Autor: Gonzalo Figueroa Cea

  • «Take on me» en clave balada acústica o estilo Lucy Helena

    «Take on me» en clave balada acústica o estilo Lucy Helena

    Lucy Helena + banda en vivo

    Por Gonzalo Figueroa Cea

    Pedro busca afanosamente la mirada de Natalia pero sin la intención de parecer obsesivo (¡vaya tarea!). Ella lo mira, coinciden los ojos, pero luego baja la vista. Él está con sus amigos en otra mesa del pub. Se esfuerza en evitar que su interés se vea tan expuesto ante ellos. Es como un juego. Pero la diferencia está en que ese interés es serio. Ella lo detecta y también se siente atraída por Pedro, pero no quiere que parezca de fácil conquista. Y, evidentemente, tampoco lo manifiesta con sus amigas.

    El animador del local, mientras se escucha de fondo y suave «One more night» de Phil Collins, anuncia que dentro de algunos minutos habrá un recital sorpresa y que pronto entregará más detalles. El local está casi lleno. Los habitués del lugar saben que después de la presentación musical, habrá baile hasta altas horas de la madrugada. 

    Pedro está un poco ansioso. Natalia mira al techo pero de pronto nuevamente mira fijo, en diagonal, hacia la mesa donde está él, pero como esmerándose en demostrar que es absolutamente casual. De hecho, una vez que coinciden de nuevo, instantáneamente voltea la vista y se toma el pelo. En todo caso, intuyen que hay onda entre los dos. Como que los demás muchachos están de más.

    Pero el amor inminente siempre es así. Nos solemos hacer los lesos. No queremos por ningún motivo la puesta en escena tan obvia, pero el corazón late fuerte por dentro: estamos «on fire». Pedro hace gestos algo erráticos con las manos y la propia cara. Los minutos se hacen eternos. «Perderá interés en mí», piensa, mientras se come las uñas. Ella simula que conversa muy animadamente con sus amigas.

    Nuevamente el hombre del micrófono anuncia que se avecina aquel número tan atractivo sobre el que informara antes. La tensión aumenta, pero en la mayoría de la gente no, sino en Pedro y Natalia. Las miradas comienzan a ser más frecuentes: como que anticipan que algo bonito se viene…o «quizás audaz», especula ella en sus pensamientos. Los escarceos parecen interminables. Es una repetición de esquemas, pero con matices: tiende a haber una mayor aproximación entre uno y otra.

    Los pensamientos se acumulan tan velozmente como las pulsaciones. Pedro se acuerda de cuántas veces fracasó con novias o casi novias. A su vez Natalia recuerda cuántos varones cancheros la conquistaron y luego la decepcionaron. Pero pensar en aquellas situaciones pasadas es como hacerse zancadillas.

    Luego de cinco minutos parecidos a una eternidad, irrumpe el momento perfecto. Pero todavía no lo saben. El animador anuncia la naturaleza de la sorpresa. «Una cantante tan nuestra, tan chilena. Más de 20 años de carrera,  discos de oro y platino por las ventas físicas de sus discos, una banda y una producción fenomenales, la combinación perfecta de baladas, folclor, salsa y bachata arropadas con una hermosa y sensual voz. Es un privilegio tenerla acá. ¡Con ustedes, la gran Lucy Helena!», enfatiza, antes de la presencia de ensordecedores vítores previa a la aparición de la artista.

    Y Lucy Helena irrumpe en el escenario: radiante, de vestido rojo, taco alto, su larga cabellera oscura y ondulada perfectamente cuidada y un maquillaje que resalta sus facciones. Y aparece junto a su banda. Los aplausos se prolongan. 

    -¡Buenas noches! -exclama ya con el micrófono en mano, mientras las dos cantantes que la acompañan en los coros también acomodan los suyos y los músicos toman sus instrumentos. El público responde con vítores más entusiastas que los de hace un rato. En medio de manos alzadas y aplausos Pedro y Natalia pierden las miradas entre ambos.

    Lu (como le apodan afectuosamente los fans) pudo empezar con cualquiera de sus éxitos, lo que incluye covers de clásicos de la música popular (en ese mezcla entre unos y otros cabe de todo: «Cóncavo y convexo», «Quiero volver a ti», «Que sabe nadie», «Mira como se mueve», «Tu corazón», etcétera). Pero el tema que remece el ambiente es otro, nada habitual aunque igualmente un suceso de antaño.

    Un dulce arranque acústico es la causa de algo así como un despertar. Pedro y Natalia son los únicos que se ponen de pie. Y se dirigen al despejado centro del escenario cuando finaliza la primera estrofa de «Take on me» de los noruegos A-ha. 

    «We’re talking away/I don’t know what I’m to say/I’ll say it anyway/Today is another day to find you/ Shyin’ away/Oh, I’ll be comin’ for your love, okay?» (seguimos hablando/no sé lo que voy a decir/pero lo diré de todos modos/hoy es otro día para encontrarte/evitándome/estoy yendo por tu amor, ¿está bien?), canta Lu mientras la delidadeza es engalanada con arpegios de guitarra electroacústica y una pertinente percusión. Pedro y Natalia se miran y sonríen. Ya intuyen lo que viene. Son los protagonistas. Es la magia de la música.

    En el estribillo, con «Take on me» («acéptame» o «dame una oportunidad») pronunciado cuatro veces para rematar con «I’ll be gone/In a day or two» (me iré/en un día o dos), el baile es inevitable. Él, en forma galante, pero sin caer en la caricatura, la invita. Ella cede. Él toma la cintura de ella. Ella toma la mano que flota mientras las miradas entre ambos fluyen con sus sonrisas.

    No hay vítores, como a la llegada de Lucy Helena al escenario. Sí el público bate las palmas para seguir el ritmo. Más parejas acuden a bailar, Natalia y Pedro no se despegan y tampoco las miradas entre una y otro. Sonríen. Lu sonríe y canta. ¿El resto?,  algunos cantan, pero por sobrre todo también sonríen y  bailan.

    Es el inicio de la fiesta de verdad.

    Ver video de Take on me (A-ha) en versión desenchufado:

     

  • Nunca imagine que iba a ser de ti

    Nunca imagine que iba a ser de ti

    Pareja, palmeras y horizonte (Foto de Ibrahim Asad)

    Por Gonzalo Figueroa Cea


    30 de octubre de 2019

    «He sentido amor», canción escrita por el peruano Pelo D´Ambrosio y nuevamente popular gracias a la hermosa voz de Lucy Helena, tiene una especial conexión con la historia de Andrés y Luz.

    Corre marzo de 1987. En medio de anuncios de nuevos paros y protestas contra el gobierno de facto, bulle en nuestras latitudes el rock latinoamericano. Y Andrés y Luz coinciden en el mismo curso de primero medio. Una amiga en común los presenta entre sí antes de la primera clase del año. Andrés queda hipnotizado con los rizos color trigo de Luz, quien a su vez sonríe pero sin que le llame demasiado la atención el corte de pelo algo militarizado del muchacho.

    A partir de allí, cada momento, en la sala de clases, en los recreos, en la primera fiesta del colegio y en las sucesivas de cumpleaños y reuniones de amigos y amigas, Andrés concentra sus esfuerzos en lograr que sus ojos coincidan con alguna mirada coqueta de la hermosa Luz, quien a su vez, y a pesar de los intentos del joven por lograr que la muchacha enganche con algún tema -música, ropa, asignaturas favoritas, deporte predilecto, etcétera- sólo se limita a saludarlo…Y a conversar con sus amigas sin que se crucen miradas ni palabras.

    Llegada la graduación de cuarto, en 1990, ya en plena democracia y con los sonidos de la lambada y Juan Luis Guerra dominando en las radios y en la televisión, los muchachos siguen rumbos distintos, se pierden en el mar de intereses dispersos. Él estudia periodismo y, ella, diseño gráfico. Años después, a principios del actual siglo: con un nuevo panorama mundial, con corralitos pero sin torres gemelas y la irrupción de la música axe, gracias a la misma amiga en común Andrés y Luz se encuentran en la fiesta de cumpleaños de aquella. Luz está igual de guapa y una figura que ya quisiera tener una quinceañera. Andrés está más robusto. Ella está radiante, con un vestido rojo y zapatos del mismo tono. Se saludan muy amablemente. Él siente un cosquilleo.

    Tuvieron que pasar 10 años para reencontrarse nuevamente. ¿El motivo?. La amiga en común cumple 40 años de edad. Ellos también son cuarentones. El reggaeton es uno de los ritmos que dominan en las fiestas, pero los muchachos tienen una veta abiertamente romántica. Y su amiga en común le pide al discjockey que contrató para la ocasión poner canciones de Juan Antonio Labra, Luis Miguel, Juan Gabriel y Raphael. Luz le confiesa a su amiga que Andrés luce muy bien. Ella no para de mirarlo. Él tampoco para de mirarla, pero voltea la mirada a otro lado con más regularidad a fin de disimular. Finalmente se acerca, la invita a bailar y acuden a la pista para dar juntos unos pasos de vals. Se miran y conversan con un entusiasmo moderado.

    Sin embargo, sus vidas continúan con sus respectivos rumbos, sin posibilidades de enlaces ni cruces hasta que, en 2017, coinciden en el Kike’s Bar del paradero 37 y medio de la Gran Avenida José Miguel Carrera, en plena comuna de El Bosque y a 20 kilómetros de la comuna de origen de los dos. Ambos ya son maduros. Ella tiene un hijo, él una hija y, ambos, relaciones sentimentales desahuciadas recientemente. Él está igualmente robusto pero con complexión armónica. Viste casaca negra y jeans. Ella, igual de guapa que hace algunos años, luce un vestido lila y sus cabellos rizados están notablemente largos y bien cuidados. Se ven, se saludan, se ponen al día, se miran fijo y, en un momento nada estudiado y muy espontáneo, se toman las manos. Piden trago, una tabla para picar y conversan alrededor de media hora hasta que…irrumpe la música de Lucy Helena. El DJ pone el single «He sentido amor», original del peruano Pelo D’ Ambrosio y él, automáticamente, la invita a bailar. Ella accede …automática y sonriente.

    -¡Me encanta este tema! -exclama Luz, fascinada.

    -¡A mí también!. ¡Es mi tema regalón!…¡Lo tengo grabado en mi celular! -enfatiza Andrés.

    -¡En serio!. ¡Yo lo escucho en mi auto!…-responde la mujer.

    Conocen el tema de memoria. Las facciones de Lucy Helena son parecidas a las de Luz. Andrés queda tan hipnotizado que canta todo el tema y ella lo sigue: la segunda estrofa prácticamente la actúan. Así de prendidos están. Es como si la sintieran: «cuando te me acercas pierdo la razón/ y cuando tú bailas yo pierdo el son/ y cuando sonríes te quiero besar/ y cuando caminas me puedes matar». 

