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  • Otro «The Wall» que ya es un clásico

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    Escribir una leyenda (sitio On Record)

    El documental de 2014, dirigido por Roger Waters y Sean Evans, es una potente visión actualizada del disco, las presentaciones y las películas originales del mismo nombre.

     

    Presenciar el recital de Roger Waters, parte del documental de 2014: «Roger Waters. «The Wall» fue para mí una experiencia sobrecogedora, como lo fue también el resto de la misma película.

    Tuve la oportunidad de verlo en una plataforma de pago a la que estoy suscrito y, pesar de haber subtítulos sólo en aquellas partes que no integraron el rompecabezas del largometraje original (dirigido por Alan Parker), me impactó la prolija opulencia visual traducida en pirotecnia, juegos de luces, colorido, histrionismo de animaciones, aspecto emotivo de fotografías y una puesta en escena global donde el ex líder de Pink Floyd toca, canta y actúa.

    El resto de los músicos, con cambio de vestuario incluido, participa de la lógica del relato, donde la emoción traducida en recuerdos (sin ser necesariamente esto simple nostalgia) y tragedia da origen a lo que Waters busca transmitir en memoria y legado.

    La irrupción del avión de guerra (fusión de imágenes entre un camposanto con memorial y el espectáculo en sí mismo) remece. El sereno sólo de trompeta es el instante previo al fuerte cambio de atmósfera. En recorridos en automóvil con paradas puntuales y en secuencias en el propio hogar de Waters, el ex líder de los Floyd, al estilo de ciertas meditaciones introspectivas o conversaciones, se encuentra con distintos personajes. Los paisajes se extienden a Francia e Italia ¿Y el recital? Sigue su curso de modo intercalado.

    Esta conjunción de escenas, que no pierden el ritmo y no dan cabida al aburrimiento gracias al atributo de ir y volver entre el concierto y la historia paralela, da cuenta no sólo del elocuente significado de la imagen del padre del protagonista (muerto en la Segunda Guerra Mundial cuando el ícono británico del rock era un bebé; el abuelo corrió similar suerte) sino del concepto que él desarrolla en el filme: un homenaje a los caídos en cualquier circunstancia cuyo perfil responda a ese absurdo denominado «conflicto bélico» o «guerra».

    Universalidad de la simbología

    Al más puro estilo de la original «The Wall», tanto la película y las propias presentaciones que el director creativo de los Floyd liderara en sus presentaciones del disco a fines de los setenta y principios de los 80, la simbología copa casi integralmente el aspecto visual: basta con pensar que quizás las imágenes o marcas con las que son familiarizados el nazismo, el comunismo o el propio capitalismo tienen un denominador  común: algún tipo de violencia contra ser humano o cualquier manifestación autoritaria que atente contra su libertad.

    El enorme cerdo inflable (con colmillos) es uno de los personajes que representa esa apabullante idea de autoritarismo sin contrapeso (totalitarismo, bien dirán algunos). El maestro y la madre sobreprotectora irrumpen con efecto similar. La fuerza de la impresión que causa el derrumbe del más que notorio muro, es algo así como el big bang de quienes son capaces de vencer las barreras que imponen esos sistemas que reducen la libertad del accionar humano.

    Como fuere, Waters, quien visitará nuevamente Santiago en noviembre de este año para presentarse junto a su banda el 14 de noviembre en el estadio Nacional Julio Martínez Pradanos, al igual que la banda que lo hiciera famoso siempre nos regala espectáculos que se distinguen, no sólo por sublimación que transmite lo visual, sino también por un contenido que siempre aportará mucho más que un puñado de significados.

    «Roger Waters: The Wall» es el fruto de múltiples esfuerzos, cuyos orígenes son las presentaciones que del mítico álbum y película hiciera el músico en diversos países y ante multitudes apreciables durante los años iniciales del primer lustro de esta década. El espíritu de sus protagonistas, incluyendo a los espectadores, goza de la misma motivación de hace casi 40 años. Sólo cambian los años, la tecnología y los administradores del planeta.

