Etiqueta: Crónica

  • Led Zeppelin: a lo mejor Chiloé es Gales

    Led Zeppelin: a lo mejor Chiloé es Gales

    Led Zeppelin 1979 (sitio radio Futuro)

    Por Gonzalo Figueroa Cea

    16 de agosto de 2013

    Corría principios de 1994. Estaba junto a mi familia en Chiloé y conocimos a unos gringos hippies. Sobre rock y un poco de idiosincrasia chilena fue la conversación.

    Chiloé es hermoso de belleza natural (aunque suene redundante). La isla grande del sur de Chile destaca por su verde intenso, sus modestas y coloridas viviendas (algunas palafitos y otras trasladables: mingas que les llaman), los caminos recónditos, el imponente transbordador que cruza el muy inquieto canal de Chacao, las artesanías, el Caleuche, sus centenarias iglesias, la cultura de los huilliches y la buena onda de su gente en general.

    A principios de 1994, pleno verano, pernoctamos en una hospedería junto a mis padres, mi hermana, mi cuñado y mi primo Alejandro, tras observar la estrellada noche chilota (o chiloense, como hubiese dicho Fernando Paulsen).

    A la mañana siguiente nos encontramos a la hora del desayuno con unos jóvenes estadounidenses, casi treintones y con pinta de pelilargos californianos estilo anti-Guerra de Vietnam de fines de los años 60. Los más entusiastas en querer conocerlos éramos mi primo Alejandro, de 15 años de edad, y yo, quien recién me empinaba en los 22. Empezamos a charlar animadamente.

    -Ustedes hablan muy rápido -nos dijo sonriente John, de notable parecido a Ginger Baker, el legendario baterista de Cream.

    -¿Tú crees?, je, je. Bueno, yo pensaba algo parecido respecto de ustedes -le retruqué yo, también sonriente.

    -A mi dan risa algunas expresiones de ustedes -añadió John.

    -Je, je, ¿cómo cuáles?

    -«Altiro» y «cosa naquever».

    -¡Jajajaj! ¿Escuchaste, Gonzalo?…»Altiro» y «cosa na’ que ver» –indicó Alejandro.

    -Je, je…Y tienen razón: son divertidas. Oye, ¿les gusta el rock? -les pregunté.

    -Sí. Por ejemplo, gustarme mucho Creedence Clearwater Revival -me respondió John.

    -Sí, la banda de John Fogerty. Son muy populares en Chile.

    -¿Sabes? La encuentro mucho mejor que otro conjunto, que debes conocer: Huey Lewis and The News. Creo que Creedence es mucho mejor -nos confesó el rubio forastero.

    -Sí, a mí también me gustan más los Creedence que los Huey Lewis. Lo que pasa es que Huey Lewis es más taquilla -le respondí.

    -¿¡What!?…No entenderte -dijo preocupado pero sonriente John.

    -Más comercial que Creedence…Huey Lewis more showbusiness -respondió Alejandro.

    -Claro. Las canciones de Huey Lewis se escuchan en películas como «Back to the future» o «Beverly Hills Cop» -añadí. Aunque todos reconocieron que son filmes muy entretenidos.

    -Ah, yeah…¿Y a ustedes cuáles grupos les gustan?

    -A mí varios, pero sobre todo Pink Floyd y Tangerine Dream, y músicos como Klaus Schulze -respondió Alejandro.

    -A mí también me gusta Pink Floyd, aunque mis grupos de cabecera son los Beatles, Genesis y Rush. También me gustan Yes, Emerson Lake and Palmer, Jethro Tull, Marillion, Kansas, Toto, Deep Purple, Led Zeppelin -le dije muy convencido a John.

    -A Mary le gusta mucho Led Zeppelin. Es su grupo favorito -respondió John, apuntando a su novia, de notable parecido a Janis Joplin aunque en una versión extremadamente delgada.

    -¡Ah!, ¡grande Led Zeppelin! -dijimos al unísono Alejandro y yo, muy sonrientes.

    -¡Extraordinary! -respondió ella muy sonriente. Las carcajadas no se hicieron esperar.

    -Oye, ¿cuál disco te gusta más?

    -«Led Zeppelin III» -señaló con seguridad ella.

    -Me gustan todos aunque especialmente el «IV» y el «II» -les dije.

    -Y los cuatro son grandes músicos -expresó Mary.

    -¿Y cuál te gusta más?

    -Robert. Él canta muy bonitou. Pero son todos grandes músicos.

