Categoría: Cuentos

  • «Veredas opuestas» y «El canchero»

    Phillip Sevy (ilustrador)

    Les invito a leer dos cuentos acerca de tiempos de transición de unos jóvenes entre la etapa escolar y la universidad.

    Por Gonzalo Figueroa Cea

    Ferenc Mancilla tuvo una gran amistad con Ferdinando Huerta. La cimentaron en la universidad. Notablemente diferentes en algunos aspectos vitales, en ese tiempo ambos querían dejar atrás un pasado que, como dos jóvenes próximos a la veintena de edad, no los tenía del todo satisfecho. Ferenc entró a estudiar periodismo porque quería especializarse como crítico de música, usaba el pelo largo al estilo Jim Morrison, era de vestir extravagante, alucinaba con Genesis y el Colo Colo de Jozić, y se declaraba izquierdista. Ferdinando, en cambio, usaba el pelo muy corto, sobresalía con un fisico de gimnasta olímpico y 1,85 de estatura, se sentía atraído con Creedence Clearwater Revival, le gustaba Cobreloa y, aunque entró a estudiar periodismo, su horizonte estaba en la aviación.

    Y se conocieron de manera bien particular. Corría 1991:

    -Mataron a Jaime Guzmán, nuestro gran referente -señaló cabizbajo Ferdinando. El resto sólo atina a escuchar…Salvo Ferenc.

    -No justifico el crimen. Pero no me agradaba -retrucó Ferenc.

    -Claro, ¡si lo mataron los hijos de puta del Frente Patriótico Manuel Rodríguez! -responde a su vez Ferdinando.

    -Eso dicen. ¿Y ustedes que hicieron durante 17 años? -recordó Ferenc, quien justo antes había recordado, sin decir una palabra, una secuencia de la Mafalda donde el personaje infantil del creador argentino Quino reflexionaba sobre la paz mundial en el momento en que cruzaba delante de un pared donde aparecían escritas frases como «¡Asesinos yanquis fuera de Vietnam!» y , debajo, como respuesta a aquella, «¿Y ustedes que hicieron en Hungría?».

    -¡Ustedes empezaron todo!

    -¡No es cierto!, ¿ustedes empezaron? ¡Nadie les dio derecho a hacer lo que hicieron!

    La conversación entre Mancilla y Huerta fue subiendo de tono y haciéndose áspera. Sin embargo, pasados algunos minutos y pese a la juventud de ambos, a los muchachos, los picó el incipiente (y bendito) «bichito» de la madurez necesaria para abordar la conversación. Y encontraron puntos en común y aspectos en los cuales admirarse: buscar en el diccionario palabras difíciles (proxeneta, taciturno, paupérrimo, etcétera), el gusto por The Police («Sting es izquierdista como tú, pero es un gran cantante»), reticencia a los gringos («y eso que el presidente Bush es derechista como tú»), el mate, el fútbol, reconocer que hay gente que gana muy poca plata y que ambos viven cerca de la universidad.

    Pero, además, un aspecto de la vida de Ferdinando le recordó a Ferenc una característica de la composición familiar de su amigo Belfor Samalea, tan izquierdista como Ferenc: la madre de Belfor era soltera y éste no veía muy seguido a su papá. Y la madre de Ferdinando también era soltera y, como era previsible adivinarlo y saberlo, rara vez Ferdinando lograba dar con el paradero de su padre. Que fuera derechista y el otro izquierdista no tenía que ver con el asunto de la soltería de sus madres.

    -Me caís bien, Jim – enfatizó Ferdinando tras superar ambos la refriega inicial. Jim era el apodo que le pusieron sus compañeros de universidad a Ferenc por su peinado y físico similar al de Jim Morrison (aunque Ferenc mide un 1.70).

    -Tú también me caes bien, Nano -subrayó a su vez Ferenc, recordando que el mismo Ferdinando había reconocido hace algunos minutos que su mamá le decía «Nano», «Nanín» o «Nanito».