    «He sentido amoooor/ por primeera vez/ nunca imaginééé/ que iba a ser de tiii», dice el estribillo, que ambos cantan con todas sus fuerzas.

    -Es mi canción favorita -confiesa al final ella.

    -Y la mía…-complementa él. Acto seguido se dan el beso que él espero por 30 años y, ella, por cinco, cuando sintió el primer «tun tun» genuino por él.

    -Te llevaré a un lugar hermoso -afirma, con dulzura, Andrés.

    -¡Llévame! -responde con firmeza, pero enamorada, Luz.

    Visita los enlaces de Lucy Helena en Internet:

    https://lucyhelena.net/

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  • Lo que prefiero en el amor

    Lo que prefiero en el amor

    Mujer en camisa gris (Foto de Pixabay)

    Por Gonzalo Figueroa Cea

    7 de noviembre de 2019


    Tras una dolorosa ruptura, en el horizonte de Felipe ha aparecido Virginia. La canción «Qué sabe nadie», revive en la hermosa voz de Lucy Helena y es clave en el impulso de esa nueva relación.

    Felipe está harto de la chismografía en su trabajo y en el vecindario. No es que se trate de una estrella de fútbol o del rock, pero es un tipo sencillo, noble, trabajador y que guarda mucha discreción en lo que concierne a entregar detalles respecto de su vida privada.

    La ruptura con Malva fue, quizás, uno de los momentos más difíciles de su vida, sólo superado por las muertes de su padre y de su madre. No se trata de culpar a alguien, en absoluto. El seguía amándola profundamente, pero como suele ocurrir muchas veces, ciertas incompatibilidades le pesaron factura. Ella perdió esa llama mágica que es capaz de prolongar por sí sola el sentido de cada hermoso momento. Simplemente la perdió. Él llegaba regularmente tarde a casa, los niños dormían a esa hora, él no llegaba a los cumpleaños de los pequeños, tampoco a los de ella, los años pasaban, la rutina literalmente se los estaba comiendo y los mismos horarios hacían que la balanza del esfuerzo doméstico se inclinara groseramente en la voluntad de Malva.

    Por si fuera poco, antes de marcharse de la casa Felipe cometió el error garrafal de confiar el secreto de su desgracia a un matrimonio vecino a quienes consideraba sus amigos fieles. Dos días después se enteró por la vecina que vende pan en el negocio que queda a tres cuadras de su entonces residencia, que ella sabía de su ruptura con Malva. Por si fuera poco, sus hijos bajaron su rendimiento escolar y se enteró que en el colegio de ellos todos sabían de su separación.

    Dio la casualidad que sólo algunos días después conoció a Virginia, una muchacha que trabajaba en un café con piernas, cerca de su trabajo. El buen feeling entre ambos transformó a Virginia en su confidente. Sólo tardaron dos meses para consolidar una relación amorosa. Con el tino acostumbrado, acudían regularmente al departamento que un amigo soltero de él les cedía. El tipo trabajaba de noche.

    -Mi separación fue dura, pero contigo he revivido. No estoy exagerando -le confiesa una noche Felipe a Virginia, tras un momento de alta y bella intensidad.

    -Yo también pasé por un momento difícil -se limita a reconocer Virginia. No obstante, ella le acaricia su escasa y lacia cabellera con mucho cariño, lo que revela una sintonía y una reciprocidad indudables al menos físicamente.

    Pasan algunos meses, Felipe llega a un interesante acuerdo con su amigo dueño del departamento donde invitaba regularmente a Virginia. Él se muda a Providencia debido a una interesante oportunidad laboral en el sector y Felipe se transforma así en el nuevo morador del departamento, ubicado en avenida San Pablo, a unos quince minutos del centro de Santiago. La vida le sonríe: ya no debe trasladarse más de una hora y fracción en micro y en metro para irse de Maipú a Santiago a fin de llegar a su trabajo y viceversa. Tanto su ex casa familiar como su residencia circunstancial estaban a pocas cuadras de distancia entre si. Tampoco era gratificante estar por allí debido al nivel de farandulización de su vida privada ejercido por boca de sus vecinos.

    Dueño circunstancial absoluto del nuevo territorio, recibe por primera vez en esa condición a Virginia. Hay una música de fondo que los motiva a hacer el amor con alta intensidad. La rubia, de notable parecido a la actriz norteamericana Reese Witherspoon e igualmente menuda, confiesa que le encanta el tema: se trata del clásico de la música popular de habla hispana «Qué sabe nadie», de Manuel Alejandro y popularizado por Raphael. Sin embargo la versión que escuchan desde el celular de Virginia es la que interpreta la gran Lucy Helena.

    -Me encanta. Es maravillosa su voz. Y ella es regia -confiesa Virginia, alucinada. Ella canta el tema de la misma forma en que la canta Lucy: «Qué sabe nadiee/ lo que me gusta o no me gusta de este mundoo…». Él está igualmente alucinado. Le pide el enlace del tema para descargarlo en su celular y escucharlo. Y accede.

    La canción se transforma en un ritual, no sólo de las noches en que están juntos los dos, sino que en el trabajo de él y en el de ella. Por cierto, «Qué sabe nadie» interpretado por Lu no es el único tema cantado por la artista nacional que Felipe y Virginia escuchan. Varios de los éxitos de Lucy Helena se transforman en un hermoso preámbulo cuyo clímax es «Qué sabe nadie».

    Un día, que cae viernes, deciden inmortalizar el ritual con un exquisito vino que el compró para la ocasión. Han disfrutado mucho, pero da la casualidad que últimamente no han hablado mucho de ellos.

    -¿Cómo están tus niños? -pregunta Virginia.

    -Bien. Nos vimos la semana pasada. Fuimos al cine -revela Felipe.

    -¡Que lindo!…¿Y Malva?.

    -No lo sé. Al menos, cuando fui a buscar a los chicos, estaba bien.

    -Debe ser duro para los pequeños -infiere Virginia.

    -Lo es. Pero afortunadamente están bien. Estaban contentos el otro día…¿Y tu ex? -pregunta sin anestesia pero con soltura Felipe a Virginia, lo que la deja algo perpleja porque la consulta vino casi inmediatamente después de la referencia de él sobre sus hijos. Pero la respuesta de ella ahorra comentarios.

    -No lo sé. ¿Qué importa él? -enfatiza sonriente.

    Acto seguido y casi instantáneamente, ambos se besan con una pasión que tampoco da lugar para segundas lecturas. Ambos están completamente desnudos en el acogedor living de la casa de Felipe y, los minutos siguientes allí, igualmente ahorran comentarios. Sólo bastará señalar que las más lindas metáforas son poco para describir el cuadro.

    «Qué sabe nadiee/ lo que me gusta o no me gusta de este mundoo/ que sabe nadiee/ lo que prefiero o no prefiero en el amoor/ a veces oigo sin querer algún murmulloo/ y no hago caso y yo me río y me preguntoo/ que sabe nadie…»

    El goce sublime al cantar, con el telón sonoro de esa canción en la voz de Lucy Helena, es el nuevo prólogo para un igualmente sublime encuentro cuerpo a cuerpo. El amor es canción, sentimiento y piel.

    Visita los enlaces de Lucy Helena en Internet:

    https://lucyhelena.net/

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  • Corazones entre congas y timbales

    Corazones entre congas y timbales

    Vela encendida (foto de Breakingpic)

    Por Gonzalo Figueroa Cea

    2 de abril de 2020

    «He sentido amor», canción popularizada en la voz de la gran Lucy Helena, tiene eco en otra linda historia. 

    La sincronicidad consiste en acontecimientos simultáneos no relacionados entre sí pero vinculantes en un sentido compartido. No estoy tratando de hacer un homenaje a Carl Gustav Jung (discípulo de otro grande del psicoanálisis: Sigmund Freud), pero la historia que motiva a la canción y al videoclip de «He sentido amor» tiene algo así como un nuevo relato gemelo. En otras palabras una vivencia similar a la que experimentó la protagonista del tema de Pelo D’ Ambrosio, que en la hermosa voz de Lucy Helena ha cobrado nuevamente éxito y un brillo particularmente especial.

    Así como ocurrió con Andrés y Luz (leer «Nunca imagine que iba a ser de ti»), Romeo Goles y Sol Catrileo fueron protagonistas de un conjunto de sucesos que no están lejanos en su forma a lo que relata la letra del aclamado tema.

    Corre 1997. Romeo, un modesto oficinista de 22 años, acude a la discoteque «Congas», en pleno corazón del sector de El Llano. Es una sabatina noche de verano, donde centenares de muchachos y muchachas abarrotan el lugar, reinado del pucho y del calor en escasos metros cuadrados sin amenaza de ley pero con mucho baile al son del rock latino, algo de salsa y energéticos ritmos del Hemisferio Norte, particularmente anglosajones. El alcohol es el complemento perfecto…Claro: siempre y cuando haya algo más contundente, como una pizza o un completo.

    En ese mundo entretenido, al menos en estímulos varios para jovencitos y jovencitas sin más horizonte que eso: entretención pura, Romeo conversa animadamente con su amigo Frank cuando se produce un quiebre bastante previsible. Un locutor, con peinado al estilo de Lucho Jara pero con la elegancia del gran y recordado animador argentino Alberto Badía, presenta a una cantante: se trata de Sol del Perú.

    Miradas y algo más

    De 19 años, un hermoso vestido calipso que resalta su estilizada figura, cabello castaño largo y ondulado, presencia de femme fatale como sacada de una película de Almodóvar, maquillaje felino y un perfil que mezcla en su formato la coquetería de Myriam Hernández, el aplomo de Daniela Romo y la gestualidad de Lucero, Sol del Perú -cuyo nombre real es Sol Catrileo- es presentada como una cantante de gran proyección, que en su estilo entrelaza el pop bailable, la bachata, la salsa y la balada romántica de pura piel.

    Los aplausos son respetuosos pero las miradas entre Sol y Romeo -este último al estilo Bruce Lee en combate pero con una sonrisa de oreja a oreja- no pararon durante varios segundos, antes que ella arrancara con el primer tema.

    Y da lugar a una presentación de 45 minutos (tiempo bastante generoso para una “artista de proyección”, como la definió el maestro de ceremonia) provista de repertorio que se pasea entre temas propios y otros de Paloma San Basilio, Shania Twain, Olivia Newton-John, Thalía e incluso grandes exponentes masculinos como Juan Gabriel, Luis Miguel, Roberto Carlos o Raphael. Son varias las ocasiones en que Paloma se acerca a Romeo. Incluso, un par de veces ella lo mira y se pasa la mano por su pelo muy dulcemente. En otras le hace un guiño y toca el cabello. Ambos saben que el tum tum del corazón los remece.