    TRAILER OFICIAL ROGER WATERS THE WALL

     

     

     

  • Pink Floyd: “A Saucerful of Secrets”, un disco de colección

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    Regularmente se mencionan otros álbumes entre los memorables del cuarteto, pero el long play de 1968 no puede ser soslayado entre los trabajos relevantes de la agrupación.

    Los seguidores de Pink Floyd más acérrimos atesoran, entre sus discos predilectos de la legendaria banda británica, sobre todo “The Dark Side of the Moon” (1973) y “The Wall” (1979) como álbumes de cabecera. No hay duda que la relevancia de ambas producciones están a la altura de un “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” de The Beatles, un “Thick as a Brick” de Jethro Tull, un “Close to the Edge” de Yes o un “IV” de Led Zeppelin, solo por nombrar algunos de los trabajos más emblemáticos de la historia del rock.

    Sin embargo, afortunadamente el repertorio del “robusto señor Rock”, próximo a cumplir 60 años de vida como el gran fenómeno masivo de la música popular, es amplísimo y no se puede limitar a una cantidad X de producciones por muy influyentes o exitosas que éstas sean.

    Y, tal como lo pienso yo, también lo piensa Orestes, quien un día echaba un vistazo en su casa a las repisas que albergan, al menos, unos 300 discos de música rock, cuando redescubrió “A Saucerful of Secrets”, el interesantísimo segundo álbum de estudio de los Floyd, grabado en 1968 cuando el cuarteto estaba en plena transición entre el “reinado” de Syd Barrett y la toma de posesión del liderazgo de la banda por parte de Roger Waters, más el ingreso del guitarrista David Gilmour.

    Y mientras Orestes redescubría la referida etapa del conjunto inglés y se disponía a escucharlo, su pequeña hija Simona curioseaba por allí.

    -¿Qué es eso que suena tan raro, papá?

    -Es como un bajo, pero tocado súper rápido – respondió Orestes en relación al inicio del clásico tema con que arranca “Saucerful of Secrets”: “Let there be more light”.

    Luego, Simona queda sorprendida con “Remember a Day”, de Richard Wright, por los efectos volátiles de la guitarra, la presencia del piano y de la percusión, pero también por su delicadeza.

    -¡Es lindo, papá!

    -¿Yo?

    -Je, je…Tú sí, pero el tema también.

    Simona se anima a escuchar el disco con mucho interés, lo que llega a emocionar más de la cuenta a Orestes.

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    -…Nada. Lo que pasa es que estoy segregando mucha serotonina, je, je….

    -¿Qué es eso?

    -Otro día te explico. ¿Te gusta el disco?

    -Sí. Está muy bueno.

    Simona queda particularmente tiesa mirando el minicomponente a través del cual se escucha “Saucerful of Secrets”, sobre todo a la altura de temas como “Set the Controls for the Heart of the Sun” y aquél que le da nombre al disco. Al primero lo define como “misterioso” y, al segundo, como “conmovedor”.

    Respecto al primero, Orestes le formula una pregunta a la pequeña:

    -¿Por qué lo encuentras así?

    -Porque es como estar escondido en la selva.

    -¡Jajaja!.

    En todo caso, algo de razón tiene: sobre todo la forma cómo Nick Mason toca la batería da esa idea. A su vez, en relación al tema “Saucerful of Secrets”, Simona le formula una pregunta extrañada a su padre:

    -¿Por qué es así ese tema, papá? Es como que le ponen mucho color.

    -Es como la voz del universo -le responde él con mirada penetrante, sin olvidar que en la película “Pink Floyd at Pompeii” el mismo tema tiene una introducción diferente, donde los músicos ejecutan sus instrumentos en forma desaforada. Es como la idea de la formación del universo: «del caos al cosmos», como hubiese dicho el recordado profesor Luis Advis.

    Sin embargo, a diferencia de los temas referidos, “Corporal Clegg” le arrancó fuertes carcajadas a Simona.

    -¿Qué te causa gracia, Simona?

    -Esas trompetas, papá. Suenan muy divertidas.

    Simona se refería, evidentemente, a los instrumentos de viento de la banda del Ejército de Salvación, una gran ocurrencia de Waters para «Corporal Clegg».

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