    -Bueno, John Bonham es un gran baterista -sostuvo Alejandro.

    -Y John Paul Jones, un gran bajista y tecladista -advertí yo.

    -Ni hablar de Jimmy Page, que toca con pasión su guitarra y hasta ha ocupado un arco de violín para ejecutarla -retrucó John en su pausado pero seguro español.

    -Led Zeppelin es tan legendario como Creedence -agregué.

    –Y también son mejores que Hues Lewis and the News -respondió John, lo que antecede a potentes carcajadas de todos.

    La conversación continuó muy ágilmente. Ellos estaban felices de estar de vacaciones en el sur de nuestro país, como estuvieron por entonces compatriotas suyos como el cantante John Denver o el actor Martin Milner (el oficial Pete Malloy, en la famosa serie policial setentera «Área 12»).

    Cuando vi a Mary no dude en acordarme de Robert Plant y de la portada del clásico disco zeppeliano «Recintos de lo Sagrado» (Houses of the Holy) de 1973.

    A lo mejor hay una conexión entre Led Zeppelin y Chiloé. Quizás la travesía por el canal de Chacao se parezca a la travesía marina de Plant, vestido de héroe medieval en la película «The Song Remains the Same». Un amigo zeppeliano me decía que esa parte del filme fue grabada en Gales.

  • Pajaritos con 5 de abril

    Pajaritos con 5 de abril

    Pajaritos con 5 de abril (Jorge Barrios Riquelme)

    Por Gonzalo Figueroa Cea

    La fotografía no dista mucho de lo que ocurre dentro y fuera de la estación del metro Los Héroes. La única diferencia radica en que es la terminal: Plaza de Maipú. El calor veraniego es tan apenas soportable como el frío invernal, pero con menos ropa.

    Al detenerse el tren la mayoría de la gente está de pie, aguardando la apertura de las puertas. Las excepciones las constituyen quienes no tuvieron posibilidad de dosificar suficientes energías antes o, simplemente, algún distraído que no se dio cuenta del momento de la llegada y se concentró en las bondades de su celular. Nada raro para un lunes de febrero temprano un cuarto para las siete de la tarde. 

    Menos soportable que el calor, aunque tampoco necesariamente grave, es la salida de la gente desde el interior de la máquina: una mezcla extraña de partida de carrera de 100 metros planos con sensación de libertad tras un enjaulamiento circunstancial. Como son muchas personas, se nota más y también hay riesgo de atropellos entre humanos.

    La composición de perfiles socioraciales (si se me permite el término) no dista mucho de aquel de otros populosos sectores de nuestra capital. Prevalece el mestizaje indoespañolizado con matices euroasiáticos entre teces blancas y amarillas, no obstante la presencia no menor de morenos, como paulatinamente se ha ido dando en la última década y media. 

    Se podría decir que nos parecemos más a un Nueva York moderno que al Santiago de los 80, pero convengamos que somos un Nueva York bastante pobre y sin puerto. Prefiero enfatizar que somos un Santiago… algo más nutrido de gente y más urbano que otros de antaño. 

    Una vez fuera de la estación ya se nota una mayor presencia de haitianos, venezolanos y colombianos. Entre la muchedumbre no falta el sujeto que le mira el culo a una veinteañera con ajustadídimas calzas, aunque el tipo se esmera en disminuir la calentura visual con un acomodo de sus anteojos de sol o un repentino vistazo a su artefacto móvil. «Tan propio de la raza masculina», podrían decir muchos y muchas. «Son tan huevones los hombres. Como si una fuera estupida: son tan obvios pa’ mirar», añadirían otras damas. Alguna mujer de mentalidad anticuada (por no usar el adjetivo «retrógrada», claramente más agresivo), diría «ella es provocativa, busca llamar la atención o que la violen». 

    Los vendedores ambulantes se distribuyen aquí, allá y acullá. Y no solamente en la gran plaza -no demasiado distinta en extensión a la de Armas- sino que en los cuatro costados de la interseccion más concurrida de la comuna. Hay de todo y llama tanto la atención como el griterío asociado (sólo vinculables con una feria o con la salida de un estadio de fútbol repleto): bebidas de todo tipo, dulces artesanales, calcetines, juguetes, lencería, artículos electrónicos, etcétera. ¿Y el comercio establecido? No que es pase inadvertido, pero el impacto visual del comercio callejero es potente.