    Minutos después de finalizada la actuación, él decide acercarse a ella con sigilo. Un par de guardaespaldas, en forma amable, le dicen que espere un rato. Uno de ellos es más comunicativo y detecta las intenciones nobles del joven, quien logra transmitir que es un buen tipo.

    -Camina a la parte de atrás, donde está el estacionamiento. Un Toyota verde es el primer auto. Espérala ahí.

    -Ok, Gracias.

    En los siguientes minutos suenan los éxitos de los artistas del momento: The Cardigans, Spice Girls Jamiroquai, Soda Stereo, los Fabulosos Cadillac y La Ley, entre otros. Y siguen sonando cuando Romeo va hacia la parte de atrás del estacionamiento. Y allí aparece Sol.

    -Hola -dice ella.

    -Hola -responde él.

    El nerviosismo cunde. El tun tun sobrepasa a la razón.

    -¿Te gustó?

    -Me encantó. ¿Vendrás la próxima semana?.

    -Tengo algo así como un contrato con el dueño. Canto un ratito y después nos vamos.

    -Que lástima -sólo atina a opinar él. El nerviosismo prosigue. El tun tun no deja que la conversación fluya con demasiada rapidez. Además un tipo -supuestamente el manager- la espera en el automóvil. Pero la despedida es amable …Y esperanzadora.

    A tablero vuelto

    Internet no ha penetrado del todo en las clases medias y bajas de la sociedad occidental. Se ve todavía como algo inalcanzable. Hay más accesibilidad a celulares pero siguen teniendo dominio amplio los teléfonos fijos. Sin embargo Romeo cree que sería demasiado audaz para alguien tan tímido como él pedirle el número de teléfono a Sol. Pero está enamorado.

    Va a la disquería más cercana a su casa y revisa si hay algún disco. También revisa algunos diarios que brindan más paginas a la música popular, incluso programas de televisión especializados, pero ninguno habla todavía de Sol. Resumen: nuevamente va un sábado a la discoteque «Congas»…Pero llega tarde.

    La presentación de ella comenzó y está repleto el recinto. Apenas alcanza a ver el escenario. Sol está más linda que la vez anterior: luce un vestido rosa y el pelo liso. Ve que tiene gestos parecidos a los que tuvo con él, pero el destinatario es otro varón. Se decepciona, aunque no lo suficiente como para evitar ir al estacionamiento una vez más.

    Y allí llega. Y ella llega.

    -Admiro tu constancia. Estoy gratamente sorprendida.

    -Sí. Vine porque me gusta demasiado tu música y tu forma de cantar.

    No obstante, por razones similares a la vez anterior, la conversación no se prolonga. Pero al menos hay interés y se intercambian datos tan esenciales como los nombres verdaderos y los números de teléfono.

    Amor y ascenso inminente

    Pasan las semanas, el éxito de Sol es creciente y los muchachos ya son amigos. Las actuaciones de ella ya son verdaderos recitales. Incluso irrumpen espontáneamente teloneros y giras no sólo por distintas comunas de Santiago, sino también por distintas capitales provinciales y regionales. Romeo ya es una especie de privilegiado entre los fans de Sol: el manager no sólo le deja a él y ella minutos para conversar en el estacionamiento, sino que le permite al mozalbete llegar regularmente hasta el backstage. Uno de esos sábados fue muy directo.

    -No puedo mirarte sólo como si fueras amiga -le confiesa.

    -Yo siento lo mismo que tú. Esto no es vacilar. Creo que es amor -le responde ella. La sintonía de la amistad ya claramente no les basta.

    Pasados algunos meses y enamorados, los jóvenes inician planes pero irrumpe una dificultad: el éxito de Sol es tal que surgen diversas solicitudes de contratos desde el extranjero y la posibilidad de grabar un disco en un sello internacional de gran reputación y mediante la supervisión de un destacado productor. Las presentaciones en «Congas» disminuyen, vienen más en televisión y, ya iniciado 1998, es una estrella internacional, con discos de oro en nuestro país y algunos vecinos.

    -Estoy orgulloso de ti.

    -Y te agradezco. Pero no sé por cuánto tiempo sostendremos esto.

    Los muchachos asumen que la situación es compleja para el amor. Incluso lloran algunas noches a la luz de las velas en el mismo «Congas». Pero no son los sábados, tampoco los viernes. Son algunos miércoles de la época agonizante del siglo en que el lugar opera como restaurante. Es lindo: las velas son de distintos colores y se notan desde afuera, dado que la infraestructura del recinto es de madera rústica oscura con ventanales grandes, lo que le da un toque bien playero. Pero a la vez todo es triste.

    -Sé que un día nos encontraremos en un lugar tan lindo como éste. Te lo aseguro -enfatiza convencido él.

    Los dos lloran de emoción y se besan. Pero ella no dice una palabra más. Pareciera que el destino está sentenciado.

    De repente en la vida

    Cartas cuando no aterrizaba del todo el correo electrónico en la vida cotidiana, el correo electrónico cuando ya era parte de ésta, recuerdos, el éxito de ella, la titulación de él…En fin. Ha pasado mucha agua bajo el puente y una relación que aparentemente se diluyó pese a toda el agua que pasó.

    Perú (el país de origen de ella), Argentina, Colombia, Mëxico e incluso Estados Unidos son algunas de las audiencias que han admirado el talento de Sol. Tras un nuevo triunfo artístico, el que tuvo lugar un sábado de verano de 2007 en el teatro Coliseo, de Buenos Aires, la cantante decide ir a relajarse con su banda a un pub cercano al centro de eventos. Tiene como una corazonada.

    El lugar elegido se llama «Timbales». Ante la atónita mirada de la gente que está allí -varios admiradores, claro está- Sol pide unos tragos y cosas ricas para picar para los suyos: sus músicos, las cantantes y algunos fans privilegiados de Argentina. No pasa demasiado rato hasta que un mozo le entrega un hermoso buqué de flores con una tarjetita. «Su humilde y enamorado servidor», lee extrañada la guapa mujer, cuyos 29 años la exhiben con una blusa color crema, un bluyín y el pelo tomado (el vestido blanco fue sólo para actuar).

    La corazonada no tarda en transformarse en certeza. Ve que sus acompañantes se ríen y se da vuelta: allí está, muy elegante, Romeo. La risa da paso al asombro más placentero y a una conversación que no articula demasiadas palabras hasta que ambos dan lugar a un apasionado beso que el resto de los comensales se limitan a aplaudir calurosamente. Sólo bastará agregar que «Timbales» se parece mucho a «Congas».

    Triunfo del amor

    Pasada una década más, tras tums tums y vacilaciones, Sol del Perú cambia su nombre artístico por aquel del nacimiento: Sol Catrileo -“un homenaje a la tierra que me acogió: la de mi padre”, aclara- y bautiza con el ex nombre artístico a su restaurante –“homenaje a la tierra de mi madre y donde nací”, precisó-.

    La idea original era comprar el mismo local de la discoteque “Congas” para el restaurante “Sol del Perú”, pero allí terminaron construyendo edificios de departamentos. Pero el lugar definitivo no quedó tan lejos: está algunas cuadras al poniente de El Llano y el negocio fue construido a imagen y semejanza de “Congas” y el bonaerense “Timbales”…Homenaje al origen del gran amor de Sol Catrileo.

    Y los papeles, en efecto, están a nombre de ese gran amor: Romeo, convertido en un ingeniero comercial reputado y con mucho sentido social. Él mismo admira la labor paralela de su esposa como embajadora de una importante organización de ayuda humanitaria y ambos sienten gran admiración en el mismo sentido por Lucy Helena, una destacada cantante que se ha abierto paso en los mercados internacionales con canciones como “He sentido amor”, “Quiero volver a ti”, “Camina minero” y “El vino”, entre otros éxitos.

    Romeo y Sol ya han pasado el umbral de los cuarenta años de edad. De aniversario de matrimonio un sábado de 2019 -cumplen 10 años-, están en su restaurante, el que cerraron para ellos y sus familiares directos y amigos por toda la jornada para celebrar. Hechos ya diversos brindis y anochecido el día, las pequeñas hijas de ambos quieren una vez más que su padre y su madre bailen su canción favorita: “He sentido amor”.

    Visita los enlaces de Lucy Helena en Internet:

    https://lucyhelena.net/

    https://www.facebook.com/lucyhelenamusic/

    https://www.instagram.com/lucyhelenamusic/

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  • Backstage

    Backstage

    Batman y Robin (imagen Infobae.com)

    Por Gonzalo Figueroa Cea

    Todos notan que Mark está alicaído. Ni siquiera es tema si su ahora ex mujer está decepcionada de él o, quizás, desconcertada por ciertas historias acerca de infidelidades con perfil de chisme, que se han filtrado por los conocidos de ella y de él, o por ciertas verdades incómodas para ambos. A esta altura da lo mismo: no hay salida ni remedio.

    Desde que llegó al estudio de televisión no ha querido hablar mucho. Salvo los saludos de rigor, ha pronunciado casi monosílabos y con algo de desgano. Y está solo, sentado en una silla ordinaria, casi inmóvil pero muy pensativo, en su propia sala, que no es del todo pequeña, pero lo parece aún más ante la presencia de su imponente metro 90.

    Ni el director, ni el productor, ni los asistentes han querido profundizar una conversación con Mark. Tampoco el recepcionista del edificio, con quien siempre ha habido una relación notablemente amable. Pero sí logra vulnerar esa privacidad Donald, su partner en la misma exitosa serie televisiva de superhéroes. Con sigilo Donald se acerca a Mark. A tal punto llega la prudencia que le susurra al oído.

    -Amigo: olvida esto, por favor. Sé que es difícil la situación, pero ella…

    -Ella ya no, Don.

    -Tú lo has dicho: ella no – Donald le palmotea la espalda a su corpulento compañero de escena, quien está sentado cabeza gacha y encorvado, afirmando sus enormes brazos y manos en el respaldo de la silla.

    -Sé que he cometido errores, Don. Pero soy tan humano como la mayoría. Supongo que lo crees – el hombre grande mira a su compañero televisivo como queriendo inspirar lástima.

    -Eso es irrelevente, querido. Insisto: por favor, supera esto – Donald, quien está de pie (mide alrededor de un metro 75), mira a su amigo fijamente, serio, con los brazos estirados y tocando con las manos firmemente los hombros de  su interlocutor, como si los ojos verdes y la firmeza de las extremidades hipnotizaran a aquel, como con cierto espíritu de dulce superioridad ante un gigante.

