
El segundo álbum de la banda de Robert Smith muestra a un cuarteto con una propuesta tan llamativa como difícilmente encasillable.
Se avecina The Cure. La banda británica, liderada por el carismático Robert Smith, estará por primera vez en nuestro país para brindarnos un show este domingo 14 de abril en el estadio Nacional. Eso, sin duda, es archiconocido. Sin embargo, a la memoria se me vienen mil recuerdos.
En 1987 escuché por primera vez a los Cure. Tenía 15 años. Estaba en mi primer año de liceo. En aquel momento eran difundidos fuertemente, tanto en radio como televisión, los hoy ya clásicos “Boys don’t cry” e “In between days”, temas que, pese a ser publicados en años diferentes (1979 y 1986, respectivamente) se transformaron, en ese momento, en los grandes hits del grupo inglés en Chile.
Años después, por ahí por 1991, fuertemente atraído entonces por un “arcoíris musical” que iba desde la música medieval hasta Sinead O’Connor, un amigo se animó a hacerme escuchar “Seventeen Seconds”, el segundo álbum de The Cure. Quedé perplejo.
No profundizaré en el tema de las letras, aspecto que en el plano musical siempre da pie para una mención aparte en cuanto a análisis. No obstante eso, quedé impactado con la gran capacidad de Robert Smith de transmitir emociones con su voz y la energía de The Cure, capaz de ir de temas rápidos y hasta hiperbailables, nada convencionales conforme a la estructura de canciones pop o rock and roll conocidas hasta 1980 -año de la publicación de “Seventeen Seconds”-, a temas un tanto succionados de energía pero que igualmente me generaban interés.
Los dejo con un breve recital de The Cure realizado en la misma época de “Seventeen Seconds”:
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