    En una de las esquinas de la célebre intersección están los colectiveros. «Un mundo aparte», dicen muchos. «Sólo se ganan la vida como todo mortal», dicen otros tantos. Una mujer de más o menos un metro y medio de estatura, de unos cuarenta años de edad y muy delgada (aunque con lo demacrada, de lejos podría parecer de 70) es la que en forma muy canchera y a grito limpio (añadido a un humor muy de varón) administra, o al menos coordina, la salida de los vehículos, cuyos usuarios y usuarias hacen largas filas para finalmente hacer uso del servicio. ¿Los destinos? Distintos confines maupucinos.

    Cerquita están quienes esperan la I 11 -entre ellos …yo- micro cuyo destino principal de recorrido es la Ciudad Satélite, lugar que en los tempraneros años 90 era el predilecto para muchas noveles familias de la mañosamente denominada «clase media emergente». Hoy, con más de 35 mil habitantes, tiene más perfil de comuna que de villa. En la respectiva parada del vehículo de transporte grande -muy cerca de los colectivos- el clima humano, en la apariencia al menos, está lejos de ser hostil, aunque no faltan los varones que mueven sus miradas hacia las cuatro direcciones (como si fueran cámaras o regaderas automáticas) y damas que se aferran a sus carteras como si fueran sus bebés.

    No es que la hostilidad o la mala fama sean el sello de un lugar X. Éste, en sí mismo, puede ser encantador. El cerro San Cristóbal puede ser tan atractivo como destino como también lo pueden ser, en el resto del Gran Santiago, la Plaza de Armas o las clásicas ferias libres de Teniente Cruz o del paradero 27 de la Gran Avenida. Lo señalo sólo por mencionar algunos.

    Tampoco se trata de discriminar actividades o individuos, pero ciertas circunstancias y ciertas personas son los que siembran las malas famas. Tampoco se trata de rendirle pleitesía a las policías en el combate respectivo a la delincuencia. Ellas solamente hacen su pega cuando le facilitan el accionar. 

    Además, si se trata de hablar sobre realidades notablemente más controvertidas, tendríamos que ir solamente algunos kilómetros al sur, específicamente en el campamento instalado debajo del conjunto de vías a distintos niveles de Pajaritos con Camino a Melipilla. La compra de terrenos ilegales tiene molesta a la vecindad, alerta a alguna autoridad y sensibilizados a todos quienes nunca nos dejamos de asombrar ante la pobreza de quienes no pueden acceder a viviendas dignas y también, como contrapartida, por la falta de escrúpulos de quienes hacen negocios fomentando esa forma de pobreza…Discúlpenme este paréntesis (además nada es peor que las guerras u otros flagelos). 

    En fin, creo que Pajaritos con 5 de abril es encantador a pesar de lo que puedan parecer ciertas cosas. La plaza que le da nombre a la estación del metro ha sido espacio de grandes eventos, entre aquellos populares festivales de teatro y musicales. La otra plaza, la Monumento (algunas cuadras más hacia el norte yendo por Pajaritos) también ha sido terreno de importantes espectáculos o acontecimientos relevantes. Sin ir más lejos (y también en el sentido literal) está el estadio Santiago Bueras, donde Magallanes fue local y, por algunos recientes años, permitió a Maipú ser una ineludible sede de nuestro fútbol profesional. 

    Recuerdos más, recuerdos menos, en el baúl de los recuerdos algunos, mas otros olvidados (valga la redundancia allí) en materia de gustos muchos y muchas prefieren los espectáculos culturales realizados en la actual administración que las rimbombantes coreografías de la anterior alcaldesa en plena crudeza pandémica. Evidentemente hay mucha más material para enorgullecerse …o para avergonzarse. En el ámbito de lo primero, es difícil olvidar el gran Templo Votivo. Pero su sola mención da casi para un texto aparte (digamos, un ensayo). 

    Es el centro de Maipú. ¿Será ese centro muy distinto a otros centros? 

  • Ido con el viento (parte 1)

    Ido con el viento (parte 1)

    Imagen de พงษ์ดนัย ทองเกษม en Pixabay 

    Por Gonzalo Figueroa Cea

    Cuando mi imaginación vuela casi no tiene límites. Allí están también los recuerdos: se filtran allí muy a menudo y con facilidad, pero como fragmentos que trato de reinterpretar. Gracias a mi mente busco, conforme a la lógica, las relaciones entre las situaciones pasadas, las uno y, así, logro «recomponer» lo que fue. Y eso, de por sí, también es imaginación pura. 