    -Disculpa, Don, pero todavía la quiero…y mucho  – la mirada triste de Mark es evidente. Los ojos le brillan. Donald lo mira pensativo, saca las manos de los hombros de Mark y, casi como un espasmo muy espontáneo (sin pensarlo aparentemente) sacude el cuerpo y se estira.

    -Estamos a punto de grabar. Las chicas ya están con sus trajes, el resto terminando el maquillaje…y nosotros todavía con ropa corriente. ¡Vamos a cambiarnos!

    Mark no muestra el más mínimo interés en ponerse de pie y vestir su cotizado disfraz gris con negro, con capa larga y antifaz de temible hombre murciélago.

    -No tenemos mucho tiempo. Seguramente habrá otras grabaciones después. Poco rato atrás vi en uno de los pasillos a Larry Hagman y a Leonard Nimoy – afirma en tono grave Donald.  Mark ríe con algo de desgano. -¿Qué te causó gracia? – pregunta Donald con la frente arrugada.

    -Si me hubieras dicho que viste a Barbara Eden y Natalie Wood, me habrías hecho el día – responde Mark con sonrisa pícara.

    -¡Chistoso! – Don también sonríe aunque con un matiz de fastidio.

    -¡Apúrense, muchachos!, ¡estamos a 15 minutos de empezar a filmar! -grita un asistente del director distante unos 20 metros de la puerta de la salita donde están los dos actores que conversan. Claramente ya saben que no hay mucho margen para alargar el diálogo.

    -Casi te doblo en edad, Don. Más que a un amigo, te veo como a un hermano menor e, incluso, como a un hijo. Sé que en el fondo  entiendes cómo me siento.

    -Lo sé, Mark. Pero debes dar vuelta la página…al menos por ahora. Toma como terapia nuestro trabajo – Don nuevamente pone las manos en los hombros de su amigo, que permanece sentado, lo mira fijo y añade una sonrisa.

    -Puedes tener razón, pero…no sé que haremos después.

    -Nos iremos a tomar un trago con los muchachos. Te hará bien.

    Mark se pone de pie aparatosamente. La idea de Don parece tener buena acogida pero persiste la duda en su amigo.

    -Son tantos años.

    -Mark…- por algunos segundos Donald duda qué decir, pero después prosigue con firmeza.- estamos en la cima de nuestras carreras. Tenemos lo que cualquier mortal desea: dinero, fama…Eres un hombre maduro.

     Y, en mi caso, aunque no han pasado muchos años desde que salí de la escuela, ya tengo una casa, que es casi una mansión, y manejo mi plata. Entiendo lo tuyo y no quiero menospreciar lo que aún sientes por Audrey, pero …no por casualidad hoy tenemos muchas mujeres hermosas a nuestro alrededor. Podemos hacer lo que se nos plazca. Y, también, hay que decirlo, lo hemos hecho. Este es nuestro momento de gloria. Después no sabremos qué ocurrirá. Es plena segunda temporada de la serie. Pocos logran la proeza -resume con serena firmeza el joven que interpreta en la serie al ayudante del hombre murciélago.

    -Yo creo que Audrey me desprecia.

    -Entonces, ¿por qué no la olvidas?

    -Todavía siento algo por ella.

    -Pero hoy ella te desprecia. ¡Por favor! – Don se lleva la mano a cabeza, como lamentando la situación, para luego soltar otra exclamación con fuerza-  ¡Ella ya te olvidó!

    -No he podido dormir. No quiero arruinar la grabación. Podemos demorarnos más de la cuenta y…

    -¿Estropearles el horario al resto?.¡Tonterías! ¡Por favor, Mark!, ya habíamos ensayado los papeles.

    -¿De qué trataba este episodio? -el gigantón queda mirando muy dubitativo a su compañero de reparto.

    -¿Cómo? , ¿no te acuerdas?. Había quedado inconcluso hace algunos.días.

    Con denuedo Mark hace un esfuerzo por recordar. Mira hacia abajo, cierra los ojos y aprieta los labios hacia dentro de la boca. Luego levanta la cabeza de nuevo y se anima a hablar.

    -El pingüino trata de matarme, pero yo esquivo. Su gente tiene de rehén a Batichica y…

    -El jefe de policía mueve a sus hombres para ayudar y…

    -El lugar es muy sucio, es como una bodega. Llega la policía, capturan al pingüino y a sus ayudantes. 

    -No está mal. Pese a todos los problemas que has tenido, tu memoria es casi infalible. Sólo te faltó decir que liberan a Batichica – aplaude Donald, quien después se aproxima nuevamente a Mark y le palmotea la espalda.

    -Vamos -responde Mark, genuinamente sonriente al fin.

    -¡Apúrense, muchachos!, ¡sólo quedan cinco minutos! -grita el asistente desde una sala contigua.

    -¡Ya vamos! -responde Don.

    -¿Y después un trago con los muchachos?

    -Bien, veo que ese libreto te cuesta menos -concluye risueño Don. Mark se ríe más fuerte todavía.

    -Ojalá vayan las chicas también – enfatiza Mark con la mirada fija en su amigo.

    -No sé si irían todos. ¿Sabes? A veces terminamos muy agotados, pero después de las bromas típicas de las tomas finales, siempre nos relajarnos y terminamos divirtiéndonos mucho. 

    -Y habitualmente…siempre hacemos algo más – agrega Mark, con renovada convicción. Acto seguido se suceden sonrisas, guiños y miradas cómplices entre ambos.

    -Jonathan es nuestro gran socio en estas aventuras – subraya Donald.

    -En todo caso, espero que no vaya como Acertijo. Me cae mejor Jonathan – enfatiza Mark antes de provocar risotadas entre ambos y cruzar el umbral de la puerta. En pocos minutos volverán a ser Batman y Robin.

    La función debe continuar…dentro y fuera del estudio.

    *Homenaje con perfil de ficción a los actores Adam West y Burt Ward, que dieron vida a los personajes principales de Batman, la exitosa serie de televisión estadounidense, que nació en 1966  y en tres temporadas registró 120 episodios .

