vino a Chile.

    Indefinición personal, gustos musicales definidos

    Corrían los primeros meses de 1993, tenía 21 años y me las daba un poco de universitario estilo hippie con guiños a la estética beatle de 1965. Era muy delgado, tendía a los tonos gris y café leche con un vestón de segunda mano y un pantalón respectivamente, más un beatle azul marino bajo una barba y un cabello algo abundantes, que me venían bien aunque la chasquilla desentonaba un poco.

    Era la ropa que usaba regularmente y creo que me faltaba escuchar un poco más de «Rubber Soul» y de «Revolver» de los «fab four» para así estar más sintonizado con mi búsqueda de personalidad y estilo de vestir. ¡Caramba que cuesta a esa edad!, lapso de algunas indefiniciones en esos planos.

    Pero dio la casualidad que algunas de las bandas más legendarias del rock progresivo incluyeron por entonces fechas en Chile. Había sido el turno de Emerson, Lake and Palmer en marzo y, poco tiempo después, vino Jethro Tull, liderada por el flautista y cantante Ian Anderson. Al igual que en el caso del power trío británico, sus coterráneos tuvieron como escenario de actuación el Estadio Chile (hoy Víctor Jara). Pude disfrutar las presentaciones de ambas agrupaciones.

    En los 70, cuando las barbas y los pelos largos caracterizaban bastante a la juventud y a una industria de la música pop que se la jugaba con propuestas más ambiciosas en lo musical,  el rock progresivo y el hard rock empiezan a roncar firmemente. El germen se produce entre fines de la década del 60 y principios de la siguiente y, claramente, dos de los álbumes que más influyeron fueron justamente «Rubber soul» y «Revolver» en tiempos en que sus responsables todavía usaban chasquillas pero se animaban a explorar nuevos ámbitos musicales donde lo ecléctico era lo esencial: el rock, el folk y la música selecta podían convivir en este panorama (en todo caso a los Beatles tenemos que agradecerles muchísimo más).

    Y es allí donde Jethro Tull encaja. Puede que el cuarteto de Liverpool  haya dado un primer impulso como también lo dieron los Rolling Stones, los Kinks o los Beach Boys, pero lo relevante es que la agrupación que llevó a la fama a Ian Anderson y al guitarrista Martín Barre (nuestro reciente visitante) tiene cierta universalidad en el
    sentido de nutrirse de distintos estilos, en los que el blues y el jazz añaden notas de distinción.

    Nuevos protagonistas y huella trascendente

    Éste es el espíritu que nos trajo Martín Barre a Chile, donde celebró con su banda los 50 años de Jethro Tull en las actuaciones mencionadas en los primeros párrafos de este texto. Es cierto que el veterano músico no vino con el partner de toda su vida artística y el fundador de Jethro Tull, Ian Anderson, pero la agrupación que la acompañó ya contaba con críticas muy favorables y, en su formación, con Dee Palmer, ex tecladista de Jethro, y Adam Wakeman, también tecladista al igual que su padre, Rick, y pieza clave de Black Sabbath y la banda de Ozzy Osbourne. Pero Martin Barre Band también cuenta con los servicios de Darby Todd en batería, Alan Thomson en bajo, Dan Crisp en voces y guitarra rítmica (de notable parecido vocal a Anderson).

    Limitarse a decir que Barre fue sólo fundador de Jethro Tull sería, a todas luces, injusto. Como también lo sería reducir su aporte al riff con que arranca «Aqualung», al igual que centrarse exclusivamente en las partes de guitarra tan características de «Thick as a brick» y otras canciones del repertorio dorado de Jethro Tull donde se distinguen las seis cuerdas.

    Es un guitarrista estudioso, dedicado fuertemente a su lúdica forma de vivir la música, tal como él mismo lo sostuvo al diario La Nación de Buenos Aires: a sus 72 años, cuando se despierta cada mañana, lo primero que hace es tocar su guitarra con amplificador incluido. Y la siente más enfocado a la composición y a las armonías que al lucimiento personal. De hecho, al arribar a Jethro Tull en 1968 amplificó el arcoiris sonoro del grupo, lo que se aprecia en discos como los ya referidos, «Stand Up», «A Passion Play» o «Songs from the Wood», por citar algunos ejemplos destacados. Sin duda es uno de los guitarristas más importantes de la historia del rock progresivo y la  del rock en general.