    Entre esas filtraciones que a veces irrumpen en mi mente acerca del pasado propio bien pasado, aparecen en escena las caminatas de ida y de vuelta entre la casa y el liceo. 

    Se trata de un regreso al pretérito que no requiere de máquinas del tiempo estilo Delorean ni de la ayuda de H. G. Wells al describirlo. No es la primera vez que me ocurre. Puede trasladarme a 1988, 1989 ó 1990…por ahí. En lo concreto es la época en que lucho por definirme entre mis predilecciones todavía adolescentes y la gravedad de las responsabilidaes adultas en su fase temprana. Todavía hay tiempo de privilegiar un poco más lo primero.

    Escapado ya del control de mi papá y de mi mamá en términos funcionales básicos, me despierto cada mañana como desde hace varios años antes: sin necesidad de que lo hagan por mí, y me preparo para ir en buen estado, no necesariamente elegante, a ser partícipe de cualquiera de esos días en los últimos años de la enseñanza previa a la denominada «superior». 

    Para la ocasión me pongo el mismo vestón azul marino que ya he usado durante un mes y el mismo pantalón gris que ya he utilizado por varios días seguidos. Con la camisa no ocurre lo mismo: al menos uso una distinta por día. Como tengo pelo abundante, en la parte delantera me hago, gracias al arte de la peineta más algo de agua y gomina, una chasquilla con forma de signo de interrogación. Lo cierto es que no pretendo ser, ni parecer, brillante (creo que lo he logrado con creces), ni ser Danny Zuko (¿se acuerdan de «Grease»). 

    Entre mis 16 y 18 años de edad mi trayecto habitual desde la casa hasta el establecimiento educacional ha sido y es Las Hualtatas, Wisconsin, cruzar Avenida Presidente Kennedy (que no es autopista ni tiene pasarela), Reina Astrid y Presidente Riesco. Hay muchos automóviles circulando, pero es factible cruzar Kennedy a mitad de cuadra, evidentemente con cuidado, cuando los suficientemente distantes semáforos de las intersecciones más próximas: con Las Tranqueras y con Gerónimo de Alderete, exhiben la luz roja para que otros muchos vehículos paren, porque Wisconsin y Reina Astrid, producto del «dique» de los rústicos bandejones, no están conectadas entre sí. 

    A más de 30 y tantos años de concretarse 2021 me pregunto si, al igual que el estadio de Colo Colo, todo eso mejorará. Felipe y Miguelito, amigos de Mafalda (el gran personaje del historietista Quino), se imaginarían Kennedy transformado en una autopista. Manolito, el otro amigo de ella, se imaginaría la misma autopista pero con pago de peaje. 

    Todo tiene perfil de clase media, como la mayoría ha entendido siempre el concepto de clase media. No sé si en el 2000 aquella idea cambiará. La Villa El Dorado es lo más parecido a un sector residencial tradicional, como muchos en el territorio nacional (amén por el verso y no me referiré a otras zonas residenciales de Vitacura, como tampoco a los campamentos): gente que va a su pega y sus hijos e hijas al colegio, micros en las principales arterias que trasladan tanto a los que van como a los que llegan (quizás habrá un día, y me cuesta imaginarlo, en que las proporciones serán algo distintas: más numerosos los que llegan y que se van en la tarde, muy probablemente trabajadores/as dependientes), casas de unos 70 metros cuadrados con suficientes antejardín, jardín y patio trasero (pocos se han animado a agregar un segundo piso), mononas y coloridas; poco y nada de automóviles espectaculares y del año  (salvo alguna camioneta grandota por ahí y bien por ahí) y, llegando al colegio, algunos vehículos estacionados (la mayoría de profesoras/es) y mucho estudiante de a pie, algunos fumando, o piteando, a escondidas… Nada extraño, en todo caso. 

    Cóctel con aroma a abono 

    Evidentemente no noto opulencia ni delirios de grandeza, dignos de sociedades individualistas. Y si lo hay, sólo a veces se puede notar. Pese a que el gobierno de facto agoniza en términos de poder formal (el plebiscito del Sí y del No, con triunfo de esta ultima opción, sentenció ese epílogo), se generan, sobre todo entre quienes somos los jóvenes más jóvenes y menos niños que los niños, debates entretes y hay cierta conciencia de clase: allí algunos/as acusan a otros/as de jactarse del (controvertido) orgullo de provenir de alguna «clase social superior». No lo plantean tan así: abundan la ironía y una serie de argumentos, a veces algo inocentes, que enfatizan las diferencias. Discusiones, no obstante, bastante controladas. Pero esa es otra historia. 