  • Volátil

    Volátil

    Por Gonzalo Figueroa Cea

    Ferenc Mancilla se sintió como una pluma con voluntad propia. Caminó por las calles como si no pesara. La gravedad, si es que existió en ese momento en pleno pavimento, no tenía sentido del tacto en los pies.
    Ya es de noche y su madre, su padre y el resto de la familia están en casa. Invade su cuerpo una sensación de extrañeza, una cosa del tono “¿qué me paso?”, pero por sobre todo un sentimiento de culpabilidad que le obliga a pensar “¡esto nadie más lo puede saber!”. Y si lo saben, que lo sepan en 30 años más, cuando sea 2020 y tenga 48 años de edad.
    Quizás, por entonces, sea una sociedad más tolerante ante los errores propios de un muchacho “al que le ha costado terminar el colegio y le falta madurar”. No han sido tan directos para decírselo, pero sospecha, por la severidad de las expresiones, que así piensan algunos adultos cercanos y algunos más no tan cercanos.
    Pero ahora se siente protegido y más seguro. Son las nueve de la noche, está solo en su dormitorio y la puerta está cerrada. Su mamá, su papá, su abuela y sus hermanos conversan en voz alta acerca de situaciones muy humanas, pero con los matices propios de una época transicional (no todos los días pasamos de una dictadura a una democracia y nadie dijo que sería fácil). “Pinochet todavía manda”, dice el padre. “Aylwin no puede hacer mucho”, expresa la madre. “Le ha costado mucho imponerse al gobierno. Hay muchas leyes en contra todavía”, subraya la hermana mayor, recién titulada de abogada. Pero no hablan de Ferenc.
    La larga siesta de varias horas (deben haber sido unas cinco) surtió buenos efectos: pasó la peculiar sensación corporal que padeció algunas horas antes. No hay problema para ir a saludar y compartir una cena con el resto de la familia. Tampoco hay necesidad de contar lo que sucedió. Probablemente a nadie le interesa porque ni siquiera lo sospechan. “Total, los cabros duermen bastante”, pensarán. Pero él se acuerda de todo y, casi de inmediato, empieza a «rebobinar la cinta» de aquella memoria de ultra reciente data.
    Aburrimiento y salida
    Tras la vuelta al colegio almuerza la cazuela que la señora Eufemia (tan comprensiva y humilde siempre) le había servido. Todo normal. Después la televisión. Argentina vence con claridad a una selección cuya denominación ya parece tener fecha de vencimiento: Unión Soviética. Dos a cero va el partido enmarcado en el mundial de Italia, pleito donde los trasandinos sufren la lesión de su arquero titular, Nery Pumpido, casi iniciado el duelo (reemplazado por alguien que pinta para figura: Sergio Goycochea).
    Sin embargo, el favorito de Ferenc para ganar la copa es la selección local, donde brillan Vialli, Schillaci, un tal Roberto Baggio y otro tal Paolo Maldini. Pero, aunque le gusta el fútbol, se siente aburrido viendo televisión en el living. Busca algo que sacuda su cabeza (al decir de Cerati).
    El joven decide salir. La pinta de liceano no es apropiada para la circunstancia, razón por la cual la cambia por jeans, zapatillas blancas, un suéter gris azulado y la chaqueta ploma, que le calzan perfectos aunque ya los haya ocupado varias veces y varios días seguidos (¿será seductor para alguna mujer enterarse de eso?). Y la excusa ante la señora Eufemia y la octogenaria abuela del chico también es perfecta: “No hay pan y, como mi papá siempre deja plata para eso, ya la encontré y voy a comprar”.
    Parte a la calle con el relajo de costumbre. Llegado a la plaza saluda a otro joven del sector, Matías, quien sentado en el respaldo del banco y los pies en el asiento en sí manipula unos papeles pequeños y muy delgados. Luego saca, desde un paquete blanco que llevaba envuelto y es del porte de la palma de una mano, algo parecido a un pasto verde corto, seco y bien aromático.
    Evidentemente desde varios metros antes, Ferenc ya había detectado de qué se trataba y lo que el muchacho hacía. No fue necesario explayarse demasiado.
    -Es muy buena, compadre. Me la consiguió un amigo. Me la trajo de Rancagua.
    -Sí- responde Ferenc, boquiabierto pero sin exagerar la expresión.
    -Y está filete, viejo -responde el muchacho, casi con los ojos desorbitados. Como pidiendo simplemente que le crean-. No te imaginas lo buena que es. ¿Quieres probar?
    Casi sin decir que sí, Ferenc accede. “Tengo tiempo. No pasa na’”, piensa. Matías ya se había despachado energéticamente la primera calada. Lo hizo en forma histriónica, como chupando aire y papel, con harto ruido y como si se hubiese sacudido desde adentro de su cuerpo, deformando la cara y con los ojos semi cerrados. Acto seguido, le da el diminuto pucho a su amistosa contraparte.
    -Está…-Ferenc tose un poco- muy bueno.
    -Sí…-Matías, más exagerado en las succiones del mini cilindro de papel, tose más- ¡Muy bueno, viejo! -enfatiza con voz muy ronca.
    Los chicos se entusiasman. Ferenc, nada acostumbrado a esta variante de vegetales fumables, sigue la corriente y se despacha menos caladas que Matías, pero tampoco pocas. No pasan más de diez minutos.
    -¡Ya, compadre!, te agradezco la piteá. Tengo que irme -Pese a lo concreto que quiso ser Ferenc, los ojos de Matías, sentado todavía en la parte superior del banco, parecen diminutas e irregulares líneas que exhiben entre medio otras líneas aunque más vidriosas, llorosas y con un matiz rojizo, que buscan conforme a la misma apariencia una explicación extra. Pero ambos no se dan tiempo para explicaciones que parecen de más. Se dan un fuerte abrazo. Ferenc, en pocos segundos, ya no es visible en la plaza.
    De pronto irrumpe, casi de la nada, una sensación extrañísima.
    Llega a la panadería. No siente los pies (¿una nueva versión de Gregorio Samsa?), pero sí se da cuenta que camina (hasta decirlo suena raro). Al menos logra discernir las marraquetas de las hallullas y lo que es un kilo de pan. Sabe que es eso porque es lo habitual. Pero todo lo demás es extraño porque parece muy liviano. Hay una decena de personas en el local porque es grande, pero para Ferenc son como imágenes de video que pasan a su lado. Pareciera que no pesan ni hacen ruido. Pero ya nota algo peculiar en algunas miradas.
    Llegado a la caja irrumpe el asombro. Una muchacha -la que pesa el pan, la otra está a cargo de la plata- lo mira varios segundos. Pero la mirada no es molesta, no es curiosa y nada que se le parezca. Al contrario.
    Él también la mira durante varios segundos. Ella debe ser algunos años mayor. ¿A quién le importará en ese escaso lapso?. Los corazones laten más fuerte. Ambos vacilan. Pero nadie en la fila para pagar presta mayor atención salvo la joven a cargo de la caja, quien urgida y molesta reta a su compañera que envuelve el pan. Ella se remece por fuera e internamente más todavía. La cajera no está pendiente de su emoción puntual. Lógico: hay una fila de clientes que pagarán. “¡Debemos atenderlos y ésta anda paveando!”, debe estar quejándose en su mente la mujer.
    La joven de la mirada fugaz y potente termina envolviendo el kilo de pan y se lo entrega a Ferenc, aunque lo hace menos sonriente que antes.
    -¡Gracias! -contesta Ferenc, dubitativo.
    Los efectos del cilindro son evidentes al menos para él y, quizás, para algunos y algunas a quienes les pudo llamar la atención su actitud (“no creo ser tan importante como para llamar la atención”, piensa). 
    Pareciera que la chica, claramente nueva en el negocio -él nunca la había visto antes del episodio reciente- nunca se dio cuenta. Quizás sí su compañera de trabajo. Pero da igual. Él sale del negocio como queriendo que nada de lo que pasó hubiese ocurrido, salvo…la hermosa mirada de ella, como pintada para un cuadro.
    A la vuelta a casa se da más vueltas que de costumbre. Incluso el trayecto que realiza no es el típico. Se dirige a un pasaje cerca de su casa. Se encuentra cara a cara con varias personas del vecindario. Los saludos son tan evidentes como evidente es lo que siente: una pluma desprendida de un ave, un objeto archi ultra liviano y hasta transparente con extremidades, que camina cuadras y cuadras mientras pasan micros y otras personas a su lado como si estas últimas fueran solamente vientecillos o fantasmas.
    No le da sueño, mas llegado a casa la misión es dormir. “Tiene que pasarse esta sensación”, piensa. No son más de las 4 y media de la tarde. Es un otoño frío y próximo al invierno en tiempos en que poco y nada se habla de calentamiento global. De hecho está nublado y oscurece. Y pareciera que la motivación de Ferenc también. De ninguna manera quiere encontrarse de nuevo con Matías. No.
    Vuelve a casa, deja la bolsa del pan donde debe estar: colgada detrás de un gancho de la cara interna de una de las puertas de la cocina, y se va a su dormitorio. La sensación no es completamente desagradable, pero no es normal: los cinco sentidos y hasta la intuición no pueden estar así. Por mucho que pueda ver y oír todo, no es deseable esa especie de “estado lunar” que siente su cuerpo al pisar y caminar en la superficie terrestre, y además al observar a la gente y cualquier entorno. Quizás con cualquier aromático pito algunos resisten mucho más y se sienten de maravillas. Pero no es su caso.
    Una vez puesto en posición horizontal el cuerpo, que siente como jalea seca (si es que realmente existiese eso), entra en el sopor del sueño.
    Vuelta a la normalidad
    A Ferenc le gusta ir a comprar el pan. No es por el acto en sí o porque sea muy considerado con sus mayores. Hay una mezcla rara de andariego, curioso, ir a revolverla con amigos, pero por sobre todo algún sentido de libertad.
    Son recurrentes en sus andanzas las canchas de tierra y la multicancha rodeadas de maleza verde del sector que envuelven las calles Puerto Rico, Indiana y Cleveland. Unos seis ó siete años atrás, cuando los vecinos veraneaban, él pasaba a sus casas tras subir la pandereta separatoria. Ese espíritu de niño, a los 18 años no lo había perdido.
    Claro, a diferencia de cinco, seis o siete años atrás, ya no es un niño o un adolescente en etapa temprana. Hoy ya es un hombre, por mucho que le falte carrete. Ya tuvo una experiencia fuerte con Zelinda. Algo que le afectó, pero lo hizo madurar (ver Dulce y juguetón paréntesis).
    La imaginación vuela en las largas caminatas con los amigos. Son testigos estáticos Lo Gallo, avenida Las Condes varios kilómetros al oriente, las cercanías de las casas de algunas amigas (en actitudes algo voyeristas), varias plazas, El Zodiaco, los departamentos del sector de Los Militares, Los Castaños, El Shopping Los Cobres, el Apumanque, el parque del hoyo, algún sitio eriazo, etcétera.
    Los temas recurrentes han pasado a ser de fútbol a mujeres, rock (sobre todo el metalero y el que le hace guiños a lo sinfónico) y todo lo que tenga que ver con la vuelta a la democracia y lo que parece el inminente fin de la Guerra Fría…u otra clase de guerra. La vida sigue su curso. 
    ¿Y las visitas a la panadería?, ¿y la muchacha encargada de pesar el pan? Sí, la misma de vacilantes movimientos, sonrisa amorosa y objeto de la molestia moderada (o furia contenida) de su compañera de trabajo a cargo de la caja. Lo cierto es que nunca más la volvió a ver. ¿La habrán despedido?
    La extraña sensación volátil de ese mes frío de 1990 pasó al olvido. El extraño recuerdo, no. Ella tampoco.
  • Artemisa y Néstor

    Artemisa y Néstor

    Pareja a contraluz (sitio Fototravent)

    Por Gonzalo Figueroa Cea

    El amor entre Néstor y Artemisa no es pasajero. Hay una energía especial. No solamente es el gusto en común por los libros.

    Corre 1964 y aquel barrio de Ñuñoa cercano al Estadio Nacional tiene un perfil de clase media en un sentido, por así decirlo, tradicional: algunas familias más aventajadas que otras económicamente, pero en general con el gran sello que caracteriza a los buenos vecindarios. Y allí los jóvenes y sus amistades encajan perfectamente.

    Saben los muchachos de la plaza que Adriana siente celos de Artemisa. Aunque no tienen claro el por qué, saben que no es por Néstor. En realidad los motivos rozan la turbiedad. Se especula que el padre de Artemisa posee una pequeña fortuna que desea invertir en Chile. Es primo lejano del papá de Adriana. Lo de este parentesco lo saben también Julio y Félix, tan cercanos ambos a Adriana -sobre todo el primero- que planean con su amiga algo muy sucio en contra de la pareja.

    Néstor tiene la muy mala costumbre de dejar abiertas en su casa las puertas de la reja y del inmueble en sí. Un día muy sabatino, mientras Néstor lee «Rayuela» de Julio Cortázar en la mesa del comedor, llega Artemisa. Y el saludo se produce en el estilo que ya es familiar entre él y ella: es como tener a Mistral, Neruda y Benedetti allí mismo.

    -Mi corazón y mis ojos ya se contentan con verte…y las palabras fluyen alegres -expresa Néstor, con histriónico y reverenciado énfasis.

    -Y mi corazón y mis ojos son como rondas de niños y mariposas, que giran sonrientes -responde Artemisa con similar énfasis. Lo que pareciera ser una sobreactuada cursilería, lo gozan.

    Paradojalmente, después de algunas miradas tibias aunque provistas de risas nerviosas y un abrazo como de dos niños tímidos que recién se conocen, no tardan muchos segundos hasta que irrumpe un beso de película. Sólo hubo una pausa: Néstor se acerca al tocadiscos y pone el clásico de Pat Boone, «Love letters in the sand». Y la escena prosigue, ya más apasionadamente y cerca de la cocina.

    Intempestivamente, como broma de mal gusto, los amigos de siempre y los no tan amigos, aparecen detrás de las cortinas, del sofá y de los sillones debajo de sábanas e, incluso, desde algunas habitaciones. Gritan desaforada y festivamente en tono burlesco y se acercan a la pareja para enfatizar esa irónica algarabía.

    -¡Bueeena, Néstor!, ¡estás para el Oscar! -le gritan los varones, como si el aludido hubiera hecho un magistral parlamento teatral…en otras palabras, un engaño. La titubeante risa de Néstor parece dar a entender eso. Y parece que así lo entiende Artemisa, quien por el contrario recibe palabras nada amables de las mujeres: «¡tonta!», «¡todavía te crees los cuentos de hadas!» y expresiones incluso peores, como cuestionando la inteligencia de la muchacha.

    Demolida psicológicamente y con lágrimas en los ojos arranca del lugar. Néstor logra zafarse del intento de llevarlo en andas de parte de los otros jóvenes. Contrariado y molesto, incluso hace un ademán de querer golpear a Julio porque cree que él y Adriana son los autores intelectuales de la cruel chiquillada. Sin embargo se arrepiente de finalizar la acción y corre en búsqueda de Artemisa.

    No tarda en ubicarla. Está en la plaza, sentada en un banco. Llora a mares. Algo agachada cubre su rostro.