    En resumen en 1993 yo no tenía un estilo definido en tanto forma de vestir, pero sí en materia de gustos musicales. Ya en esa época Jethro Tull me generaba interés. Hoy ya tengo un estilo definido en materia de vestir y, aunque viene sin la agrupación que lo hizo famoso, Martín Barre sigue siendo digno de toda mi admiración. Eso no sólo es lealtad en materia de gustos musicales, sino que es haber seguido una huella que fue trascendente.

    Martin Barre San Javier Jazz Festival 2015 Pro-Shot TVE2, HQ

    The Martin Barre Band at Shrewsbury Folk Festival 2019

     

     

     

     

  • Pink Floyd: “A Saucerful of Secrets”, un disco de colección

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    Regularmente se mencionan otros álbumes entre los memorables del cuarteto, pero el long play de 1968 no puede ser soslayado entre los trabajos relevantes de la agrupación.

    Los seguidores de Pink Floyd más acérrimos atesoran, entre sus discos predilectos de la legendaria banda británica, sobre todo “The Dark Side of the Moon” (1973) y “The Wall” (1979) como álbumes de cabecera. No hay duda que la relevancia de ambas producciones están a la altura de un “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” de The Beatles, un “Thick as a Brick” de Jethro Tull, un “Close to the Edge” de Yes o un “IV” de Led Zeppelin, solo por nombrar algunos de los trabajos más emblemáticos de la historia del rock.

    Sin embargo, afortunadamente el repertorio del “robusto señor Rock”, próximo a cumplir 60 años de vida como el gran fenómeno masivo de la música popular, es amplísimo y no se puede limitar a una cantidad X de producciones por muy influyentes o exitosas que éstas sean.

    Y, tal como lo pienso yo, también lo piensa Orestes, quien un día echaba un vistazo en su casa a las repisas que albergan, al menos, unos 300 discos de música rock, cuando redescubrió “A Saucerful of Secrets”, el interesantísimo segundo álbum de estudio de los Floyd, grabado en 1968 cuando el cuarteto estaba en plena transición entre el “reinado” de Syd Barrett y la toma de posesión del liderazgo de la banda por parte de Roger Waters, más el ingreso del guitarrista David Gilmour.

    Y mientras Orestes redescubría la referida etapa del conjunto inglés y se disponía a escucharlo, su pequeña hija Simona curioseaba por allí.

    -¿Qué es eso que suena tan raro, papá?

    -Es como un bajo, pero tocado súper rápido – respondió Orestes en relación al inicio del clásico tema con que arranca “Saucerful of Secrets”: “Let there be more light”.

    Luego, Simona queda sorprendida con “Remember a Day”, de Richard Wright, por los efectos volátiles de la guitarra, la presencia del piano y de la percusión, pero también por su delicadeza.

    -¡Es lindo, papá!

    -¿Yo?

    -Je, je…Tú sí, pero el tema también.

    Simona se anima a escuchar el disco con mucho interés, lo que llega a emocionar más de la cuenta a Orestes.

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    -…Nada. Lo que pasa es que estoy segregando mucha serotonina, je, je….

    -¿Qué es eso?

    -Otro día te explico. ¿Te gusta el disco?

    -Sí. Está muy bueno.

    Simona queda particularmente tiesa mirando el minicomponente a través del cual se escucha “Saucerful of Secrets”, sobre todo a la altura de temas como “Set the Controls for the Heart of the Sun” y aquél que le da nombre al disco. Al primero lo define como “misterioso” y, al segundo, como “conmovedor”.

    Respecto al primero, Orestes le formula una pregunta a la pequeña:

    -¿Por qué lo encuentras así?

    -Porque es como estar escondido en la selva.

    -¡Jajaja!.

    En todo caso, algo de razón tiene: sobre todo la forma cómo Nick Mason toca la batería da esa idea. A su vez, en relación al tema “Saucerful of Secrets”, Simona le formula una pregunta extrañada a su padre:

    -¿Por qué es así ese tema, papá? Es como que le ponen mucho color.

    -Es como la voz del universo -le responde él con mirada penetrante, sin olvidar que en la película “Pink Floyd at Pompeii” el mismo tema tiene una introducción diferente, donde los músicos ejecutan sus instrumentos en forma desaforada. Es como la idea de la formación del universo: «del caos al cosmos», como hubiese dicho el recordado profesor Luis Advis.

    Sin embargo, a diferencia de los temas referidos, “Corporal Clegg” le arrancó fuertes carcajadas a Simona.

    -¿Qué te causa gracia, Simona?

    -Esas trompetas, papá. Suenan muy divertidas.

    Simona se refería, evidentemente, a los instrumentos de viento de la banda del Ejército de Salvación, una gran ocurrencia de Waters para «Corporal Clegg».

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