    Las peleas a combos de los proclives al aletazo o de los más «mecha corta», no suelen ser por eso. Son peleas de niños, digámoslo, con envalentonado espíritu de grande. 

    Al llegar a la esquina de Las Hualtatas con Wisconsin contemplo el disco de ceder el paso que está justo en esa última calle antes de la interseccion. No quiero que parezca demasiado audaz (por decirlo suave) lo que describiré: cuando tenía siete años de edad, al estilo de las mujeres que practican el saludable ejercicio del caño, muchas veces agarré la columna que soportaba el letrero, con cierre de muslos y las manos agarradas fuertemente en ella para subir y tocar el letrero. ¿Un juguetón e inocente ejercicio de niño? Sí. Pero ¿dónde está la magia? Fue mi primera aproximación al sexo. Descubrí la particular calentura que provoca en los genitales el acto en sí. Pero a los 16 ya es un poco raro estar subiéndose a eso. 

    Wisconsin, antes de llegar a Kennedy, tiene como sello de distinción la Plaza República de Honduras. Entre las 7.30 y las 8 de la mañana no abundan los jardineros, pero tampoco hay un guardia a cualquier hora. En las noches, sobre todo de los meses cálidos, se juntan varios jóvenes a charlar, a fumar o (usando el lenguaje «chorizo» de algunos) a «chupar». A veces participo. Muchas son las historias. Pronto les contaré algunas al respecto…Allí los inviernos también están incluidos. 

    Durante los fines de semana, incluso en las horas ociosas (y, a veces, no tanto) de algunos días hábiles en el epílogo de la época escolar, no faltan la guitarra que suena en manos de un diestro de las cuerdas (el repertorio aguanta desde Silvio Rodríguez, pasando por la Nueva Canción Chilena y el Canto Nuevo, hasta los Beatles, Led Zeppelin, Pink Floyd, Kansas o Guns N’ Roses) y tampoco las muchachas, aunque estas son pocas y se ríen mucho menos y menos fuerte que los muchachos salvo que el efecto del trago o algún papel las torne más… espontáneas (pero son casos muy puntuales). La tónica no solamente se da en el sector aludido, sino que en plazas como las de Las Tranqueras entre Puerto Rico y Cleveland. Hay amores concretos, otros que se insinúan y otros que solamente tienen una almohada de soporte con un relato armado por el guionista de la mente. 

    En pleno verano del 89 hay un penetrante aroma a abono en la plaza del cuadrante Wisconsin-Fernando de Argüello-Texas-Montana (que incluye locales comerciales), el que se extiende sin contrapeso en la zona residencial aledaña. No hay pasto nuevo todavía. Seguramente algún trabajo de largo aliento tiene lugar allí. No detecto quejas aunque aquel «perfume» ya es un sello veraniego. No sé cuándo escuché a alguien decir que eso era como afrodisíaco (¡que loco!, ¿eh?), pero alguien lo dijo. Pero en algún momento terminará… No el efecto afrodisíaco pero sí el aroma a abono. Nada es eterno salvo la muerte y el recuerdo, o la memoria, como posta de olimpiada (y esto último mientras la arqueología y la historia existan). 

    Son épocas de despertares fuertes. No en el sentido literal, sino espiritual. La música popular me mueve: me atraen más los sonidos rockeros menos intensos que los intensos netos (ya saben: en cosa de gustos…). ¿Será lo melodioso? Claramente, aunque sé que las guitarras duras también pueden generar melodia y mucha. Es como en el fútbol: existe un tipo de fútbol más pragmático que galano, pero seduce igual a nuestra vista. 

    En ese horizonte de despertares fuertes también pienso en héroes idealistas con musas inspiradoras, haciendo el amor dentro de un yate. Aunque el perfil de revolucionario en la selva amazónica también me seduce y con heroínas por el estilo. Son sólo sueños o ridículas expectativas en la mirada más crítica de un cincuentón de 2021 o de cualquier época. Pero esas proyecciones mentales son muy propias de un muchacho que no ha traspasado las dos décadas de vida. Pero está bien: revela, al menos, una gran imaginación. Además, en la realidad palpable irrumpen fracasos amorosos que revelan las dificultades de conquistar con éxito algún corazón. Eso sí que no es un juego, pero las expectativas la transforman un poco en eso. 

    ¡Juventud, divino tesoro! 

    ¡Salud!