    -¡Artemisa!

    -¡Ándate!, ¡déjame sola! -responde firmemente y muy afectada.

    -Artemisa: no es lo que parece. Por favor créemelo. Ellos lo hicieron -implora Néstor.

    -¿Qué hacían ellos en tu casa?. Me cuesta creer que no lo hayas sabido -señala seria y todavía con la cabeza gacha.

    Un metro más cerca de ella, el joven se inclina para establecer con la muchacha la proximidad que necesita para recuperar la confianza. Pero ella persiste en sostener la mirada hacia el suello. Las preguntas que se son muchas y dan vueltas por su mente: «¿cómo pudieron hacer eso?», «¿acaso conocen mi rutina y la de Néstor?»… Al menos la relación entre ella y él algo les indica a sus amistades y no tan amistades.

    -¿Qué estaban haciendo Adriana, Loreto y los otros en tu casa?

    -No lo sé…Tienes que creerme. Ellos organizaron toda esta jugarreta. Estoy seguro que detrás de todo están Adriana, Julio y Félix.

    -¿Y cómo nunca te diste cuenta?

    -Artemisa…soy muy descuidado. Suelo dejar mi casa abierta. Puede entrar cualquiera.

    -¿En la noche también?

    -¡No! -ríe Néstor- Obviamente mi padre y mi madre, que están muy viejitos, procuran cerrar todo.

    -¿Y nunca han robado? -al decir esto Artemisa, él instántaneamente ríe de nuevo.

    -¡No!

    -¿En serio?

    -En realidad, no lo sé…Mis viejos no tienen muchas cosas de valor.

    -¿Sí? -ella recién allí da vuelta la cara, endereza la cabeza, esboza una sonrisa y lo mira a los ojos.

    -En realidad me apenaría mucho que se robaran una máquina de escribir de mi padre -responde él, ya sentado al lado de ella.

    -¿Y escribes?

    -La ocupo harto. Es maravillosa.

    -¿Te dedicarás a eso?

    -Quisiera ser periodista pero también escritor -dicho esto por Néstor, ambos se ríen más fuertemente y pareciera que los 15 minutos precedentes, con perfil de pesadilla al principio, hubiesen pasado al olvido. Es como si hubiesen vuelto al bello trance que los mantuvo concentrados entre sí durante varios minutos en casa del joven.

    ¿Qué urdirán Adriana, Julio y Félix? Él prefiere olvidarlo. Pero restarle importancia a ellos y a lo que pasó, no es ni será tan fácil para Artemisa: Adriana es su prima.

    *Fantasía basada en la exitosa telenovela nacional de 1984, «Los títeres», original de Sergio Vodanović y considerada por la crítica especializada como una de las mejores en la historia del género a nivel nacional. Ambientada en dos épocas: 1964 y 1984, contó con un tremendo elenco, donde figuraban Claudia Di Girolamo (Artemisa), Mauricio Pesutic (Néstor), Paulina García (Adriana joven), Gloria Münchmayer (Adriana mayor), Cristián Campos (Hugo), Alfredo Castro (Julio joven) y Edgardo Bruna (Julio mayor), entre otros actores y otras actrices.
  • Después de una bomba atómica

    Después de una bomba atómica

    Indiana Jones y el reino de la
    calavera de cristal (sitio Tomatazos)
    Por Gonzalo Figueroa Cea

    Fue durísimo. Evidentemente 60 y tantos años de edad no es lo mismo que 30 y tantos. Indy lo sabe. En el otoño de 1957 los aparentemente ingenuos castores del desierto de Nevada son testigos de las muecas de esfuerzo del héroe, por fortuna recompensado con vida aún. 

    El arqueólogo, veterano de guerra empapelado de medallas, eterno profesor de su especialidad, coleccionista de rarezas dignas de museo y aventurero todo terreno, ya no es el mismo que se enfrentó con éxito a los nazis en plenos desiertos medio orientales en 1936 ó 1938, o a una secta en la India, en 1935. Han pasado 20 años o más de aquellas vivencias, lapso en el que también logró defender la integridad de valiosos objetos antiguos ante la amenaza de adversarios con motivaciones muy aviesas. 

    Muy al margen de la nostalgia, Jones logra sobrevivir a un par de explosiones en el área 51 y en un pueblito de maqueta en el oeste desértico estadounidense. Los militares rusos, espías allí y  encabezados por la científica y coronela ucraniana Irina Spalko, lo tenían secuestrado porque su inteligencia y eventual manejo de información relevante podían ser claves para encontrar el reino de la calavera de cristal, supuestamente localizable en Sudamérica. Un reino con riquezas y, lo más intrigante todavía, un poder inimaginable. Pero Jones nunca ha tenido esa información relevante. 

    Y por la misma razón no reveló mucho más acerca de aquello que fue obligado a ver y cuyo trasfondo teórico y práctico él supuestamente debía conocer más que los forasteros: restos mutilados de un extraterrestre que sobrevivió algunas horas tras estrellarse la nave que llevaba a bordo a la respectiva tripulación en el desierto de Nuevo México, en 1947…Han pasado diez años y el profesor no entregó más detalles que aquellos que siempre supo al respecto y que no representan precisamente una epifanía. ¿Para qué especular? 

    Además había que escapar de esa inmensa bodega del área 51. No fue fácil en absoluto lograrlo, como tampoco lo fue burlar horas después lo que pudo haber sido la muerte más horrenda. De hecho la salvada fue tan espectacular como milagrosa. 

    Ya bastante lejos del gigantesco hongo de humo espeso, cuya detonación lo lanzó algunos kilómetros al este a bordo de un peculiar, aunque circunstancialmente seguro, medio de transporte: un refrigerador, Indy logra salir ileso, aunque bastante magullado, del casi hermético objeto. La acción de esa bomba atómica, espeluznante eco de lo que ocurrió en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki doce años antes, es justamente la antítesis de una puesta de sol placentera. La pequeña ciudadela de maqueta y sus maniquíes quedaron hechos añicos. Seguramente los científicos y militares involucrados le dirán después al presidente Eisenhower que la prueba fue un éxito…Para ellos y él. 

    Indy camina hacia el Este. En la pedregosa extensión, escasamente vegetada, por lo menos tiene el consuelo de no tener testigos que involucren alguna amenaza. Está absolutamente desierto. Los pensamientos, en voz alta y mentales, se suceden unos a otros, paralelos a la sed, al hambre y a cierta resignada ansiedad: como que sabe que poco o nada puede pasar favorablemente en las próximas horas. Pero también tiene la corazonada de que las probabilidades de peligro son escasas, como escasas también son las probabilidades de encontrar algún poblado de verdad. «Los agentes federales no son simpáticos. Pero hay que tomarlos como amigos», dice con la mirada algo perdida aunque con el temple de siempre. 

    Cae la noche y una hermosa luna llena la ilumina. Jones ya ha caminado varios kilómetros al este del desierto con la esperanza de encontrar alguna presencia humana amigable, ojalá motorizada, que lo ayude a regresar a casa con vida. Recordemos que él es un creyente forzado: fue hace casi 20 años que la fe en Dios lo ayudó para rescatar el Santo Grial, salvar a su padre y, de paso, a la humanidad. Lastimosamente no posee objetos mágicos para volver instantáneamente a la civilización ni algún artefacto moderno que pudiese operarlo como satélite para facilitar su ubicación a quien fuere.  

    En una montaña no tan elevada, con algunos arbustos lo suficientemente abundantes para disminuir el ímpetu del ultra frío viento, el héroe lograr dar con una cueva. No hay moradores humanos y, por fortuna, tampoco animales tan exóticos como peligrosos, ni bichos muy notorios. «Ojalá no aparezca una serpiente», reflexiona. Y se produce algo que, en las circunstancias ya  descritas, pareciera otro milagro: en el interior, tras hacer una fogata improvisada en el medio mediante un pequeño fósforo y unas cuantas ramas con hojas secas, Indy descubre una pequeña cascada de agua dulce. «¡Benditos demonios!, justo había agarrado mi cantimplora y estaba seca. Tengo mucha suerte», exclama. Se instala en un rincón, usa su bolso y el vaciado receptáculo para agua como almohada, algunas ramas de arbustos como frazada y su sombrero para proteger la cabeza del frío y atenuar la luz del fuego ante los ojos, a fin de dormir adecuadamente boca arriba. 

    Horas decisivas

    Despierto tras una cuatro horas de descanso neto, sale de la cueva, llega a lo alto de la montaña, descubre la carretera más próxima y, por un sendero muy despejado, logra llegar hasta allí, tras caminar rápido unos tres kilómetros. La pendiente, algo escarpada pero lo suficientemente inclinada para desplazarse de pie y sin peligro, contribuyó para llegar con prontitud al pavimento. Camina media hora en dirección al norte. Es temprano: el sol no está golpeando tan fuerte todavía. Ninguno de los dos automóviles particulares que pasaron, con 15 minutos de diferencia entre uno y otro, se detuvo, a pesar de las señas. Pero un tercero sí lo hace.

    Dos hombres, con oscuras vestimentas y sombrero muy formales, se bajan del vehículo y abordan al héroe. La actitud parece amigable, nada intimidante. Indy, aunque bastante descansado, sigue todavía muy shockeado por todo lo que le tocó vivir solamente en un par de días. 

    -¡Buenos días, profesor Jones!

    -¡Señores! – responde un sorprendido Indy con una reverencia.

    -Tenga la bondad de subir a nuestro coche -expresa con el gesto respectivo uno de los aludidos.

    Una vez a bordo del vehículo e identificados los hombres y sus propósitos, Jones en un arranque de ansiedad poco común en él, pide que lo lleven inmediatamente de vuelta a su casa y que tiene cosas muy importantes que decirles. Sin embargo, se origina una conversación muy peculiar.

    -Antes le haremos unas preguntas de rutina.

    -Pero ¿tardaremos mucho en llegar?

    -Un par de horas, profesor -responde Howard, quien maneja.

    -Pero en ese lapso les puedo explicar todo lo que me pasó y lo que vi.

    -Ya sabemos lo elemental, Henry -añade Marvin.

    -Entonces ¿saben que fui secuestrado por agentes rusos? -infiere Indy.

    -¿Secuestrado? -retruca extrañado Howard.

    -Pero…

    -¿Qué estaba haciendo primero en la frontera con México? -pregunta Marvin con el ceño fruncido.

    -¡Ah!, entiendo. ¡Ese hijo de puta de Mac! ¿Qué les contó a ustedes? -replica enfadado Jones desde el medio del asiento trasero y mirando enfadado el camino por delante mientras sus dos interlocutores observan hacia la misma dirección.