    -Te invito a mi casa. Fumémonos unos cigarros en el camino…Total no es largo.

    -Y compremos una cerveza en la botillería.

    -¡Vale! -respondió en forma escueta pero sonriente Huerta mientras encendía vigorosamente un pucho.

    -Y en tu casa escuchamos algo nuevo de Sting o los grandes éxitos de Creedence -proyectó Mancilla.

    -Por supuesto, Jim.

    -Vamos, Nanito.

    Publicado originalmente el 7 de julio de 2019

    El Canchero

    Por Gonzalo Figueroa Cea

    Llega Leandro Guerrero al bar. Canchero y parlachín, como de costumbre, se mofa de un joven con un leve problema para caminar con el cuerpo erguido y quien se iba cuando Leandro llegaba.

    -¡Trata de enderezar las patitas, compadre!, quizás con una alicate gigante te las dejan derechistas – le dice Guerrero, antes de lanzar una sonora risotada, al joven de caminar dicultoso. Algunos de los presentes ríen tímidamente. Otros miran y después vuelven a ingerir sus bebestibles como quien no quiere enganchar gratuitamente con líos.

    -¿Cómo estás, León?… ¿Lo de siempre? – saluda el tipo a cargo de la barra, quien le puso el sobrenombre León a Leandro por la abundante cabellera lacia y castaña de éste, cuya chasquilla le cubre un poco la frente, lo que hace que se lleve la mano frecuentemente para sacarse aquella mata de pelos que molestan.

    -Una chela…Oye, hay poca gente en la galucha, ¡jajaja! – responde Leandro, cuyo «dardo» chistoso va dirigido al hombre de la barra, debido a su calvicie. Pero este decide no enganchar.

    De pronto ingresa Recaredo en su silla de ruedas. Y, como es estilo, Leandro le lanza la talla de rigor, con un compendio de frases nada finas.

    -¡Ánimo, compadrito! Ojalá tu mina no se aburra de menearte en la noche, capaz que ni la sientas cuando se te siente – dice el irreverente y canchero cliente, antes de lanzar una risotada dos veces más sonora y prolongada que las anteriores. La reacción del resto de los presentes en el bar es entre tímidamente risueña e indiferente.

    No pasan más de dos minutos de conversaciones múltiples y juegos de carta o dominó, típicos de un lugar de estas características, hasta que entra Ferenc Mancilla, ex compinche de juergas de Guerrero. El silencio es casi de velorio. Sólo se escucha «Fool on the hill» de Los Beatles desde un parlante. Antes tenían puesto «Black dog» de Led Zeppelin.

    Leandro se da vuelta y está a punto de lanzar afiladas palabras dedicadas a su ex amigo, pero éste se adelanta y le profiere un «misilazo» verbal.

    -¿Cómo está mi querido Leandro Guerrero?, el campeón de todos los giles unidos del planeta.

    Se siente un «¡oohhh!» a coro y fuerte en el recinto. La cara de descomposición de Guerrero es evidente, se pone rojo y no tarda en lanzar su respuesta y con furia…

    -¡A mí nadie me llama …! – no alcanza a completar la frase porque mueve con tal fuerza su mano izquierda que pasa a llevar una bandeja con vasos usados y algunos a medio llenar, los que caen al suelo y se quiebran generando una sonajera nivel industrial con un fuerte aroma a alcohol.

    Obviamente las sonoras carcajadas no se hicieron esperar. Leandro yace entre adolorido y muy molesto: algunos vidriecitos que saltaron se incrustaron en su mano izquierda…Evidentemente manifiesta sed de venganza.

    -¡Tan canchero que te veías, Leandro! ¿Ponte a comentar lo que te ocurrió ahora? – atina a decir desafiante y sonriente Recaredo, el hombre de la silla de ruedas. Tras algunos segundos, quienes presenciaban vuelven a su rutina de conversación, mientras el «León», con una mano sangrante, sólo atina a poner cara de poco amigo a Ferenc. Este sólo sonríe.

    Publicado originalmente el 14 de julio de 2019