Por Gonzalo Figueroa Cea

El power trío argentino ya se perfilaba entonces como el líder del rock latinoamericano.
Debo confesar que soy algo así como un admirador póstumo de Badía y Compañía. Y lo señaló conforme a un poderoso argumento: cuando mis padres adquirieron el servicio de televisión por cable, en 1996, el mítico programa conducido por Alberto Badía ya estaba a punto de transformarse en historia, aunque el destacado animador, mentor de su colega Marcelo Tinelli, se mantenía vigente.
Y la mención a Badía y Compañía en el presente artículo no es casualidad: si hubo un programa de televisión que fue un importante apoyo para el rock en español que se producía en Sudamérica, ése fue el referido espacio argentino. Los invitados no sólo tenían la posibilidad de hacer algo así como un minirecital en vivo (nada de playback) en el marco del programa -el que podía durar media hora ó 50 minutos sin contabilizar comerciales- sino que ser brevemente entrevistado por Alberto Badía y, por si todo esto fuera poco, en cierto sentido la sola presencia garantizaba una actuación a tablero vuelto en el evento, o en los eventos, que cada artista o cada agrupación ya tenían programados de antemano.
Con motivo del año nuevo: 1987 y como cierre del mismo, Soda Stereo fue el grupo invitado a la edición de Badía y Compañía exhibida el 31 de diciembre de 1986. El trío de Buenos Aires ya era el conjunto de rock más popular de Argentina, Gustavo Cerati era notablemente admirado como guitarrista, letrista y compositor del grupo, que a su vez ya gozaba de numerosas legiones de fans en Chile, Perú y Colombia, gracias al éxito obtenido con los tres álbumes publicados a esa fecha, el último de los cuales: «Signos», había sido lanzado recientemente y era el objeto central y espiritual que movía las nuevas presentaciones. No está demás señalar que en 1987 la banda -cuya formación la completaban el bajista Héctor «Zeta» Bosio y el baterista Charly Alberti- iba por entonces a extender su repercusión continental, incluyendo mercados potentes como México y Estados Unidos.
En efecto, salvo «Juegos de Seducción», la actuación estaba basada en temas del último long play, entre ellos canciones que ya acaparaban rankings, como «Prófugos» y «El rito». Acompañaron en esa ocasión al trío dos invitados de lujo: la cantante Celsa Mel Gowland en los coros y el tecladista Fabián Quintiero. Celsa, quien destacaba en los acompañamientos vocales en Fricción y otras reputadas agrupaciones trasandinas, colaboró también en «Signos». Fabián, quien por entonces era conocido por su nombre y el agregado Vön antes de su apellido, fue el encargado de las teclas en el segundo y en el tercer álbumes de Soda, además de decir presente en las giras respectivas. La actuación es una muestra de la calidad de sonido, de la seguridad y de la gran complicidad con sus fans que ya exhibía la banda en el directo.
Como solía ocurrir en el programa que conducía Alberto Badía, llegaba una apreciable cantidad de público al estudio de televisión. En el caso puntual del minirecital de Soda Stereo, un público entusiasta y mayoritariamente joven y femenino.
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