    -Entendemos que el señor George McHale es un ciudadano británico y amigo suyo. Usted nos puede hablar más sobre él …y los rusos -responde Howard.

    -Creo que en dos horas tenemos tiempo suficiente para que lo explique todo -enfatiza Indy, muy serio y enfatizando las cejas.

    -¡No será necesario, profesor Jones! -subraya con seguridad Marvin.

    -En la base hay una sala especialmente equipada para eso -complementa Howard.

    -¿Estoy detenido?, ¿me quieren dejar sin libertad? -replica un ya muy alterado Indiana.

    -Tranquilo, Henry -responde sereno Marvin.

    -Sólo está acusado de actividades antiamericanas. Tendrá derecho a responder sobre eso -agrega Howard.

    «Esto no puede estar pasando», reflexiona. Está colorado, como si estuviera a punto de explotar o salirse de sí. De un momento a otro, casi instantáneamente y al más puro estilo del doctor Richard Kimble en la película «El Fugitivo», le agarra el volante a Howard y realiza un brusco y temerario giro a la izquierda con el vehículo a más de 100 kilómetros por hora en una calzada bidireccional de unos siete metros de ancho. «¡Qué está haciendo!», grita Marvin. Justo alcanza a esquivar al automóvil, desde la pista contraria, un camión con (según una advertencia) material peligroso. El coche se incrusta en un sector rocoso, donde afortunadamente, pese al constante desprendimiento de piedras, no logran caer muchas de éstas gracias a la existencia de una malla protectora. 

    Los tres sujetos, no corpulentos pero con el físico óptimo para soportar un accidente con ese nivel de violencia, se sobreponen a algunos segundos de inconsciencia. Indy abre la puerta derecha del vehículo y logra escapar. Corre. Marvin, el más joven de los otros dos hombres -de unos treinta años- se alcanza a percatar y lo persigue. El natural cordón montañoso aledaño al camino no tiene la perfección artificial de la arquitectura neoyorquina o la de Chicago, pero es lo suficientemente imponente y con los recovecos igualmente necesarios para algún eventual escondite.   

    Howard, concentrado nuevamente en el volante, se da cuenta que el automóvil está en perfecto estado pese al tremendo pencazo y logra retroceder hasta instalarlo nuevamente en la pista correspondiente. Luego se baja del vehículo, logra divisar a Marvin persiguiendo al veterano arqueólogo y, proyectando estratégicamente la forma de ayudar a atraparlo, se va por el sector contrario de la montaña. 

    Durante media hora se genera una persecución de película en medio de pendientes, roqueríos y uno que otro matorral perfectos para despistar. Caídas, rápidas levantadas, callejones sin salida e improvisaciones sobre la marcha también son parte de la frenética y alocada secuencia. Howard y Marvin, armados y varios metros distanciados de su objetivo durante mucho rato, incluso amenazan al propio Indy con frases perentorias y básicas del tono:  «¡Deténgase, Jones, sino disparo!». 

    Sin embargo, el héroe de siempre logra zafarse de los blancos y evita que los mismos persecutores gasten innecesariamente cartuchos de balas. Los mismos, bastante más jóvenes que Jones, se sorprenden con la resistencia del circunstancial fugitivo. «Este viejo nos ha pintado la cara de vergüenza. ¡Nunca se da por vencido!», se queja en voz alta Marvin. Sin embargo, la fatiga ya le pasa en algo la cuenta al profesor y, aprovechando una vacilación suya, Howard logra meterse sin que Jones se de cuenta en un montículo posterior al sendero en el que se detuvo Henry junior y grita a éste a sus espaldas. «¡Arriba las manos, Jones! Ya no tiene escapatoria».

    El héroe levanta los brazos resignado. Sabe que el accidente y la casi breve huida, aunque no tuvo heridos, no se lo perdonarán. Marvin, Howard e Indiana caminan hacia el coche, distante a un kilómetro. Tardan algunos minutos en llegar, lapso en el que se produce un áspero diálogo.  

    -¡No haga las cosas más difíciles, Henry! -le espeta Howard a Jones, mientras juega con unas esposas en la mano derecha. La otra sostiene una pistola.

    -Además no querrá usted que lo acusen de cuasi delito de homicidio -complementa Marvin.

    -¿Bromean? ¿Qué se ha imaginado?, Sobreviví a una batalla campal y a una explosión nuclear. ¿Qué más quieren como prueba?…Además, soy un americano ejemplar.

    -¡No presuma de sus condecoraciones, coronel! -responde, ahora gravemente, Marvin.

    -Además, en el interrogatorio que le haremos tendrá de aliado a un gran amigo suyo -añade Howard.

    -¿Quién? ¿Ese hijo de puta de Mac? -pregunta, con risa irónica, Indy.

    -No…Se trata del general Ross -revela Marvin. 

    Pensar que es sólo el comienzo de la aventura…


    *Fantasía de homenaje a la cuarta película de la saga del famoso arqueólogo, interpretado por Harrison Ford: Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008), dirigida por Steven Spielberg, con guión adaptado de David Koepp (historia desarrollada por George Lucas y Jeff Nathanson) y las actuaciones de un renombrado elenco. 
  • Pajaritos con 5 de abril

    Pajaritos con 5 de abril

    Pajaritos con 5 de abril (Jorge Barrios Riquelme)

    Por Gonzalo Figueroa Cea

    La fotografía no dista mucho de lo que ocurre dentro y fuera de la estación del metro Los Héroes. La única diferencia radica en que es la terminal: Plaza de Maipú. El calor veraniego es tan apenas soportable como el frío invernal, pero con menos ropa.

    Al detenerse el tren la mayoría de la gente está de pie, aguardando la apertura de las puertas. Las excepciones las constituyen quienes no tuvieron posibilidad de dosificar suficientes energías antes o, simplemente, algún distraído que no se dio cuenta del momento de la llegada y se concentró en las bondades de su celular. Nada raro para un lunes de febrero temprano un cuarto para las siete de la tarde. 

    Menos soportable que el calor, aunque tampoco necesariamente grave, es la salida de la gente desde el interior de la máquina: una mezcla extraña de partida de carrera de 100 metros planos con sensación de libertad tras un enjaulamiento circunstancial. Como son muchas personas, se nota más y también hay riesgo de atropellos entre humanos.

    La composición de perfiles socioraciales (si se me permite el término) no dista mucho de aquel de otros populosos sectores de nuestra capital. Prevalece el mestizaje indoespañolizado con matices euroasiáticos entre teces blancas y amarillas, no obstante la presencia no menor de morenos, como paulatinamente se ha ido dando en la última década y media. 

    Se podría decir que nos parecemos más a un Nueva York moderno que al Santiago de los 80, pero convengamos que somos un Nueva York bastante pobre y sin puerto. Prefiero enfatizar que somos un Santiago… algo más nutrido de gente y más urbano que otros de antaño. 

    Una vez fuera de la estación ya se nota una mayor presencia de haitianos, venezolanos y colombianos. Entre la muchedumbre no falta el sujeto que le mira el culo a una veinteañera con ajustadídimas calzas, aunque el tipo se esmera en disminuir la calentura visual con un acomodo de sus anteojos de sol o un repentino vistazo a su artefacto móvil. «Tan propio de la raza masculina», podrían decir muchos y muchas. «Son tan huevones los hombres. Como si una fuera estupida: son tan obvios pa’ mirar», añadirían otras damas. Alguna mujer de mentalidad anticuada (por no usar el adjetivo «retrógrada», claramente más agresivo), diría «ella es provocativa, busca llamar la atención o que la violen». 

    Los vendedores ambulantes se distribuyen aquí, allá y acullá. Y no solamente en la gran plaza -no demasiado distinta en extensión a la de Armas- sino que en los cuatro costados de la interseccion más concurrida de la comuna. Hay de todo y llama tanto la atención como el griterío asociado (sólo vinculables con una feria o con la salida de un estadio de fútbol repleto): bebidas de todo tipo, dulces artesanales, calcetines, juguetes, lencería, artículos electrónicos, etcétera. ¿Y el comercio establecido? No que es pase inadvertido, pero el impacto visual del comercio callejero es potente.

    En una de las esquinas de la célebre intersección están los colectiveros. «Un mundo aparte», dicen muchos. «Sólo se ganan la vida como todo mortal», dicen otros tantos. Una mujer de más o menos un metro y medio de estatura, de unos cuarenta años de edad y muy delgada (aunque con lo demacrada, de lejos podría parecer de 70) es la que en forma muy canchera y a grito limpio (añadido a un humor muy de varón) administra, o al menos coordina, la salida de los vehículos, cuyos usuarios y usuarias hacen largas filas para finalmente hacer uso del servicio. ¿Los destinos? Distintos confines maupucinos.

    Cerquita están quienes esperan la I 11 -entre ellos …yo- micro cuyo destino principal de recorrido es la Ciudad Satélite, lugar que en los tempraneros años 90 era el predilecto para muchas noveles familias de la mañosamente denominada «clase media emergente». Hoy, con más de 35 mil habitantes, tiene más perfil de comuna que de villa. En la respectiva parada del vehículo de transporte grande -muy cerca de los colectivos- el clima humano, en la apariencia al menos, está lejos de ser hostil, aunque no faltan los varones que mueven sus miradas hacia las cuatro direcciones (como si fueran cámaras o regaderas automáticas) y damas que se aferran a sus carteras como si fueran sus bebés.

    No es que la hostilidad o la mala fama sean el sello de un lugar X. Éste, en sí mismo, puede ser encantador. El cerro San Cristóbal puede ser tan atractivo como destino como también lo pueden ser, en el resto del Gran Santiago, la Plaza de Armas o las clásicas ferias libres de Teniente Cruz o del paradero 27 de la Gran Avenida. Lo señalo sólo por mencionar algunos.

    Tampoco se trata de discriminar actividades o individuos, pero ciertas circunstancias y ciertas personas son los que siembran las malas famas. Tampoco se trata de rendirle pleitesía a las policías en el combate respectivo a la delincuencia. Ellas solamente hacen su pega cuando le facilitan el accionar. 

    Además, si se trata de hablar sobre realidades notablemente más controvertidas, tendríamos que ir solamente algunos kilómetros al sur, específicamente en el campamento instalado debajo del conjunto de vías a distintos niveles de Pajaritos con Camino a Melipilla. La compra de terrenos ilegales tiene molesta a la vecindad, alerta a alguna autoridad y sensibilizados a todos quienes nunca nos dejamos de asombrar ante la pobreza de quienes no pueden acceder a viviendas dignas y también, como contrapartida, por la falta de escrúpulos de quienes hacen negocios fomentando esa forma de pobreza…Discúlpenme este paréntesis (además nada es peor que las guerras u otros flagelos). 

    En fin, creo que Pajaritos con 5 de abril es encantador a pesar de lo que puedan parecer ciertas cosas. La plaza que le da nombre a la estación del metro ha sido espacio de grandes eventos, entre aquellos populares festivales de teatro y musicales. La otra plaza, la Monumento (algunas cuadras más hacia el norte yendo por Pajaritos) también ha sido terreno de importantes espectáculos o acontecimientos relevantes. Sin ir más lejos (y también en el sentido literal) está el estadio Santiago Bueras, donde Magallanes fue local y, por algunos recientes años, permitió a Maipú ser una ineludible sede de nuestro fútbol profesional. 

    Recuerdos más, recuerdos menos, en el baúl de los recuerdos algunos, mas otros olvidados (valga la redundancia allí) en materia de gustos muchos y muchas prefieren los espectáculos culturales realizados en la actual administración que las rimbombantes coreografías de la anterior alcaldesa en plena crudeza pandémica. Evidentemente hay mucha más material para enorgullecerse …o para avergonzarse. En el ámbito de lo primero, es difícil olvidar el gran Templo Votivo. Pero su sola mención da casi para un texto aparte (digamos, un ensayo). 

    Es el centro de Maipú. ¿Será ese centro muy distinto a otros centros? 

  • Ido con el viento (parte 1)

    Ido con el viento (parte 1)

    Imagen de พงษ์ดนัย ทองเกษม en Pixabay 

    Por Gonzalo Figueroa Cea

    Cuando mi imaginación vuela casi no tiene límites. Allí están también los recuerdos: se filtran allí muy a menudo y con facilidad, pero como fragmentos que trato de reinterpretar. Gracias a mi mente busco, conforme a la lógica, las relaciones entre las situaciones pasadas, las uno y, así, logro «recomponer» lo que fue. Y eso, de por sí, también es imaginación pura. 

    Entre esas filtraciones que a veces irrumpen en mi mente acerca del pasado propio bien pasado, aparecen en escena las caminatas de ida y de vuelta entre la casa y el liceo. 

    Se trata de un regreso al pretérito que no requiere de máquinas del tiempo estilo Delorean ni de la ayuda de H. G. Wells al describirlo. No es la primera vez que me ocurre. Puede trasladarme a 1988, 1989 ó 1990…por ahí. En lo concreto es la época en que lucho por definirme entre mis predilecciones todavía adolescentes y la gravedad de las responsabilidaes adultas en su fase temprana. Todavía hay tiempo de privilegiar un poco más lo primero.

    Escapado ya del control de mi papá y de mi mamá en términos funcionales básicos, me despierto cada mañana como desde hace varios años antes: sin necesidad de que lo hagan por mí, y me preparo para ir en buen estado, no necesariamente elegante, a ser partícipe de cualquiera de esos días en los últimos años de la enseñanza previa a la denominada «superior». 

    Para la ocasión me pongo el mismo vestón azul marino que ya he usado durante un mes y el mismo pantalón gris que ya he utilizado por varios días seguidos. Con la camisa no ocurre lo mismo: al menos uso una distinta por día. Como tengo pelo abundante, en la parte delantera me hago, gracias al arte de la peineta más algo de agua y gomina, una chasquilla con forma de signo de interrogación. Lo cierto es que no pretendo ser, ni parecer, brillante (creo que lo he logrado con creces), ni ser Danny Zuko (¿se acuerdan de «Grease»). 

    Entre mis 16 y 18 años de edad mi trayecto habitual desde la casa hasta el establecimiento educacional ha sido y es Las Hualtatas, Wisconsin, cruzar Avenida Presidente Kennedy (que no es autopista ni tiene pasarela), Reina Astrid y Presidente Riesco. Hay muchos automóviles circulando, pero es factible cruzar Kennedy a mitad de cuadra, evidentemente con cuidado, cuando los suficientemente distantes semáforos de las intersecciones más próximas: con Las Tranqueras y con Gerónimo de Alderete, exhiben la luz roja para que otros muchos vehículos paren, porque Wisconsin y Reina Astrid, producto del «dique» de los rústicos bandejones, no están conectadas entre sí. 

    A más de 30 y tantos años de concretarse 2021 me pregunto si, al igual que el estadio de Colo Colo, todo eso mejorará. Felipe y Miguelito, amigos de Mafalda (el gran personaje del historietista Quino), se imaginarían Kennedy transformado en una autopista. Manolito, el otro amigo de ella, se imaginaría la misma autopista pero con pago de peaje. 

    Todo tiene perfil de clase media, como la mayoría ha entendido siempre el concepto de clase media. No sé si en el 2000 aquella idea cambiará. La Villa El Dorado es lo más parecido a un sector residencial tradicional, como muchos en el territorio nacional (amén por el verso y no me referiré a otras zonas residenciales de Vitacura, como tampoco a los campamentos): gente que va a su pega y sus hijos e hijas al colegio, micros en las principales arterias que trasladan tanto a los que van como a los que llegan (quizás habrá un día, y me cuesta imaginarlo, en que las proporciones serán algo distintas: más numerosos los que llegan y que se van en la tarde, muy probablemente trabajadores/as dependientes), casas de unos 70 metros cuadrados con suficientes antejardín, jardín y patio trasero (pocos se han animado a agregar un segundo piso), mononas y coloridas; poco y nada de automóviles espectaculares y del año  (salvo alguna camioneta grandota por ahí y bien por ahí) y, llegando al colegio, algunos vehículos estacionados (la mayoría de profesoras/es) y mucho estudiante de a pie, algunos fumando, o piteando, a escondidas… Nada extraño, en todo caso. 

    Cóctel con aroma a abono 

    Evidentemente no noto opulencia ni delirios de grandeza, dignos de sociedades individualistas. Y si lo hay, sólo a veces se puede notar. Pese a que el gobierno de facto agoniza en términos de poder formal (el plebiscito del Sí y del No, con triunfo de esta ultima opción, sentenció ese epílogo), se generan, sobre todo entre quienes somos los jóvenes más jóvenes y menos niños que los niños, debates entretes y hay cierta conciencia de clase: allí algunos/as acusan a otros/as de jactarse del (controvertido) orgullo de provenir de alguna «clase social superior». No lo plantean tan así: abundan la ironía y una serie de argumentos, a veces algo inocentes, que enfatizan las diferencias. Discusiones, no obstante, bastante controladas. Pero esa es otra historia. 

    Las peleas a combos de los proclives al aletazo o de los más «mecha corta», no suelen ser por eso. Son peleas de niños, digámoslo, con envalentonado espíritu de grande. 

    Al llegar a la esquina de Las Hualtatas con Wisconsin contemplo el disco de ceder el paso que está justo en esa última calle antes de la interseccion. No quiero que parezca demasiado audaz (por decirlo suave) lo que describiré: cuando tenía siete años de edad, al estilo de las mujeres que practican el saludable ejercicio del caño, muchas veces agarré la columna que soportaba el letrero, con cierre de muslos y las manos agarradas fuertemente en ella para subir y tocar el letrero. ¿Un juguetón e inocente ejercicio de niño? Sí. Pero ¿dónde está la magia? Fue mi primera aproximación al sexo. Descubrí la particular calentura que provoca en los genitales el acto en sí. Pero a los 16 ya es un poco raro estar subiéndose a eso. 

    Wisconsin, antes de llegar a Kennedy, tiene como sello de distinción la Plaza República de Honduras. Entre las 7.30 y las 8 de la mañana no abundan los jardineros, pero tampoco hay un guardia a cualquier hora. En las noches, sobre todo de los meses cálidos, se juntan varios jóvenes a charlar, a fumar o (usando el lenguaje «chorizo» de algunos) a «chupar». A veces participo. Muchas son las historias. Pronto les contaré algunas al respecto…Allí los inviernos también están incluidos. 

    Durante los fines de semana, incluso en las horas ociosas (y, a veces, no tanto) de algunos días hábiles en el epílogo de la época escolar, no faltan la guitarra que suena en manos de un diestro de las cuerdas (el repertorio aguanta desde Silvio Rodríguez, pasando por la Nueva Canción Chilena y el Canto Nuevo, hasta los Beatles, Led Zeppelin, Pink Floyd, Kansas o Guns N’ Roses) y tampoco las muchachas, aunque estas son pocas y se ríen mucho menos y menos fuerte que los muchachos salvo que el efecto del trago o algún papel las torne más… espontáneas (pero son casos muy puntuales). La tónica no solamente se da en el sector aludido, sino que en plazas como las de Las Tranqueras entre Puerto Rico y Cleveland. Hay amores concretos, otros que se insinúan y otros que solamente tienen una almohada de soporte con un relato armado por el guionista de la mente. 

    En pleno verano del 89 hay un penetrante aroma a abono en la plaza del cuadrante Wisconsin-Fernando de Argüello-Texas-Montana (que incluye locales comerciales), el que se extiende sin contrapeso en la zona residencial aledaña. No hay pasto nuevo todavía. Seguramente algún trabajo de largo aliento tiene lugar allí. No detecto quejas aunque aquel «perfume» ya es un sello veraniego. No sé cuándo escuché a alguien decir que eso era como afrodisíaco (¡que loco!, ¿eh?), pero alguien lo dijo. Pero en algún momento terminará… No el efecto afrodisíaco pero sí el aroma a abono. Nada es eterno salvo la muerte y el recuerdo, o la memoria, como posta de olimpiada (y esto último mientras la arqueología y la historia existan). 

    Son épocas de despertares fuertes. No en el sentido literal, sino espiritual. La música popular me mueve: me atraen más los sonidos rockeros menos intensos que los intensos netos (ya saben: en cosa de gustos…). ¿Será lo melodioso? Claramente, aunque sé que las guitarras duras también pueden generar melodia y mucha. Es como en el fútbol: existe un tipo de fútbol más pragmático que galano, pero seduce igual a nuestra vista. 

    En ese horizonte de despertares fuertes también pienso en héroes idealistas con musas inspiradoras, haciendo el amor dentro de un yate. Aunque el perfil de revolucionario en la selva amazónica también me seduce y con heroínas por el estilo. Son sólo sueños o ridículas expectativas en la mirada más crítica de un cincuentón de 2021 o de cualquier época. Pero esas proyecciones mentales son muy propias de un muchacho que no ha traspasado las dos décadas de vida. Pero está bien: revela, al menos, una gran imaginación. Además, en la realidad palpable irrumpen fracasos amorosos que revelan las dificultades de conquistar con éxito algún corazón. Eso sí que no es un juego, pero las expectativas la transforman un poco en eso. 

    ¡Juventud, divino tesoro! 

    ¡Salud!